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El centrismo dice que, aunque ilegal bajo el derecho internacional, el secuestro y posterior juicio de Maduro en Estados Unidos están bien justificados. Esto se debe a que sirven para que Venezuela vuelva a la democracia. No es útil respetar el derecho internacional si eso mantiene una tiranía.
A simple vista el argumento parece persuasivo, pero debemos considerar los posibles costos de esa acción. Uno es el precedente que crea: que Estados Unidos se arrogue el derecho de juzgar jefes de Estado de América Latina, limitando nuestras democracias.
Veámoslo.
Un principio básico del derecho internacional es que los jefes de Estado en funciones son inmunes de ser juzgados en las cortes de otro país. Esto se debe a que, si los Estados son legalmente iguales, la corte de un país no puede estar por encima de la de otro, pues eso implicaría una jerarquía legal entre Estados. Dicho de otra manera, habría una contradicción. Para que esto no suceda, solo una corte independiente con jurisdicción internacional puede juzgar a un jefe de Estado fuera de su país, como la Corte Penal Internacional.
Por supuesto, hay jerarquías de facto en las relaciones internacionales. Todos sabemos que Estados Unidos es más poderoso que Venezuela. Pero el derecho internacional es importante porque mantiene un orden legal que impide que las grandes potencias sean más imperiales de lo que ya son. Sirve para civilizar y limitar el poder de unos Estados sobre otros (por eso Trump quiere triturarlo).
Alguien podría decir que nada de esto importa porque el derecho internacional es letra muerta: Gaza, Irak y Venezuela lo prueban. Yo les diría que exageran. En el día a día, los Estados suelen obedecer el derecho internacional: los tratados, los límites, las inmunidades diplomáticas, etc. El derecho internacional sigue siendo eficaz en buena medida. Y aunque no fuese el caso, no podemos decir que el derecho deja de ser derecho por eso.
Pero la intervención de Estados Unidos se basa en el supuesto de que tiene jurisdicción sobre el Jefe de Estado de Venezuela. Si se acepta ampliamente, se establecería una situación pésima para nosotros: el Gigante del Norte puede entrar a nuestros países, llevarse al Jefe de Estado, y juzgarlo por crímenes reales o inventados (¡siendo juez y parte!). En ese punto, aunque la letra del derecho internacional diga una cosa (y sea eficaz en Europa o Asia), la opinión dominante en América sostendría otra.
La opinión es importante porque el derecho no existe por sí solo. La opinión nos dice cómo relacionarnos con sus normas. Por ejemplo, en unos sitios es aceptado pasarse los semáforos en rojo después de las 10 de la noche, a pesar de que sea ilegal. En otros, los sobornos a policías están normalizados. La opinión cambia la percepción de cuándo la ilegalidad es aceptable.
Hoy el centro celebra porque Maduro es un tirano. ¿Y cuando Estados Unidos ejerza ese poder contra legítimos presidentes solo porque no coinciden con sus intereses? Esa posibilidad ya se vislumbra en la retórica del gobierno de Trump. Esto implica un grave golpe a la soberanía de los Estados de la región, y un regreso a épocas oscuras, sobre todo con una opinión favorable a este intervencionismo.
Un centrista podría decir que ese escenario es inválido, porque el actual sería un caso excepcional y corto. Con Maduro fuera, y la democracia de regreso, el mundo volvería al statu quo ante. Sin embargo, nada garantiza ese escenario. Stephen Miller, junto a muchos otros trumpistas influyentes, dice que en el mundo real gobierna el fuerte, es decir, ellos. Trump mismo dice que el derecho internacional no existe para él. Lo de Maduro, pues, es solo el principio.
Me gustaría que hubiese elecciones libres en Venezuela, pero creo que nuestra opinión debe ser consciente de todo el contexto político y jurídico detrás de la intervención. Solo así podemos decidir si la apoyamos, o en qué medida la apoyamos.
Lamento ser un aguafiestas. La política internacional no es un cuento de hadas.