“El gobierno de Abelardo hizo campaña con un gran radicalismo, pero va a gobernar con moderación”.
Esa es la tesis optimista con la que algunos se están enfrentando psíquicamente al hecho de que el trumpismo llegó al poder en Colombia. A mí no me convence.
A pesar de que las declaraciones de Viviane Morales han sido relativamente normales, con el largo historial conservador que tiene, resultaría muy extraño que no use el Ministerio de Educación para impulsar visiones tradicionales y antilgbti de la familia.
Es más, uno supone que le dieron dicho ministerio justo para eso. Sería lo más lógico: ¿qué otro interés puede tener Morales ahí? Me dejaría perplejo, de hecho, si no aprovecha para llenar el ministerio de evangélicos conservadores.
Con Bula la cosa es todavía más preocupante. Es un conspiranoico y ferviente creyente en las tesis trumpistas (perdonen ustedes la redundancia), con lo cual considera que los migrantes colombianos son unos invasores. Si Bula es consistente con sus tesis, hará todo lo posible para que deporten a los colombianos sin papeles de Estados Unidos.
Bula cree, como María Fernanda Cabal, que George Soros es el gran desestabilizador de las naciones. Soros y nadie más que Soros. Los demás multimillonarios son almas de Dios: Peter Thiel, Elon Musk, etc., no le hacen mal a nadie (porque son de derecha). Estos conspiranoicos nunca llegan a la conclusión de que los multimillonarios son peligrosos para la democracia por su influencia desmedida, solo Soros les parece una amenaza porque defiende ideas que a ellos no les gustan.
La inteligencia no es su fuerte. Si lo fuera, no creerían en lo que creen. Ni tendrían que autopublicarse libros, como Bula.
El próximo canciller también cree que los gays son corruptores de la juventud “con sus perversiones de género”, como alguna vez se lo dijo a Juan Daniel Oviedo. ¿Nos alineará entonces con los países más retardatarios en materia de derechos civiles?
Además, Bula está convencido, como buen trumpista, de que China es el gran enemigo a vencer, por lo que cooperar con ella es una gran desgracia y el camino más seguro a la ruina. Por eso deberíamos estrechar nuestros vínculos exclusivamente con Estados Unidos y sus aliados (aunque imagino que no será así cuando gobiernen los demócratas…). Así las cosas, podemos esperar que, como canciller, trate de romper o entorpecer cualquier tipo de cooperación con China y que, además, sabotee estrategias comerciales que la incluyan.
Pero el problema no es solo su trumpismo. Bula cree, como también lo creen sus copartidarios, que las embajadas deben ser administradas como una tienda: si no son rentables, las van a cerrar. Eso es no saber qué es una embajada, ni para qué sirve un Estado. ¡Vaya técnica!
Por lo demás, el trabajo para atraer cooperación (que no siempre se traduce en dinero) y para fomentar relaciones bilaterales puede tomar muchos años. ¿Con qué criterio temporal van a evaluar el desempeño de las embajadas? ¿Y acaso ese desempeño depende del país en el que están y no de sus funcionarios?
A pesar de todo lo anterior, ya algunos aduladores profesionales están diciendo que la llegada de Bula significa el regreso de la elegancia, la inteligencia y la razón a la Cancillería.
¡Dios mío!