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Berrionditos, Tola y yo pensábamos larganos de vacaciones pero sabemos que hay desocupaos que nos esperan todos los domingos, y más ahora en descanso que uno quiere es leer pendejadas.
Fulvia, una vecina, siempre sale de vacaciones, llueva, truene o relampagué. Ella jura que sale más barato pasiar que quedase en la casa, que porque si uno se queda en la casa empieza a notar las goteras, las humedades, los desagües taquiaos, la canilla con fuga...
Fulvia es muy pinchada y va pa Providencia, pa una carpa con todo incluido: vuelta a la isla en cuatrimotor con avistamiento de escombros, visita guiada a la casa que quedó en pie, tur a la estatua del presidente Daniel Ortega...
Nosotras sí preferimos quedanos en la casa porque uno sale es a sufrir, empezando porque la salida de Bogotá es medio paseo: nos ha pasao que vamos pa Medellín y nos toca comenos el fiambre en el taco de la 80.
Después viene el desesperante trayeto entre Villeta y Guaduas, detrás de una tratomula bien pachocha y echando humo afrodecendiente (pues, negro), y enseguida un peaje cada que se persina un ñato.
No nos digamos mentiras: las vacaciones estresan... Y si son en el esterior, pior, porque todos los colombianos cargamos el miedo de ir “cargaos”, aunque no llevemos ni Maizena.
Y enseguida vienen otros estreses: que en la aduana nos pregunten cosas en inglés, o que se nos haiga olvidao entre el equipaje un aguacate y ya declaramos que no hay “material orgánico”.
Después vienen esas maratones con el guía: Señoras, vayan al baño en Barcelona porque nos seguimos derecho pa París y almorzamos en Berlín. Y el estrés porque toca madrugar a visitar museos y ruinas.
Son carajadas: nada más maluco que pasiar... A Tola y yo nos pasó cacho hace tres años, cuando nos fuimos de noveleras con nuestros bultos (maridos) Ananías y Perucho a pasar el 31 en San Ándrés islas.
Resulta y sucede que compramos el paquete turístico por Internel, sospechosamente barato. Nos recogieron en la casa en un bus y se supone que íbamos pal aeropuerto El Dorao.
Pero el berriondo bus cogió por la 26 y en la Boyacá voltió a la derecha y se enflechó hasta la 80, y cuando menos pensamos resultamos en el bochorno de Doradal.
Entonces le preguntamos al fogonero del bus que por qué íbamos por tierra y el vergajito nos dijo que en Turbo el bus se volvía anfibio y nos seguíamos por mar pa San Andrés.
Nos pareció muy raro, pero no queríamos ser aguafiestas porque nuestros maridos iban güetes tomando guarilaquis y contando chistes verdes y cantando “se va la lancha”.
Cuando por fin llegamos al hotel en San Andrés nos salieron con que el plan que nos vendieron era de cuatro días una noche y que debíamos descoger cuál noche dormir.
O sea -nos esplicó la niña de receción-, ustedes pueden estar en la pieza todo el día, pero les toca desocupar a las seis de la tarde pa que lleguen los del plan cuatro noches un día, y pueden volver a entrar a las seis de la mañana.
Maruja y yo decidimos dormir esa primera noche, porque estábamos molidas del viaje, pues el tal bus anfibio se varó varias veces en mar abierto y nos tocó bajanos a empujalo.
Al otro día siguió el estrés: Ananías y Perucho, muertos del guayabo, se penquiaron en la playa y unos hijuemadres rascafaris los iban a quemar creyendo que eran muñecos de año viejo.
Y pa completar, la noche del 31 nuestros maridos se emborracharon y faltando cinco pa las 12 arrancaron a nadar rumbo a Medellín a “abrazar a mi mamá”.
¡Feliz 22!
