Tola y yo sí aprovechamos la Semana Santa pa reflesionar, no como otros que tetean las playas y los bailaderos y parecen en “parranda santa”. ¡Perdónalos, Señor!
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Y reflesionando sobre los infames del Eln nos arrecordamos que cuando Santos negociaba con las Farc le preguntamos a un gran conocedor de los “elenos”: Ole vos, ¿por qué el Eln no está en la mesa?
Nuestro amigo puso una cara de desconsuelo que parecía La Dolorosa: Tías, el Eln no tiene la más remota intención de negociar, son unos talibanes afeitaos.
Entonces Tola y yo reflesionamos: mientras haiga narcotráfico ilegal no habrá paz en Colombia… qué pesar, nos vamos a morir sin ver acabar la guerrilla, el metro de Bogotá y la Ruta del Sol.
Cito Petro lo que le espera: o le da chumbimba a esos desgraciaos o vuelven y se nos montan y los uribistas vuelven y nos sacan a votar berracos por María Bukela Cabal.
Eso merecen los chusmeros del Eln, plomo ventiao. Pero nos pusimos a reflesionar: los que chupan son los pobres campesinos, dejaos de la mano de Dios y del Estado.
Estábamos en esa reflesionadera y me dice Tola: Oites Maruja, con razón la gente pega a rumbiar en Semana Santa: qué pereza reflesionar estas reflesiones tan guácalas.
Mejor nos servimos dos vinitos de consagrar y nos aplastamos en las mecedoras a recordar las semanas santas de cuando una salía pa las procesiones estrenando conjunto y cachirula.
Ole Maruja, yo me encantaba la Semana Santa de Yolombó porque mi pueblo tiene una de las iglesias más titinas: en puro ladrillo cocido, cinco naves, órgano y atrio amplio.
Las estuatas de los apóstoles eran divinas y yo me enamoré de Santiago el Menor, pero mi amá me bajó de la nube quizque porque se le hacía “mariposón”.
Mi procesión preferida era el Prendimiento pues era de noche y todos con cirio prendido y el olor del incienso (mi amá juraba que trababa) y el ruido de la matraca y la banda marcial.
No se me olvida cuando llegó un cura nuevo a Yolombó, el padre Zuluaga, y le dio quizque por hacer la Última Cena en vivo y entonces recorrió el pueblo buscando 12 apóstoles.
Pero como el cura les iba a chantar un pico en los pieses, les revisaba las patas pa descartar niguas, callos, juanetes y mala higiene. Mi apá Ananías* fue descogido.
Mi amá se puso güete y le restregó “las pezuñas” con veterina, le cortó los garfios de las uñas, le raspó los jarretes con piedra pómez y le depiló media canilla. ¡Quedó al pelo!
Y mi amá jura taco que mi apá no podía llegar manivacío a la cena y le empacó un aguacate, mantequilla pal pan ácimo y galletas Sultana pal vino. Mi apá dijo que no lo podían dejar empezao y se empretinó media de guaro.
Qué vergüenza mi apá cada ratico haciéndose el que estaba buscando algo debajo de la mesa pa mandase un chorro doble. Sobra decir que se emborrachó y se la dedicó a Jesús: ¡Yo te estimo tanto weón! ¡Hic!
No esperaba que Cristo le sirviera sino que él mismo agarraba la botella y se echaba sus becaos, y era diciendo a todo taco: ¡Las chácaras que te voy a dejar crucificar! ¡Hic! ¡Primero me tienen que clavar a mí!
Un pelotón de centuriones romanos lo tuvo que sacar en andas mientras mi apá vociferaba: ¡Pilatos paraco el pueblo está berraco!
Queda demostrao pues que en Colombia no paga reflesionar en Semana Santa porque termina uno con ganas que coger flota y echar pa Picilago.
*Ananías es el marido de Tola, pero ella tiene la mente vuelta “un quilombo”.