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EN LA POCO DIFUNDIDA CANCIÓN Ronda en las viejas ciudades, Alberto Cortés canta una queja: “Todos cuentan la historia por las guerras”.
Se duele el canta-autor de que en todas las plazas del mundo, rodeada de sonoras fuentes donde los niños juegan, siempre se yergue, eternizada en bronce, la figura de algún guerrero y su briosa montura. La inevitable efigie mitificada, cuya sombra eclipsa en olvido las pequeñas e irrelevantes vidas de las mujeres y los hombres no combatientes.
En ciudades y villorrios las estatuas relatan la visión bélica de la vida, de la Historia (y sus historias). Por eso, sigue cantando Cortés, “La historia que nos cuentan/ es historia de una que otra batalla/ pero jamás nos dicen que, entre tanto,/ el labrador sembraba./ Y que segando el trigo de la vida/ los jóvenes se amaban”. ¿Quién no es capaz de rememorar, aunque sea con trazos borrosos, la remota hazaña del hombre armado a caballo? Pero, en cambio, “nadie sabe/ describir la morada/ donde amasaba pan el panadero/ y su mujer hilaba”.
Tal vez sea la extraña fascinación que tanto al mundo antiguo como al moderno despiertan los guerreros y sus empresas aventureras. De allí la magnificación poética de virtudes tales como valor frente al enemigo, el arrojo y la temeridad en la batalla. Y como correlato, el desdén por la labor primorosa y callada del artista y el artesano; el tedio que provocan los ejercicios académicos rutinarios; y la sonrisa burlona con que miramos la sosegada vida religiosa. Con esta visión, tan poco burguesa de la vida, es la espada —no la pluma ni el molino ni el teclado— la que escribe la Historia.
En tono menor se cantan las arduas batallas de los héroes civiles en el taller, el despacho, la ventana y el aula. Fanfarrias vitorean las epopeyas de reyes, armados hasta los dientes y tensas bridas, pero, como dice Cortés, “Si pregunto por ellos me responden/ galopes y batallas,/ nunca el caballo libre en las praderas/ ni al señor en su casa”. ¡Cómo decepciona saber que no es Napoleón sino Beethoven —vencedor sobre la tragedia de su sordera— el héroe de la sinfonía Heroica!
¡Ay del bachiller que ignore la gesta del general Washington! Pero, en cambio se le perdona no recordar a Thomas Paine, héroe en la batalla por los derechos humanos durante la emancipación norteamericana. El vívido recuerdo que guardamos del valiente general Uribe Uribe jamás será igualado por la imagen de su contemporáneo y coterráneo Carlos E. Restrepo, constructor de república. Hasta los niños de preescolar recrean las campañas napoleónicas, pero pocos profesionales conocen la trascendencia científica de Lavoisier, coetáneo y conciudadano del Corso. Ronald Reagan y su “guerra de galaxias” tiene asegurado en la historia el puesto que Jimmy Carter, hacedor de los acuerdos de Camp David entre Israel y Egipto, jamás tendrá.
Despierta hoy un refrescante gusto por la historia de la vida cotidiana, alternativa a la monotemática de matanzas y héroes “con sus ojos de bronce clausurados”. Si la Historia llegase a ser contada de esta otra manera, tal vez los himnos nacionales y de las instituciones dejarían su reciedumbre de marchas militares y en vez de redobles en compás de cuatro cuartos, entonaríamos valses o baladas. Una historia de panaderos en vez de guerreros, tal vez sería aburrida, pero más humana.
