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Los cambios radicales requieren de engaños sagrados

Tomás Molina

22 de junio de 2023 - 09:05 p. m.

Los buenos ciudadanos odian la mentira. No toleran que los políticos los engañen, ni aunque sea para conseguir propósitos con los que concuerdan. La sola sospecha de que los están defraudando puede ser suficiente para poner en duda su adhesión a un partido o líder. Todo empeora si se usa lo divino con fines políticos.

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Sin embargo, Platón, Maquiavelo y Rousseau consideraron la mentira político-religiosa (es decir, mentiras religiosas con propósitos políticos) como un elemento fundamental no solo de la política sino de transformaciones radicales.

Lo anterior despierta inmediatamente una sospecha en el ciudadano bueno: quizá esos tres pensadores eran un fraude. ¿Cómo es posible que pretendan estar a favor de una buena comunidad política y que al mismo tiempo consideren que la mentira político-religiosa es válida para introducir cambios buenos y radicales?

Platón piensa una nueva república basada en la justicia, pero esta no puede ser fundada solo por medio de la verdad. Para que los ciudadanos acepten el lugar que les corresponde en una sociedad justa, es necesario decirles una mentira: que el dios les dio a sus almas distintos metales. Oro a quienes gobiernan, plata a los soldados y hierro y bronce a los demás. Así pues, las jerarquías sociales quedan justificadas por medio del dios.

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La justicia platónica no es realizable sin la falsedad religiosa.

Maquiavelo cuenta que Numa Pompilio, segundo rey de Roma, pretendió acostarse con una diosa que lo aconsejaba políticamente. Como su autoridad real no era suficiente para introducir instituciones nuevas y radicales, el rey dijo que la diosa se las había sugerido. Las nuevas leyes tenían respaldo divino.

La grandeza de Roma fue consecuencia, al menos en parte, de un rey que introdujo mentiras político-religiosas.

Rousseau nos explica que el legislador que funda una nueva comunidad política necesita decir que sus palabras vienen de los inmortales. Sin la autoridad divina no puede triunfar. La similitud entre Maquiavelo y Rousseau no es casualidad. El pensador suizo cita al florentino cuando este dice que todos los creadores de leyes extraordinarias se basan en Dios, pues de otro modo estas no serían aceptadas.

Maquiavelo y Rousseau esperan que con las mentiras político-religiosas no se funde una tiranía sino más bien un orden libre. En lo anterior difieren de las expectativas contemporáneas. Hoy creemos que son justamente las tiranías las que se fundamentan en mentiras político-religiosas, como en el culto al líder de Corea del Norte. ¿Pero y si todos los regímenes lo hacen? Es posible que la diferencia entre ellos esté en lo propicias que sean sus mentiras para la libertad o para la tiranía.

¿Puede alguien introducir hoy instituciones radicalmente nuevas con mentiras político-religiosas, como Numa Pompilio? Fuera de movimientos extremistas, es difícil reclamar con éxito la voluntad de Dios para fundar un nuevo orden en nuestro tiempo. Quizá una fórmula menos directa y más modesta sea posible. Mockus quería que considerásemos los recursos públicos como sagrados. Nunca dijo, claro, que un dios le reveló que lo son. Pero apelar a lo sagrado implica, excepto si uno usa la palabra en un sentido muy laxo, que uno sabe algo de lo divino (aunque uno no suba al monte Sinaí).

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Mockus no tuvo éxito. No es casualidad, sin embargo, que el entusiasmo que despertaba tocase fibras religiosas.

Por Tomás Molina

Politólogo, doctor en Filosofía y profesor.platom___
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