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SI EL ARTE —MÚSICA, PINTURA, POEsía, danza, etc.— es un componente esencial de la vida humana (la dignifica), ¿no deberíamos dedicarle al menos una hora al día y ojalá largos ratos los fines de semana?
A veces la reseca existencia se niega a regalarnos siquiera una hora diaria para escuchar relajadamente una buena composición musical. Y aunque hoy la tecnología facilita la gozosa contemplación de las obras pictóricas que nos arroban, es poco lo que nos detenemos en ese éxtasis.
Como un síntoma de malestar en nuestra cultura, la falta de esa dosis cotidiana de goce artístico acentúa el tedio y el extravío en “los humos y las gestiones”. Ni una ráfaga de música nos limpia cada mañana, al despertar, el entorno contaminado de irracionalidad; cada noche cruzamos el umbral del sueño sin haber escuchado una melodía o degustado un poema que refresquen la incandescencia del día. Gozar el arte —contemplarlo, hablar de él, pensar en él— desintoxica espiritualmente. Lo sugiere Nicolás Gómez Dávila con la siguiente metáfora: “Si los humanos ocupamos un punto equidistante entre la biología y alguna forma de divinidad, sólo el arte es capaz de reconciliar esa bifurcada condición al tender el puente entre sensualidad y trascendencia”.
La música ofrece la más íntima e intensa vivencia estética. Nietzsche afirmaba que “Sin la música la vida sería un error”, como quien dice: sólo la música rescata a la humanidad de ser la vergüenza del Cosmos, el chiste de pésimo gusto de la naturaleza. Para su maestro Schopenhauer la música es la esencia íntima del mundo como voluntad, porque nos lo muestra sin pasar por la representación, la razón, el consciente, el concepto; ella expresa lo que hay de metafísico en el mundo físico. Es, dice, “como si el bronce y el plomo de la vida debieran olvidar su pesantez gracias al oro, la ternura y la untuosidad de las melodías”. Y concluye: “Mi melancolía quiere descansar en los escondites y los abismos de la perfección: he aquí por qué necesito de la música”. Tal vez por ello, Borges no encontró mejor forma de cerrar el Otro poema de los dones, que dando gracias al “divino laberinto de los efectos y de las causas”, “Por la música, misteriosa forma del tiempo”.
En Sonata a Kreutzer, Tolstoi exaltaba el poder de la música como el más formidable medio para transformar sentimientos y actitudes (por lo que en la China —decía— es monopolio del Estado). Que la música nos hace más humanos, lo afirmó Shakespeare en El mercader de Venecia: “pues no hay cosa tan estúpida, tan dura, tan llena de cólera que la música, en un instante no le haga cambiar su naturaleza. El hombre que no tiene música en sí ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos, es apto para las traiciones, las estratagemas y las malignidades; los movimientos de su alma son sordos como la noche y sus sentimientos tenebrosos como el Erebo. No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música”.
¿Será que nuestros jóvenes al usar permanentes audífonos (en el estrépito del bus, al caminar por ensordecedoras avenidas, al “escuchar” la cantinela profesoral) buscan reencontrar —no siempre con fortuna— esa fuente de belleza y verdad?
