No nos consta

Tola y Maruja invitan a desayunar al ministro de Defensa

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Tola y Maruja
03 de marzo de 2019 - 05:00 a. m.
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Hoy el desayuno fue frisoles trasnochaos revueltos con arroz, arepa con quesito, morcilla mona y cacao de bola, porque estaba invitao el paisa ministro de Defensa.

Memo Botero llegó con su pinta dominical de sudadera camuflada y tenis pisagüevos, también camuflaos, se aplastó en un bulto de maíz y puso una chuspa encima del poyo del fogón.

Lo prometido es deuda, tías —dijo Memo abriendo la chuspa y sacando dos máscaras antigases—. Me las cuidan, porfa, que son reliquias de la Primera Guerra Mundial.

Ve,  Memo, hablando de guerras, ¿es cierto que Colombia se está lagartiando la sede de la Tercera Guerra Mundial? —dijo Tola, mientras mindefensa se tragaba una morcilla íntegra.

Lagartiando no, tías —dijo Memo, al tiempo que se lambía el plato—: lobiando, de lobby... Y yo confío que nos ganemos esa sede, pues ya tenemos los esenarios. Pero, tías, ¿pa qué son las máscaras? ¿Van a salir?

Sí, Memo, figurate que Tola está toda ronca por el aire de Bogotá y vamos pal Palacio de Liévano a hacele el reclamo al cabecibolardo Peñalosa —dije yo, mientras Tola se ponía la máscara.

Uy, tía, se ve mucho mejor de máscara... debería dejásela permanente —dijo Memo mientras se sacaba algo de la pretina de la sudadera—. Tengan, salgan mancadas —y nos ofreció dos revólveres.

¡Ni riesgos! —gritó Tola—, yo no le toco un arma ni a palos... ¿Y por qué no, tía? —dijo Memo—. Ya sé que ustedes dos no son “gente de bien”, pero es mejor que salgan enfierradas, uno no sabe.

Vean pues a este gordo mafafo, se embobó —dijo Tola cogiendo la sombrilla y la cartera—. Ya quiere que Maruja y yo nos guindemos a plomo cuando tengamos cualesquier riña de pareja.

¿De “pareja”? —se la pescó en el aire Memo, y iba a empezar a decir pendejadas maliciosas, pero Tola y yo salimos pa la calle, enmascaradas como pa un carnaval de guerra.

Llegamos al despacho de Peñalosa, y la secretaria, una negrita muy formal, nos dijo que el jefe no estaba, que andaba en Volvo recibiendo el premio como mejor vendedor de buses del tercer mundo.

Muchas gracias, niña —le dijo Tola—. Disculpe lo sopera, pero ¿de qué parte del Chocó es sumercé? La muchacha se sonrió y le dijo: No, tía, yo soy blanca, lo que pasa es que llego así por el Trasmileño.

Cuando volvimos a la Casa de Nari ya Memo no estaba y encontramos al presidente Ivancito transido del hambre, briegándole con una ganzúa al candao que le tuvimos que poner a la nevera.

Ivancho, Maruja y yo decidimos que no le vamos a soltar desayuno hasta que nos esplique: ¿cómo así que nombrates en la cópula militar a generales envueltos en los falsos positivos?

Yo no fui —dijo Iván, con la mirada perdida—... Mejor dicho, sí fui yo, pero obedeciendo una voz en mi cabeza que me dice: Hijito, ponga a fulano en ese puesto... ¿Una “voz”? —preguntó Tola—. ¿Y de casualidá esa voz tiene acento paisa?

Ay, tías —dijo Ivancito conteniendo un puchero—, yo no les quería contar pero desde que me posesioné de presidente de Colombia oigo una voz que me da órdenes... Y lo pior: últimamente me habla en inglés.

Tranquilo mijo —le dijo Tola acariciándole los crespitos—, chille tranquilo. Esto es grave, mijito —dije yo marcando el teléfono de la EPS—, ya mismo le pido cita con el siquiatra. Y voy a pedir también pa Petro.

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