Berrionditas, nos queríamos tomar un descanso de esta realidá y dejar descansar a los letores, pero este país tan bipolar no deja.
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Cuando estábamos empacando los chiros pa inos a encuevar en un pueblo antioqueño, lejos del mundanal y de los trinos de Petro, ¡taque! nos llamó el dotor Oscar Iván Zurriaga.
Tías –dijo Zurriaga con la voz achantada–, acabo de renunciar al Centro Democrático (se llama “democrático” porque todos sus integrantes tenemos derecho a cagarla).
Pero mi carta de renuncia es muy cortica, casi un telegrama –siguió Oscar Iván, con una lágrima asomada– y quiero que ustedes conozcan la carta que no mandé:
Doctora
Nubia Stella Martínez
Directora Eterna Partido Centro Democrático
Por motivos personales renuncio al Centro Democrático para dedicarme a mi hijo y disfrutar de la asesoría espiritual y moral del padre Arturo Uría.
Me llena de infinita alegría haber honrado el legado que dejaron en el uribismo figuras como Jorge Noguera, María del Chuzar… eh, del Pilar Hurtado, Bernardo Moreno, Alberto Velásquez, Sabas Pretelt, Diego Palacio, Andrés Felipe Arias… sin contar al prófugo doctor Ternura.
Me duele cómo atacan al Presidente Eterno con los tales falsos positivos. Quiero dejar algo muy claro: Uribe nunca dio ninguna orden, todos actuamos por nuestro propio emprendimiento.
El pulquérrimo Álvaro Uribe lo que siempre hizo fue escoger muy bien a sus colaboradores, que supieran telepatía y leyeran el pensamiento sin que mediara palabra.
Por eso no hay ni una prueba contra el Gran Colombiano, salvo la de compra de testigos que ahora lo tiene ad portas de un juicio y, Dios no lo permita, la cana.
El doctor Uribe supo distinguir muy bien quién le servía y para qué cuando eligió al finado Pedro Juan Moreno como su mano derecha (derechísima).
Nunca el ínclito caudillo Uribe le dio orden a Jorge Noguera de poner el DAS al servicio de los paramilitares: simplemente lo escogió bien escogido, el que era, el preciso.
Tampoco le dio orden a María del Chuzar… perdón, del Pilar, de infiltrar la Corte Suprema de Justicia y pegar micrófonos debajo de sus escritorios. Nunca. Lo único que hizo Uribe fue comentar delante de ella: Ah bueno saber qué piensan de mí los magistrados sin tener que invitarlos a tinto.
Sabas Pretelt jamás de los jamases recibió la orden de comprar la reelección, Uribe solamente buscó muy bien al trepador que haría lo que fuera por seguir con la teta del Estado.
Y así podríamos seguir… Álvaro Uribe sería incapaz de ordenar los falsos positivos, pero supo encargar al general Mario Montoya, pues conocía su gusto por los carrotancaos de salsa de tomate.
Escogió muy bien a su vice Francisco Santos porque los colombianos nunca le pedirían la renuncia por el pánico de ver a Pachito sentado en el solio, jugando Tetris.
Con Juan Manuel Santos sí se equivocó, pero volvió a acertar con Iván Duque, un gordito obediente y bilingüe, que cogía las hamburguesas doble carne y las volvía trizas.
Tampoco le ordenó al abohámster que sobornara testigos sino que le entregó una pequeña fortuna “pa que compre lo que necesite, hijito”, y le mató el ojo.
Ni se le ocurrió ordenar a su hijo Tomás que se reuniera en Panamá con los Nule y un alto ejecutivo de Odebrecht, sino que le dijo: Tomasito, mijo, vaye conozca el canal… y canalice alguito.
Y bueno, a mí tampoco me ordenó que le pidiera ayuda a Odebrecht sino que sencillamente me dijo: Dotor Zuluaga, consígase un mecenas, un dramaturgo. Usté verá si recibe plata de Ibsen o de Brecht.
Uribe no dio la orden. Si de algo lo pueden acusar es de tener un ojo clínico para rodearse de los lambones precisos. ¡Qué casting!