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Tola y Maruja repasan la historia de las primeras damas de Colombia

Tola y Maruja

01 de enero de 2023 - 12:00 a. m.

Ser primera dama en Colombia no es pilao, pues las esposas de los presidentes están sometidas al escrutinio: les critican que son el poder en la sombra y hasta su pinta.

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Recordemos el matoneo que se chupó la discreta María Juliana Ruiz por su chaqueta de cartulina color menta o Verónica Alcocer por la sotana papal que lució en la posesión.

A la esposa del presidente también le toca lidiar con la tracamanada de busconas que rovolotean alrededor de su marido, atraídas por el anfrodisíaco del poder. Y si le ponen cachos, a mirar pal páramo.

Casi todas las primeras damas colombianas han pasao sin pena ni gloria, lo que habla bien y mal de ellas, y la mayoría se han consagrao muy juiciosas a la agenda oficial, donde lo más emocionante es entregar el Premio Mujer Cafam.

Pero hay tres que se colaron en la historia patria: Manuelita Saénz, Soledá Román y Bertha Hernández, esta última más recordada que su propio marido, un tipo que no fue sino bizcocho.

Manuelita Sáenz fue una primera dama que sufrió lo que no está escrito porque las damas emperifolladas de Santa Fe no la rebajaban de “primera moza”.

Esta bella ecuatoriana le salvó la vida a Bolívar cuando a los mandatarios no les pedían dar un paso al costado sino que diretamente los mataban. Y santo remedio.

Otra primera dama que levantó roncha en la mojigatería santafereña fue doña Soledá Román, esposa del presidente Rafael Núñez. Resulta que el patialegre Núñez ya estaba casao por lo católico y dejó a su mujer legítima y se casó por lo civil con misiá Soledá.

La gente de bien de entonces (o sea, los uribistas y los curas) no le perdonaron a Núñez que estuviera práticamente arrejuntao con ella, “viviendo como animalitos”, y les hicieron el fo.

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Entonces Soledá, pa ganase la Iglesia, obligó a su marido a suscribir un concordato: el catolicismo como religión única y con enseñanza obligatoria, restitución de los bienes espropiaos a los curas y prohibición de autores como Darwin, Voltaire, Fernando Vallejo…

Misiá Bertha Hernández, esposa de Mariano Ospina, es famosa porque en el Bogotazo no dejó renunciar al asustado cónyuge y le sopló que dijera: “Más vale un presidente muerto que un presidente fugitivo”.

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Doña Bertha fue muy echada pa’lante y se convirtió en una aguerrida líder conservadora que participó en un golpe de Estado, ayudó a conseguir el voto femenino y fue senadora.

Además tuvo una influyente coluna de opinión con el picante título “El Tábano”, desde donde le clavó el aguijón sin tregua al pobre presidente Belisario Betancur por su anhelo de paz.

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Doña Bertha era lo que las paisas llamamos una “mandona”, y que se salvó de vivir en estos días y que le dijeran “lideresa” o “empoderada”.

Las recientes primeras damas, muy de su casa: doña Lina de Uribe apabullada por la popularidá de él, la glamorosa Tutina de Santos adelante con la moda y Juliana de Duque pendiente de sacar su libro “El olvido que seremos”.

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Hasta que apareció la costeña Verónica Alcocer “rompiendo esquemas” y bailando papayera como un trompo, vestida de representante de Dios en la tierra y sombrero vueltiao.

Ya misiá Verónica demostró que no será una primera dama de niñez desamparada ni de caminatas de solidaridá sino una mujer que manda y hace nombrar…a sus vecinas.

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Ahora las casas del vecindario del Palacio de Nariño cuestan un ojo de la cara porque todos queremos vivir cerca de la primera dama y saludarla en el D1.

Ñapa: muchas gracias por los gestos de solidaridá en estos tristes días en que estamos elaborando el duelo por no haber ganado el premio Simón Bolívar en humor escrito… en otra vida será.

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