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El imperio de lo vulgar

Tulio Elí Chinchilla

07 de mayo de 2009 - 09:29 p. m.

SI EN 1930 ORTEGA Y GASSET PUDO ADvertir que “Vivimos bajo el brutal imperio de las masas”, en estos días podemos decir que vivimos sometidos al señorío del mal gusto y de la ordinariez vulgar. Lo feo, lo soez, lo burdo y ramplón es sacralizado como valor y referente estético en los lenguajes públicos de radioemisoras, televisión, aulas, periódicos, etc., y en la música.

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Fenómeno éste que no exalta la estética popular —fuente de belleza y verdad, a decir de Goethe—, sino que rinde culto al antivalor, a la relajación muelle del espíritu, para complacer sólo lo primario y evidente sin recreación. Tampoco es el rescate de las expresiones lingüísticas o artísticas populares: no imita a García Lorca al revivir las sevillanas del Siglo XVIII o al descubrir la genialidad metafórica del lenguaje llano (por ejemplo, llamar “alero” al ángulo del techo). Es más bien el triunfo de una nueva barbarie cultural, con su gusto prosaico y tosco, proyectado al pueblo gracias al poder mediático, puesto al servicio del facilismo y la relajación.

Canonizar formas lingüísticas contrahechas de grupos marginales decadentes; degradar la letra de las canciones a elemental lenguaje sexista (genitalidad nombrada en bruto); sustituir la belleza del corrido de la Revolución Mexicana por un formato musical pegajoso y simplón, vertido en frases deliberadamente obscenas, es poner el timón de nuestra cultura en manos de lo que Ortega y Gasset llamó “el hombre-masa”, especie de “nuevo rico”, capaz de vender modelos valorativos aun en exclusivos círculos intelectuales.

 El dominio de la vulgaridad no traduce la más mínima democratización cultural: la masa ciudadana no es invitada a elevarse y conquistar el derecho de habitar los altos sitios de la espiritualidad gozosa, es incitada a revolcarse en tópicos consumistas y baratijas carentes de todo refinamiento o exquisitez. Lo refinado y cultivado con primor, lo sutil, seguirá reservado a élites privilegiadas.

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En lugar de aquel recurso ideológico de imposición de valores burgueses al proletariado —denunciado por el recetario marxista—, asistimos hoy a una colonización de todos los círculos sociales por el mal gusto y la ordinariez. Tal vez entre nosotros sea la consecuencia cultural-valorativa de una movilidad social que permitió posiciones de preeminencia mediante dudosos canales de ascenso.

Enaltecer lo popular —distinto de lo vulgar— no tiene que conducir a empoderar el gusto desabrochado, negador de todo esfuerzo del espíritu, ni tampoco a complacer la morbosidad primaria del gran público. Democratizar es refinar la conciencia colectiva en todos los planos para que la democracia no degenere en oclocracia, gobierno de la muchedumbre decadente.

Tal vez con esa desazón —y dejando a salvo la libertad de expresión— hace unos años la Cámara de Diputados de la Nación argentina expresó formalmente “Su profunda preocupación por el avance y la generalización del mal gusto y el uso de un lenguaje burdo y soez en muchos programas de nuestra televisión,... con el pretexto de conseguir una mayor audiencia, sin reparar en los daños que ocasionan a la cultura y la educación del pueblo...”.

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