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Dos festivales simultáneos: la diferencia

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Tulio Elí Chinchilla
23 de octubre de 2009 - 02:48 a. m.
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EN EL PUENTE FESTIVO DEL 12 de octubre tuvieron lugar dos eventos de gran impacto en la cultura musical de los colombianos: el Festival Internacional Altavoz en Medellín y el concurso de música andina Antioquia le canta a Colombia en Santa Fe.

Cada uno de estos encuentros convocó su propio público y su segmento generacional, sin rivalizar entre ellos por escenarios, financiación y señales de televisión, sin que ninguno robara al otro su significación como preferencia cultural. Ambos expresan los apegos estéticos de dos minorías paralelas en busca de horizontes distintos.

No obstante, haberse convertido la música en un territorio de intolerancias y desaprobaciones despectivas, en el festival Altavoz, en cambio, las treinta y ocho bandas seleccionadas y las veinte mil personas que, en promedio, se congregaron, demostraron que es posible compartir el goce de siete géneros juveniles distintos y hasta contrapuestos. Allí alternaron las modalidades metal, ska-reggae, rock, punk, hip hop, electrónica y “otras tendencias”. La entrada gratuita a los conciertos y la transmisión televisiva directa ampliaron los destinatarios del disfrute.

Sin estímulo de premios, cada banda hizo delirar durante cuarenta minutos a su nicho de intensos. Los llamativos nombres de las bandas y los títulos de sus canciones (todas originales) muestran la riqueza creadora de nuevo lenguaje, nuevas visiones y posturas ante la vida. El primer día impactaron los metaleros Kreator y Exodus (alemanes), La Pestilencia (afectivamente “la peste”) de Medellín, Tenebrarum, Masacre, Doctor Krápula, Sabactani y Fobia; el segundo, bandas como Providencia, Dafne Marahunda de Chaparral (Tolima), Bomba Stereo (con su fusión de cumbia y reggae), Despedidos y De Bruces A Mí derrocharon la fusión de ritmos caribes con pop, ensambles de vientos con guitarras y batería roqueras e interminables retahílas musicalizadas; la tercera noche, epílogo de roqueros, descollaron Porno-motora (bogotanos de guitarras y batería conectados a su respetivo computador), Mojiganga con explícito mensaje político (“no más violencia h.p.”) y Ciegos Sordomudos, entre otros.

Entre tanto, otra minoría selecta cuya preferencia musical se apega a nuestras tradiciones andinas de raíz folclórica, se solazaba con los bambucos, pasillos, guabinas y danzas, esta vez interpretados con refinamiento estético por jóvenes y mayores en la colonial Santa Fe. La transmisión televisada directa de la velada de final de este festival llevó éxtasis musical a muchos departamentos. Dada la cada vez más diversa procedencia regional de los participantes —estimulados con dignificantes premios— este evento podría llamarse también Desde Antioquia se canta a Colombia.

Según Bertrand Russell, las sociedades son menos conflictivas cuanto más variadas, disímiles y difuminadas son las metas de sus miembros. Una sociedad en la que todos ambicionaran lo mismo (verbigracia, un mismo cargo) estallaría en pedazos. Una sociedad de múltiples minorías paralelas (cada una con su propia locura autosuficiente) que no fincan su felicidad en descalificar el gusto de otros haría viable la convivencia armónica.

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