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No hay piedad para Íngrid y Clara

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Tomas Eloy Martínez
13 de septiembre de 2008 - 04:11 a. m.
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LAS HERIDAS DEL CAUTIVERIO QUE Íngrid Betancourt y Clara Rojas padecieron durante más de seis años en la jungla colombiana parecían a punto de cerrarse cuando se abatió sobre las dos mujeres otra calamidad.

Al confinamiento infligido por sus verdugos de las Farc con el ominoso cortejo de tormentos físicos, contagio de plagas, abusos sexuales y amenazas de daños a las familias siguió, desde el momento mismo en que las mujeres fueron liberadas, el acoso de un periodismo sin fronteras morales. Ese periodismo sigue esforzándose por convertir a las víctimas en piezas de un espectáculo que se presenta como información necesaria, pero cuya única función es saciar la curiosidad perversa de los consumidores de escándalo.

Más de un profesional respetable ha caído en las trampas de ese juego soez. Larry King, quien tiene dos largas décadas de experiencia conduciendo por CNN el programa de entrevistas más influyente de los Estados Unidos, le preguntó a Íngrid Betancourt si la habían violado en la selva o había sido testigo de violaciones a otras cautivas, como si la intimidad de los seres humanos fuera un trofeo que se puede inmolar ante 10 millones de telespectadores.

En su programa de radio, uno de los más prestigiosos profesionales de Colombia le pidió a Clara Rojas que contara si había tratado de ahogar en un río de la selva a Emmanuel, su hijo recién nacido. Fue una pregunta tan enfermiza como inútil. Si nadie podría responderla sin inculparse, ¿qué sentido tiene entonces formularla ante una mujer atribulada, sobre la que están pesando demasiadas desgracias? ¿Qué verdad puede revelar el periodismo recurriendo a una táctica de asedio propia de los verdugos?

Sobre la inclinación creciente de algunos reporteros de medios masivos a convertir la noticia en un espectáculo de feria reflexionó admirablemente Ryszard Kapuscinski (quien falleció en enero de 2007), uno de los mejores ejemplos de inteligencia y probidad profesional de estos tiempos desalmados.

En Los cínicos no sirven para este oficio Kapuscinski escribió:

“Con la revolución de la electrónica y de la comunicación, el mundo de los negocios descubre que la verdad no es importante y que ni siquiera la lucha política es importante, sino que, en la información, lo que cuenta es el espectáculo. Y, una vez que hemos creado la información-espectáculo, podemos vender esta información en cualquier parte. Cuanto más espectacular es la información, tanto más dinero podemos ganar con ella”.

Lo que dice es desolador, pero no por eso menos cierto.

Las desventuras de Íngrid Betancourt y Clara Rojas se han tejido y destejido de muchas maneras en las pocas semanas transcurridas desde la liberación de Íngrid, a comienzos de julio. Han pasado ya por las manos de agentes, productores y estudios de canales de televisión y estudios de Hollywood incontables proyectos de películas argumentales, telenovelas, weblogs temáticos, óperas rock, novelas dibujadas y reality shows, de los que muy pocos verán la luz.

Es una historia simple a la que los extremos de privación, aislamiento e incertidumbre fueron confiriendo la fisonomía de una tragedia. Cuando las dos mujeres fueron capturadas eran figuras públicas de cierto relieve. Ambas se postulaban por el partido Oxígeno Verde como candidatas a la Presidencia y a la Vicepresidencia de Colombia para las elecciones de 2002, en las que finalmente fue reelegido Álvaro Uribe.

Los captores le permitieron entonces a Clara regresar a Bogotá, pero ella rechazó un privilegio que se le negaba a Íngrid y la siguió en el cautiverio. La historia posterior es conocida y la propia Clara la ha narrado con un lenguaje conmovedor y solidario.

El periodista Jorge Enrique Botero, que entrevistó al jefe guerrillero Raúl Reyes para su libro Últimas noticias de la guerra, ha contado que Clara decidió tener a Emmanuel aun en las condiciones más adversas. Si bien lo que voy a citar, tomado de la revista Semana, no es literal, tampoco es infiel a lo que Clara parece haber declarado libremente. Dijo que durante el segundo año de cautiverio supo que estaba embarazada de un guerrillero de rango inferior, sin mando de tropa.

“Siempre había querido ser madre. En ese momento tenía 40 años y pensé: ‘¿Qué tal si después no se me presenta la oportunidad? Nunca me planteé la opción de abortar y desde el principio decidí pelear por mi hijo’ ”, afirmó Clara.

“Fue una decisión difícil de explicar a los otros rehenes, que compartían conmigo una cárcel alambrada en medio de la selva. Sobre todo los hombres estaban inquietos y preocupados. Yo les dije: ‘Como ninguno de ustedes es el papá, quédense tranquilos. Es mi problema y de nadie más’ ”, aclaró.

Ahora, mientras Íngrid regresa con entusiasmo a la vida política, en la que el peso de su historia podría contribuir de manera decisiva a la segunda reelección de Uribe —para la que se necesita otra reforma constitucional—, Clara intenta rehacer su vida: “inventarme desde cero”, como repite.

“Me pregunto, entre otras cosas, si tendré la capacidad de volverme a enamorar”, confiesa.  Desde comienzos del siglo XX, vivir en paz es la ilusión más poderosa de los colombianos: una ilusión tan clamorosa como ardua de alcanzar. Casi no hay memoria de una época sin guerras desesperadas, empezando por la que duró 1.000 días y cobró 100.000 muertos entre 1899 y 1903. Luego vinieron las peleas de liberales y conservadores, que duraron hasta 1962 y en las que perecieron 200.000 inocentes.

En las afueras de las grandes ciudades acampan todavía los 2 millones de desplazados que huyeron de la persecución de la guerrilla, de los narcos y los paramilitares que les incendian las casas, se quedan con sus tierras y mutilan a familias enteras en la plaza mayor de los pueblos para sembrar el escarmiento.

Todos los que se arriesgan a postularse para un cargo público en Colombia, deben tener una pasión política inquebrantable y creer con fe ciega que quienes gobiernan pueden, tarde o temprano, modificar las rutinas de la historia. Desde los presidentes de la República hasta los alcaldes y los ediles, no hay funcionario que no haya sufrido amenazas de muerte o haya sido víctima de secuestro.

La violencia se ha cobrado la vida de los mejores hombres. Íngrid Betancourt sabe bien lo mucho que está arriesgando al regresar al terreno minado de la vida pública. No parece temer, sin embargo, a los fracasos políticos.

La pesadilla más atroz a la que se enfrenta ahora es la violación sistemática de su intimidad por los devoradores de carroña que se disponen a convertir hasta la causa más noble en un espectáculo.

* Novelista y periodista argentino.

 

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