Si uno quisiera ser un nuevo líder de la derecha populista, le basta con seguir una fórmula básica y contar con suficiente financiación. Trump, Abelardo, Bolsonaro y demás son productos de la misma receta. Y no es una exageración: tienen los mismos asesores, las mismas redes de financiación, y los mismos marcos discursivos. Steve Bannon asesora campañas en tres continentes. El Atlas Network financia think tanks desde Buenos Aires hasta Budapest.
Por supuesto, tienen diferencias importantes: Milei es un fanático del libre mercado, mientras que Trump tiene una obsesión con los aranceles. Pero, en el fondo, siguen la misma fórmula para llegar al gobierno y también para mandar.
¿Cuál es esa fórmula? En primer lugar, trazan una frontera entre el pueblo y la élite. No una frontera sociológica (que es real) sino una moral. Ellos pueden pertenecer objetivamente a una élite (ser millonarios, etc.), pero moralmente se desmarcan de esa misma élite por alguna u otra razón, con lo cual se pueden presentar como outsiders, aunque nunca lo sean.
En segundo lugar, estos líderes rompen con los protocolos establecidos de una manera deliberadamente vulgar. Las élites conservadoras tradicionales los aplauden cuando lo hacen, declarándolos auténticos, mientras que hacia la izquierda solo pueden proferir condenas cuando hace lo mismo.
En lo económico están henchidos de paradojas. Pueden alabar el libre comercio y el proteccionismo en la misma frase. Una semana atacan una medida con ferocidad y la siguiente la defienden con igual ahínco. Se rodean de tecnócratas, pero también de incompetentes que nunca han abierto un libro de economía. Esto no es, sin embargo, simple incoherencia: es que su programa es la lealtad al líder, no a una política. Sus votantes no los evalúan por consistencia programática sino por identidad tribal. La volatilidad económica no es un defecto del modelo, es funcional a él.
Para sostener esa lealtad, utilizan las redes sociales no como canal de comunicación sino como espectáculo permanente: tigres bailando, insultos calculados, provocaciones que dominan el ciclo noticioso. El escándalo no los daña. No es que el espectáculo tape un vacío programático accidental, sino que es la fórmula política que ofrecen. La forma aquí es igual al fondo: el espectáculo es programa y al mismo tiempo es la cara del programa. Y para el espectáculo usan constantemente la mentira, entre más imbécil y racista, mejor.
Todos estos populistas tienen el apoyo de grupos religiosos, especialmente de iglesias evangélicas muy conservadoras y de sectores católicos reaccionarios. Y no los ponen de adorno: les dan espacio real en el gobierno para implementar una agenda conservadora clara. Bolsonaro nombró a Damares Alves en Derechos Humanos y a André Mendonça, pastor presbiteriano, primero en Justicia y luego en el Supremo Tribunal Federal, cumpliendo su promesa explícita de un juez “terriblemente evangélico”. Me sorprendería que Abelardo no haga lo propio con fichas del catolicismo conservador o del evangelismo duro en educación, comunicaciones y otros ministerios estratégicos.
En suma, entonces, usted tiene que hacer una división moralmente irreal entre el pueblo y la élite, en la que usted, a pesar de ser de la élite, se desmarca de ella; debe ser extremadamente vulgar, pero los conservadores lo alabarán; no necesita programa económico, basta con beneficiar unos grupos de interés y coincidir vagamente con un programa ortodoxo; debe hacer de todo un espectáculo y mentir en cada oportunidad que tenga; no debe olvidar la inclusión de sectores evangélicos y católicos conservadores en puestos clave.
La fórmula nos repugna, pero también nos da una ventaja: conocerla nos permite adelantarnos. Con toda su flexibilidad táctica, estos gobiernos siguen el mismo libreto. La oposición que no lo estudie llegará siempre tarde a los acontecimientos.