A los economistas neoclásicos a veces los acusan de ser sacerdotes de una religión en la que el mercado es Dios. En efecto, parece que su función fuera, al menos en la opinión pública, escribir una teodicea del mercado. Para quienes no recuerdan sus clases de filosofía del colegio, la teodicea es una rama de la teología que intenta explicar por qué existe el mal en el mundo, si Dios es bueno y perfecto. En este caso, los economistas explicarían por qué existe el mal en la economía, si el mercado es bueno y perfecto.
Esa crítica me parece hasta cierto punto injusta. Creo que la mayoría de economistas no son sacerdotes de ninguna religión, y solo dedican sus vidas a resolver problemas prácticos en las empresas y el gobierno. Y, sin embargo, es obvio que la crítica apunta a algo verdadero. Dios y el mercado sí tienen algo en común que los pone en una posición inquietantemente cercana.
Para entender esto, debemos considerar la obra de J.P. Dupuy. El filósofo e ingeniero francés nos dice que el mercado se autotrasciende. Con esto quiere decir que el mercado es el producto de nuestras decisiones en conjunto, pero lo vemos como una entidad externa, autónoma e impersonal. Por ejemplo, tenemos un mínimo de agencia sobre los precios con cada decisión económica que tomamos*, pero al mismo tiempo percibimos dichos precios como si fuesen una cosa objetiva, casi sacra, fuera de nuestro control. No dominamos al mercado sino que el mercado nos domina.
Esto quizá se entienda mejor con una cita de Borges que el mismo Dupuy usa como epígrafe de su libro:
El tiempo es la sustancia de que estoy hecho.
El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;
es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;
es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.
Creo que lo mismo pasa con Dios: es un fuego que nos consume, pero nosotros somos el fuego. Dios es un invento humano en el que proyectamos, como vio Freud, nuestro deseo de tener un padre celestial que nos cuide y, con ello, disminuya nuestro sentimiento de estar solos y desvalidos en un mundo hostil. Sin embargo, esta creencia pronto toma vida propia y la percibimos como objetiva. En otras palabras, a pesar de que inventamos a Dios, lo vemos como una entidad fuera de nuestro control.
Hay, en fin, otros puntos en común entre Dios y el mercado. Por ejemplo, el segundo ahora nos guía con una mano invisible, tal y como el primero solía hacerlo. Antiguamente, esperábamos una señal divina que nos dijera a qué deberíamos dedicarnos: si a la vida secular o a la vida religiosa. Hoy, en cambio, el mercado guía nuestra vocación. Piénselo así: usted estudia algo que lo apasiona, pero al graduarse descubre que no tiene salida laboral. El mercado lo obliga a dedicarse a otra cosa que los demás demanden, y con ello lo guía hacia su bien y el de los otros. Dios nos cuidaba antes; ahora lo hace el mercado.
El gran sociólogo Émile Durkheim decía que las categorías fundamentales del pensamiento tenían un origen religioso. No deberíamos sorprendernos, entonces, si encontramos que nuestras instituciones y prácticas tienen mucho en común con la religión.
*Dupuy dice que los economistas neoclásicos no estarían de acuerdo con esto. Pero se basan en una tesis metafísica errónea que el filósofo refuta de manera muy satisfactoria en el capítulo dos de “Economy and the Future”.