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En defensa de “la plancha”

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Tulio Elí Chinchilla
02 de julio de 2010 - 02:03 a. m.
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CON CIERTO SABOR A DESCALIFICAción estética y discriminación socio-cultural, se ha denominado “música plancha” (o “de la plancha”) a las baladas de los años sesenta, setenta, ochenta y hasta principios de los noventa, cantadas en castellano.

Lo de “plancha” connota el segmento social que gusta de esa música: amas de casa y empleadas domésticas, quienes sobrellevan la dureza de sus labores escuchando a Rafael, Sandro, Leonardo Fabio, Nino Bravo, Óscar Golden, Claudia de Colombia, Palito Ortega, Tormenta, los Ángeles Negros, Fausto, Roberto Carlos, José José, Elio Roca, El Puma, Mocedades, Emilio José, José Luis Perales, Raúl Santi, Franco de Vita y hasta Luis Miguel, entre otros.

Dado que la preferencia por ciertos géneros musicales otorga estatus intelectual, el gusto por la plancha se ha hecho inconfesable. La gente cultivada puede permitirse canturrear en ámbitos íntimos a Julio Iglesias, Camilo Sesto, Rocío Jurado o Ricardo Montaner, pero en público a lo sumo acepta la validez marginal de estas canciones. Por su aire dulzón y sus efectos lacrimógenos, tales melodías son menospreciadas como no aptas para espíritus cultivados; en cambio sí lo son la música clásica, la colombiana andina, la “canción social”, la “nueva trova”, el jazz, la balada anglosajona, el rock, e incluso ciertos aires populares revalorizados tales como el vallenato tradicional (especialmente de Escalona, Leandro Díaz...).

Sin embargo, una aproximación desprevenida permite descubrir en este género una riqueza melódica y textual innegable, enaltecida por excelentes orquestaciones sinfónicas y corales. Nuestra balada latina retoma lo mejor de la rítmica anglosajona (compás de 2/4 con acentuación del segundo tiempo) y lo mezcla con las tradiciones musicales europeo-continentales, mediterráneas y criollas latinoamericanas. Leo Dan, Piero, Leonardo Fabio y Sandro reinterpretaron la milonga, y agrupaciones como Mocedades o Sergio y Estíbaliz reelaboran el madrigal español renacentista. Literariamente la balada reemplazó con un lenguaje más contemporáneo el romanticismo del bolero en el momento en que éste agotaba ya sus posibilidades. A su belleza textual (reivindicada explícitamente por el mismísimo García Márquez) se suman arreglos en los que maravillosamente se combinan cuerdas y vientos sinfónicos con la batería, la guitarra y el bajo electrónicos.

Las hay de la mejor factura: por ejemplo, Libre, de Herrero y Armenteros e interpretada por Nino Bravo, acerca a la sublimidad estética. También la plancha italiana (interpretada, entre otros, por Nicola Di Bari, Gigliola Cinquetti o Doménico Modugno) alberga auténticos tesoros de elaborada belleza y refinado gusto, dando así continuidad histórica a las excelsas canciones napolitanas. Lamentablemente también en este género abundan baratijas vulgares, rayanas en lo ridículo, por ejemplo, los melodramas musicalizados del dueto argentino Pimpinela o la elementalidad armónica y textual de la cantante mexicana Yuri.

Tal vez tengan razón quienes afirman que la dicotomía entre música culta y música inculta es insostenible; que la verdadera clasificación es la que separa la buena de la mala música.

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