Estas líneas las estoy escribiendo el viernes antes de las elecciones. Ignoro quién las va a ganar. Estoy muy cansado. Como millones de colombianos más, la ansiedad electoral me ha quitado el sueño. Apenas he dormido tres o cuatro horas cada noche durante las últimas semanas. La sola idea de que podamos ser gobernados por un demente (mi amigo Mateo dice que un gobierno de Abelardo sería como darle un AK-47 a un mico) me obliga a mantenerme despierto.
Mi amigo Mateo me comenta el párrafo anterior y me dice que parece un diario de guerra. Y tiene razón. Claro: así se han sentido las elecciones, es decir, como una guerra entre la democracia y el autoritarismo, entre la libertad y las locuras de un hombre vanidoso, ignorante, machista y patán. Las guerras desgastan a la tropa. Los que hemos apoyado a Iván en los últimos meses llegamos a la última batalla completamente cansados, como seguramente también lo está el candidato, pero con esperanza de un triunfo.
La última semana ha sido de remontada. Iván ha aparecido en todas partes. Ha ganado nuevos adeptos. Gente que antes desconfiaba de él se muestra entusiasmada con su nueva persona pública. Las comunidades rurales se han organizado para poder ir a votar, puesto que, en este país injusto, hasta el derecho al voto se reparte de manera desigual. Mientras en el norte de Bogotá podemos votar tras caminar cinco o diez minutos, en buena parte del país las personas deben caminar 16 horas, o tomar una lancha por tres o cuatro. Y todo eso vale plata. Pero tal es el espíritu de apoyo a Iván, de defensa del progresismo, que las comunidades están buscando cómo ir a votar.
La victoria no es fácil. Abelardo tiene el respaldo de la CIA, de Trump, algunos de los principales medios y de los poderes fácticos. Ganarle a esa financiación, organización y estrategia digital es justo lo que intenta hacer Iván. Porque él no se disputa la presidencia con Abelardo, el hombre a secas, sino con Abelardo, la figura inflada por Semana y patrocinada por los gringos.
En caso de que llegue al poder Abelardo, no solamente vamos a estar tristes sino temerosos. Durante las elecciones nos confirmó su talante autoritario. Las personas críticas, sean de izquierda, de centro, e incluso de derecha, no van a tener paz. Y eso a Abelardo le entusiasma. Lo hace sentir un gran hombre: como si el afán de aplastar a sus críticos, en vez de ser generoso con ellos (como Julio César), fuera la característica de un hombre poderoso y viril.
Muchos buscarán asilo. Otros tantos tendrán que sufrir aquí, pues sus condiciones económicas no les permitirán irse del país.
Si ganó Iván, no solamente esperamos que su gobierno sea bueno, sino que tenemos la certeza de que habrá libertades civiles para todos. Cepeda respeta las diferencias. Más allá de su inteligencia, o de su sencillez, esa es la cualidad suya que a muchos nos da tranquilidad. Justo por eso, la mayor parte del centro se adhirió a su campaña.
Al escribir esta columna tengo la esperanza de que los colombianos votarán bien.
Pero no lo sé a ciencia cierta.
Si no lo hicieron, se vienen muchas más noches de insomnio.