Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
IRÓNICA IMAGEN CON LA QUE ALfredo Iriarte denuesta del invasor septentrional que, “conduciendo su trineo exótico, arremete todos los diciembres contra nuestros pesebres vernáculos”. La humorística diatriba de Iriarte se dirige contra la ola de suplantaciones culturales que, acaudilladas por el “regordete salchichero vestido de rojo”, han ido borrando nuestras arraigadas tradiciones populares hispanoamericanas, especialmente las navideñas.
En su “Vehemente convocatoria para el linchamiento de Papá Noel y la abolición del detestable Halloween”, el genial burlón bogotano se subleva contra el “insolente advenedizo” que rebajó al Niño Dios a la condición de “segundón menesteroso”; contra la atropelladora invasión de “burdas caricaturas de los pinos y abetos hiperbóreos constelados de una bisutería pagana que nada tiene que ver con la entrañable imaginería” de los artesanos ancestrales; contra la sustitución de la bella tradición lírica y musical de los villancicos por la “insulsa retahíla de ‘jingles’ comerciales”. Y, por supuesto, rechaza que los gigantescos pavos —tan significativos como mito culinario estadounidense— hayan terminado expulsando a nuestros tamales, ajiacos, buñuelos y natillas de la mesa navideña de las clases altas y medias.
¿Serán tales Abominaciones y denuestos —título del libro de Iriarte— la expresión de un conservadurismo criollo o de un obtuso nacionalismo? ¿Acaso —cuestionaría un filósofo académico— tiene sentido defender ciertos mitos de su inevitable destrucción por la acción de otros? En realidad la burla de nuestro ameno ironista se dirige contra la dosis de “lobería” que subyace a esta asimilación de usos exóticos bajo el complejo esnobista de imitar lo que gregariamente se considera cultura superior.
Desde luego, ningún argumento serio demostrará la superioridad racional del mito navideño cristiano (con el pesebre, la Sagrada Familia, la novena de aguinaldos y los Reyes Magos) sobre el del rechoncho chofer del trineo, cargado de aparentosos regalos. Es precisamente su condición a-lógica lo que da a estas fabulaciones su capacidad para poblar de significado vital la existencia de los individuos y pueblos que de ellos se alimentan. Por ser el producto de larguísima y trabajada acumulación histórica, ellos suministran una inestimable riqueza colectiva, tan valiosa como yacimientos de hidrocarburos.
También en su momento la fe católica con sus mitos navideños arrasó culturas autóctonas. Y el villancico venezolano Mi burrito sabanero no supera en elementalidad al jingle bells anglosajón. Nuestra preferencia por el pesebre se alimenta de razones vivenciales: porque perder aquello que ha “nutrido la fe y las esperanzas de muchas generaciones precedentes y llenó de ilusión sus nochebuenas” es otra forma de desarraigo; equivale a privarnos de aquellas “mentiras vitales” —diría Ibsen— que a diario alimentan gozosamente la existencia.
Terrible sería acabar celebrando el Día de Acción de Gracias cada 4 de noviembre y el de San Valentín cada 14 de febrero. Espantoso resultaría el sincretismo cultural de un Santa Claus obsequioso de incienso y mirra a un Niño Jesús abrigado por el vaho del reno. En todo caso, reconocer ventajas científicas y tecnológicas a algunos pueblos admirables no implica otorgarles el derecho a la hegemonía cultural.
