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La política es también una guerra por el significado de ciertas palabras: Estado, nación, derecho, libertad, corrupción.
En esta confrontación, la derecha se ha anotado dos triunfos con “libertad” y “corrupción”. En ambos casos, sus definiciones se han vuelto sentido común. Hoy la libertad se entiende como la simple ausencia de obstáculos a la acción, por lo que para aumentarla hay que disminuir al Estado.
Pero desde la izquierda tenemos que dudar. Nuestras escuelas (republicanismo, marxismo, socialdemocracia, anarquismo, etc.) tienen muchas preguntas al respecto. Sin embargo, la libertad ya no está en el vocabulario político esencial de la izquierda latinoamericana. En consecuencia, la derecha domina las discusiones, y justifica sus políticas públicas a partir de su noción de libertad.
Desde el republicanismo entendemos la libertad como no dominación. Uno es libre cuando no está sometido a la voluntad arbitraria de otra persona. Por ejemplo, Colombia es libre cuando no está dominada por una potencia extranjera. La izquierda quiere un país así, pero tiene que expresar su deseo en términos de libertad, tiene que disputar la idea derechista de libertad.
Veamos otro caso. Uno es libre si en el trabajo no pueden dictarle de manera arbitraria todo. De la no dominación surge con facilidad la democracia en el trabajo, es decir, que todos podamos tomar decisiones importantes sobre nuestros lugares de trabajo. Los trabajadores pueden tener más libertades que la de renunciar.
Pasemos ahora a la corrupción. En nuestra mente consiste en delitos como robar dinero público o traficar influencias. El problema de esa definición, como la de libertad, no es que sea errónea sino que es incompleta. La ausencia de obstáculos a la acción es parte de la libertad. Y por supuesto que nadie debería robarse el erario. Pero si nos quedamos ahí, los izquierdistas nunca transformaremos el mundo.
En el viejo republicanismo, la corrupción consiste en privilegiar el interés privado por encima del público. Esto puede ser legal, con negocios que producen ganancias gigantescas para los privados, mientras el público paga la factura y reduce su bienestar. Un ejemplo es Transmilenio. Como lo ha mostrado Shameel Thahir en X, basándose en una excelente tesis de Paola Torres, ese negocio, aunque legal, privilegia el interés financiero de unos pocos sobre las finanzas de la ciudad.
La corrupción también es degeneración de las instituciones. Por ejemplo, que una democracia sea controlada por unos pocos grupos de interés, pues con ello el régimen degenera hacia la oligarquía. Da igual si es legal o si nadie se está robando nada. Lo importante es que la democracia deja de ser democrática.
Esto es clave para la izquierda, porque nos legitima a reformar las instituciones de modo que sean más representativas de la gente de a pie. Se trata de que, más allá del voto, las personas que no pertenecen a ninguna élite tengan más voz y poder.
Mientras la derecha habla de técnica, nosotros, sin despreciarla, no solo tenemos que preguntar por cuál técnica, al servicio de quién, y con qué propósitos, sino que también tenemos que hablar de corrupción para contrarrestar la degeneración oligárquica.
Todo esto hay que bajarlo al lenguaje político. Claro que es difícil hacerlo, pero la dificultad no nos exime de esa responsabilidad. El costo de evitarla es el triunfo de las ideas de la derecha.
