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El nuevo gobierno pinta enemigo de la fe

Tomás Molina

10 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

La posesión de Abelardo de la Espriella fue un espectáculo de mal gusto. Lo sabemos todos, incluso sus seguidores, aunque callen por vergüenza. Y lo fue, al menos en parte, por haber manoseado la fe de manera tan descarada. En efecto, el problema no es solo que esté borrando los límites entre Estado y religión, poniendo en peligro el laicismo que ordena nuestra Constitución, sino que está envileciendo lo más puro que tienen millones de personas: su fe.

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El bautista Roger Williams defendía la separación entre la Iglesia y el Estado justo para proteger la fe de la corrupción de la política: mezclar fe con poder termina ensuciando a la primera con todas las miserias de la segunda. Si a usted le importa la autenticidad de su fe, debería ser el primero en desconfiar de un gobierno que la sumerja en el océano de oscuros intereses que es la política.

Hay otro problema para los creyentes. Toda la parafernalia religiosa envía un mensaje: aquí solo entran los creyentes. Pero, lejos de producir un gobierno santo, el resultado será atraer a los hipócritas, mentirosos y cínicos que no dudan en arroparse con la fe para acumular más y más poder. En otras palabras, en vez de reunir a cristianos auténticos, el gobierno “milagro” será una máquina que atrae a falsos creyentes. Ya usted los ve desfilando por los pasillos del poder sin ninguna vergüenza.

Creo que ningún comunista, por más anticlerical que sea, por más ateo que se considere, teme tan poco a Dios como quienes osan usar la fe con el propósito de manipular y engañar. En otras palabras, el gobierno de Abelardo puede albergar peores enemigos de la religión que el Politburó de la Unión Soviética. El diablo, diría algún cristiano viejo, transita con más tranquilidad entre quienes manipulan la fe que en las mazmorras (o megacárceles) en las que injustamente se tortura a un hombre.

Los grupos religiosos, por supuesto, pueden participar en la política y defender sus intereses. En un Estado libre y democrático no podría ser de otra manera. Lo que no deben hacer, sin embargo, es permitir que se use la fe de manera partidista, manipuladora, e hipócrita para impulsar a un candidato, a un presidente o a un movimiento político. Cuando eso sucede, como ya lo dije, la fe se reduce a un arma política y pierde su pureza. Si el diablo de verdad existe, estoy convencido de que engaña en la política mediante discursos religiosos, pues nada corrompe tanto la fe.

La fe se protege justo al mantenerla al margen de la política. Y el Estado, al mantener la religión fuera del gobierno civil, se protege de los abusos de oportunistas que la usan políticamente. El pueblo no necesita shows religiosos en la política. La virtud republicana exige una estricta separación entre la fe y el Estado.

Las iglesias deberían ser las primeras en denunciar la corrupción moral y religiosa de este nuevo gobierno para salvar la fe de sus creyentes.

Por Tomás Molina

Politólogo, doctor en Filosofía y profesor.platom___
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