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Estados Unidos asesinó al presidente de Irán como si fuese el líder de cualquier banda terrorista. En la derecha criolla seguro dirán que el Estado iraní era una organización terrorista, por lo que ese ataque estaba justificado. Pero eso no es convincente si uno es consciente de lo que implica. Para empezar, ¿estarían de acuerdo con que un país bombardee la Casa Blanca por considerar que Trump es un terrorista? La respuesta obvia es no. Los jefes de Estado legítimos no pueden tener el mismo estatus legal, político y cultural que las bandas terroristas. Incluso Saddam Hussein fue juzgado en una corte. Su juicio no fue exactamente imparcial, pero al menos hubo un intento de guardar las formas de la legalidad.
Estados Unidos e Israel han liquidado a Alí Jamenei, en cambio, sin siquiera una pretensión de obedecer leyes ni costumbres. Su desdén por ambas es el resultado de una enorme insolencia. Esta la podemos ver en otro caso cercano. India invitó a un barco iraní desarmado a maniobras navales conjuntas hace poco. Un submarino estadounidense lo hundió, dejando a su suerte a los marineros. Estados Unidos incumple sus obligaciones más básicas bajo el derecho internacional porque se considera por encima de él.
Por supuesto, alguien podría decirme: “¿por qué habla de esto? ¿Acaso es usted aliado de los clérigos iraníes?”. No, y tampoco tengo que serlo. La cuestión que planteo no es si el régimen clerical de Irán es virtuoso (no lo es), sino que la insolencia de Estados Unidos nos está introduciendo a un mundo peligroso en el que la ley ya no pone límites al poder.
Y ese mundo es más peligroso incluso para los poderosos.
La insolencia (hybris) para los griegos siempre traía un castigo (némesis). ¿Por qué? El problema de la insolencia no es solo que dañe al otro (por ejemplo, quitándole lo que por derecho es suyo) sino que lleva a malas decisiones. Cuando uno cree que está por encima de la ley, de las costumbres y de la moralidad porque uno es el más poderoso, tarde o temprano tomará decisiones equivocadas. La insolencia, en efecto, no es solo un error moral sino cognitivo.
Veamos un caso clásico. En sus Historias, Heródoto cuenta que el rey macedonio Amintas invitó a unos embajadores persas a un festín. Estos, tras beber vino, exigieron la compañía de las mujeres de la corte. Amintas accedió por temor al poderío persa. Los invitados, al verlas, las manosearon e intentaron besarlas. El rey calló. Su hijo Alejandro, furioso, pidió hacerse cargo de la situación. Con el pretexto de que las mujeres irían a bañarse, las retiró y en su lugar envió jóvenes imberbes disfrazados de mujer y armados con dagas. Cuando los embajadores se abalanzaron sobre ellos, los jóvenes los mataron.
Los persas eran sin duda los más poderosos. Pero su incapacidad de limitarse, de respetar leyes elementales –¡iban a violar a las madres y hermanas de sus huéspedes!– hizo que tomasen decisiones irracionales y riesgosas, de manera que terminaron siendo castigados.
Los estadounidenses están cometiendo el mismo error que los antepasados de sus víctimas actuales: los iraníes.
Creo que los griegos tenían razón: la insolencia lleva a la caída de quien la sufre. La pregunta no es si dicha caída llegará, sino cuándo.
