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HAY UN SIGNIFICADO ESCONDIDO, todavía no suficientemente desentrañado, detrás de la veintena de frases cortantes y lúcidas con las que Darío Echandía interpretó la realidad colombiana.
Y aunque son objeto de permanentes referencias, hoy a veinte años de su muerte —cumplidos en olvido el pasado 7 de mayo—, el alcance exacto de los apotegmas de este político-jurista liberal sigue siendo un acertijo indescifrable, especialmente los de la mordaz entrevista publicada en El Espectador del 24 de julio de 1978.
La conocida frase “¿el poder, para qué?” es invocada a menudo con los más disímiles significados: como el desprecio estoico hacia el poder político y su banalidad; como el imperativo ético-político de enderezar el poder hacia fines plausibles que lo justifiquen; como una ingenuidad desconocedora de las infinitas utilidades del poder maquiavélicamente ejercido; como simple expresión de horror ante el atentado que sufriera el maestro Echandía durante su fugaz candidatura presidencial (1949). ¿Cuál de ellos entraña mayor plausibilidad? Ni siquiera la explicación ofrecida en la memorable entrevista de El Espectador aclara esta nebulosa idea.
Aquello de “Colombia, país de cafres (perdón por los cafres)”, suscita perplejidad. Ante la imposibilidad de interpretarla como una generalización sobre la maldad intrínseca del ser colombiano, ha sido leída como amarga expresión de decepción octogenaria ante la proclividad incorregible de quienes influyen sobre el rumbo de nuestra sociedad. También aquello de que sólo tendremos paz “cuando en Colombia se pueda pescar de noche”, sugiere nuevos interrogantes.
La preferencia de Echandía por la insinuación didáctica ingeniosa, pero vaga (en lugar de la receta) se aprecia en la forma de aconsejar una postura más realista y contextual: “Es una cosa vergonzosa que todavía haya que nombrar aquí los jueces por filiación política, por paridad. Pero no se puede evitar. Esto no es Dinamarca sino Cundinamarca”.
Apuntillando con fina ironía, el Maestro definió nuestra democracia como “un engendro tan mal hecho que parece un orangután con sacoleva”. Gracejo implacable que —al mejor estilo de Gómez Dávila— moviliza imágenes irrefutables, pero sumerge en el infierno de interrogantes terribles: ¿es nuestra frondosa institucionalidad puro y simple ropaje, disfraz ridículo tras el que se oculta a un ser primitivo? ¿A quién asociar con el incivilizado primate: el pueblo, la clase dirigente, los factores reales de poder, todos los anteriores? Extraña caracterización en boca de quien no sólo ejerció encumbradas dignidades (Presidente, ministro, magistrado de Corte) sino que, con audacia, promovió la creación de un Tribunal Constitucional.
Pero aquel culto lector de 4.000 libros, que ya en 1940 asimilaba el pensamiento de Kelsen en su tropical Tolima, dejó un mensaje sin ambigüedades en sus convicciones más vitales: “¡La vida ha sido demasiado generosa para mí, tan generosa que me ha permitido llevar con desenfado, sin pesadumbre, el lujo exquisito de ser pobre… Soy un verdadero empleado público, que entró pobre al Ministerio para salir más pobre de él”.
