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Amuchastegui: español en América

Tulio Elí Chinchilla

05 de noviembre de 2009 - 11:42 p. m.

DE LA NUEVA GENERACIÓN DE ESpañoles, cuya presencia en nuestras tierras ha contribuido a revitalizar los lazos fraternales entre la Península e Hispanoamérica, hay que destacar la figura de Jesús González Amuchastegui, filósofo y defensor de derechos humanos, militante socialista y profesor universitario, quien falleció hace ya un año.

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Sin altivez de conquistador, sin talante colonizador, sin curiosidad euro-céntrica, sin la solidaridad compasiva de redentor tercermundista, este intelectual castellano (con raíces vascas que lo enorgullecían) pasó casi veinte años de permanentes viajes entre Madrid y América Latina, compartiendo ideas, discursos, experiencias, proyectos y sueños, codo a codo con la gente de Colombia, Perú, Nicaragua y México. Su vocación por nuestra América se hizo indeclinable desde aquel diciembre de 1990 cuando llegó como observador del Partido Socialista Obrero Español a garantizar la convocatoria y elección de nuestra Asamblea Constituyente. Entonces, asumiendo los riesgos personales que el momento imponía, acompañó los momentos conclusivos de la campaña del M-19.

González Amuchastegui —mente brillante de rigor científico, enemigo de toda retórica empalagosa— siempre trató a sus alumnos y colegas hispanoamericanos como a sus amigos, en un plano de igualdad, estimulando siempre la potencia creadora del pensamiento criollo en el que creía y al que admiraba de corazón. En sus apasionadas cátedras de filosofía jurídica prefería citar y utilizar textos de autores latinoamericanos (como Carlos Santiago Nino) antes que los de pensadores anglosajones, franceses, alemanes o italianos. Jesús (Chechu, le decían sus amigos) mostró la diferencia radical entre dos posturas frente al mundo latinoamericano y caribe: ser tratados como curiosidad macondiana, como un interesante objeto de estudio (¡nos estudian!) o ser reconocidos como sujetos de saber, como foco productor de pensamiento y ciencia.

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La Rama Judicial colombiana, la Defensoría del Pueblo peruana, las academias de Nicaragua y México no olvidarán los diálogos constructivos con Jesús, su prudente y respetuoso consejo sobre reformas institucionales deseables (verbigracia, al Consejo de la Judicatura).

 Amuchastegui —porque los españoles también nombran con el apellido materno (Picasso, Lorca, Zapatero)— valoraba el castellano nuestro y aprendía sus giros, disfrutaba la huella de España en pequeños rincones coloniales de nuestro territorio y, disciplinado como era, miraba con envidia risueña nuestro temperamento relajado. Como si creyera que para la nación española es triste no poder enorgullecerse del destino actual de su gran obra histórica universal: la América mestiza, Amuchastegui luchó por abrir espacios a nuestros intelectuales en la vida cultural de su patria. Buen amigo y anfitrión, prologó la versión española de una importante compilación del pensamiento universal sobre derechos humanos, realizada por el colombiano Hernando Valencia Villa. Gustaba recordar que en la liberal Constitución de Cádiz (1812) los americanos tuvimos una cuota de representación en las Cortes Generales (como la otra parte sustantiva de la nación de Cervantes).

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