Galán está subordinado al presidente De la Espriella. O al menos así lo están leyendo amplios sectores de la capital al ver que el presidente creó una “gerencia para Bogotá” con el propósito de “gestionar problemas e inconvenientes” con la ciudad. Y claro: es apenas lógico que con el nombre de “gerencia para Bogotá” muchos crean que el alcalde quedó subordinado.
Los simpatizantes de Galán me dicen en privado que el alcalde no tenía otra opción: al haber tenido tantos desencuentros con Petro, necesitaba acercarse al nuevo presidente para poder sacar adelante sus proyectos. Pero no sé si el alcalde ha reconocido el costo de su decisión, tanto en términos de su reputación y su poder, como en términos del bien de la ciudad.
Los antiguos, a causa de un escándalo que rodeó a la mujer de Julio César, acuñaron un dicho que puede ilustrar muy bien lo que aquí quiero decir al referirme a la reputación: la mujer del César no solo debe ser honesta, también debe parecerlo. Aplicado a este caso, podemos decir que Galán no solo debe ser independiente, también debe parecerlo. Las apariencias son esenciales en la política porque juzgamos a partir de ellas.
Como nos explicaba Hobbes hace siglos, la reputación de poder es poder. El filósofo decía que la gente se alía con quien cree poderoso justo porque cree que es poderoso, con lo cual la persona con fama de poderosa se vuelve más poderosa aún a causa de su reputación. Las apariencias no son algo que debamos despreciar en política, porque se traducen en comportamiento, en realidad. Y, obviamente, la reputación de no ser poderoso es un no poder: la gente abandona el barco de quienes juzga débiles. Imaginemos lo que la “gerencia” disminuye el poder de Galán.
Maquiavelo ya nos decía que los gobernantes son menospreciados cuando son percibidos como pusilánimes e irresolutos. Muchos coinciden en que Galán se sometió con mucha facilidad a la idea de la “gerencia para Bogotá”, con lo cual aceptó algo desventajoso para su propia reputación sin mayor lucha. En consecuencia, si antes ya era visto como perezoso y ligero, ahora será visto como un hombre que se deja imponer cosas de presidencia. Si al menos considerara la importancia de las palabras y las apariencias, hubiera cambiado el nombre por “coordinación con Bogotá”, o algo por el estilo.
El “no poder” de Galán no es una simple cuestión de reputación, sin embargo. La gerencia le da más peso a la voz del gobierno en los asuntos de la ciudad. Dudo que el presidente no quiera intervenir, que se abstenga de priorizar qué es lo que quiere “gestionar, articular y acelerar” en torno a Bogotá. En otras palabras, podrá darle al alcalde una agenda de acuerdo con los intereses del gobierno. Aunque los presidentes en Colombia tienen el poder de la billetera, institucionalizar el poder de definir la agenda del alcalde de Bogotá es un paso humillante para Bogotá.
Galán demuestra una vez más que no es un buen político. Carece de olfato para el poder. Lo que él lee como “coordinación” con presidencia con justa razón es leído por fuera de su alcaldía como debilidad y sumisión. El no haberse anticipado a esto, el no haber luchado por un nombre y una perspectiva más favorable, nos deja ver qué tan hábil es Galán en el poder. Si no lucha siquiera por su propio poder con inteligencia, imagínense lo que puede luchar por la ciudad.