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Los filósofos han elegido una vida estúpida: ¿por qué otra razón transitarían el camino del conocimiento en vez del de las riquezas, la fama y las grandes acciones? Ya desde la antigua Atenas, los ciudadanos decían que Sócrates, por ejemplo, habría podido ser un gran líder militar o un gran orador, pero prefirió acumular saberes inútiles.
Fuera de excéntricos, los filósofos no son creadores de grandes riquezas. Y lo que es peor: parecen limitarse a vampirizar la producción ajena. ¿Por qué deberíamos tolerarlos, entonces? Platón respondió de una manera que me hace sonreír: no solo son necesarios, sino que nunca estaremos bien gobernados hasta que los filósofos se hagan con el poder.
En efecto, Platón desarrolló la idea de que el gobierno requiere un conocimiento especializado, como la navegación exige capitanes expertos, y ese conocimiento es patrimonio de los filósofos. Sin embargo, en el mundo moderno el sentido común nos dice que el arte del gobierno pertenece sobre todo a abogados y economistas.
Por supuesto, hay otras profesiones necesarias para el Estado: la administración pública, la ciencia política, la sociología, la estadística; pero si usted quiere llegar a un alto cargo (como ministro), la manera más rápida es mediante el estudio del derecho o la economía.
Lo anterior ha determinado la manera en que se gobierna nuestro país. El poder se suele ejercer con los lentes de los códigos, los decretos y las leyes, o con los de la utilidad marginal, el equilibrio y la productividad. Es algo inevitable por razones que no alcanzo a desarrollar aquí, pero el hecho es que las sociedades modernas dependen en gran medida de abogados y economistas.
A mí, sin embargo, me entusiasma la posibilidad de un presidente filósofo como Iván Cepeda. No creo que los filósofos tengamos el conocimiento experto que Platón exigía para el gobierno virtuoso, pues nuestra formación no pasa por el riguroso entrenamiento que él proponía en su obra magna, la República.
Pero la filosofía le ha dado a Iván herramientas fundamentales para entender nuestro país y gobernarlo. La filosofía nos acostumbra al examen riguroso y constante de nuestras propias ideas, lo que nos hace más dialogantes y menos inclinados al prejuicio y al dogmatismo. En otras palabras, la filosofía forma el carácter tanto como la mente. Los propios contrincantes ideológicos de Iván reconocen en él a un hombre dialogante y estudioso.
La filosofía también nos da elementos para comprender los problemas de formas nuevas. La filosofía no solo sirve para resolver problemas por medio del pensamiento crítico sino para redefinirlos, es decir, para entender que lo que considerábamos un problema quizás no lo es, o lo es de un modo que nunca habíamos contemplado.
Por ejemplo, Iván propone incluir al uribismo, su histórico adversario, en un gran acuerdo nacional. No porque carezca de principios, sino porque entiende que en democracia el otro no está ahí para ser destruido sino para ser interpelado. Eso redefine el problema. No se trata de preguntarse “¿cómo hacemos para destripar al enemigo?” sino “¿cómo construimos acuerdos entre opuestos?”.
Esto es fundamental en la presidencia. Necesitamos una nueva manera de entender los problemas del país, y también una apertura al diálogo y a la lógica por partes iguales. Eso me entusiasma, aunque algunos, acostumbrados a la payasería de la política colombiana, crean que el análisis, el diálogo y la preparación de lo que se va a decir son defectos.
Que al menos la filosofía sirva para cambiar nuestra mirada sobre ese punto: ¡lo que les parece un defecto es, en realidad, una virtud!
