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Héroes cincuentones

Tulio Elí Chinchilla

30 de diciembre de 2009 - 07:51 p. m.

EN CULTURAS EN LAS QUE EL SER JOven encarna por sí mismo un valor, el mito del héroe maduro tiene poco espacio.

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Sobrestimar la juventud como única época dorada —de la que no quisiéramos salir— mitifica personajes rozagantes, esbeltos y vigorosos que no sobrepasan los cuarenta años. Se prefiere cantar líricamente los explosivos amores adolescentes, en cambio el enamorado cincuentón se pinta con cierto tinte ridículo.

En nuestra civilización de la imagen los superhéroes —modelos de identificación para los niños— siguen la misma pauta; desde el ya casi centenario Tarzán, hasta el Hombre Araña, pasando por Supermán y Batman. Como flexible concesión, la trilogía inicial de Aventuras de Indiana Jones admitió una versión menos juvenil de héroe: el temerario profesor de arqueología, que aparece casi cuarentón en La última Cruzada. Por su parte, la animada película Los Increíbles se mofa de quienes, como Mr. Increíble, pretenden reeditar sus viejas proezas juveniles de luchadores por la justicia. Entonces el otrora superhéroe sólo desempeña un torpe papel de aburguesado, panzudo, errático y adocenado jefe de hogar; ahora las hazañas corren por cuenta de Elástica, su todavía joven mujer, y de sus niños.

Sin embargo, como contracorriente, la creación literaria ha construido arquetipos heroicos cincuentones de proyección universal. Tal vez sea Don Quijote el más conocido, con el rasgo que Cervantes señala en los primeros párrafos: “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años”. Edad que, dada la acortada expectativa de vida de la época, casi equivalía a vejez. Es un héroe que descubre tardíamente su vocación caballeresca e intenta realizarla, atreviéndose incluso a desplegar, también a destiempo, su fantasía amorosa.

Agatha Christie inmortalizó al mítico detective Hércules Poirot, maduro y jubilado, como el perspicaz descifrador de los intrincados misterios de sus novelas policiacas. Hace unos decenios la novela El Nombre de la Rosa acuñó el atractivo personaje Guillermo de Baskerville, clérigo franciscano encargado de cumplir una delicada misión detectivesca y al que el joven Adso de Melk con admiración nos dibuja así: “Podía contar unos cincuenta primaveras y por tanto era ya muy viejo, pero movía su cuerpo infatigable con una agilidad que a mí muchas veces me fatigaba”. Todo indica que también era cincuentón el otro gran detective religioso, el católico inglés Padre Brown en las novelas de Chesterton.

Recientemente la iconografía cinematográfica ha hecho una excepción: en El Reino de la Calavera de Cristal (2008), versión última (¡ojalá la última!) de la zaga Indiana Jones, éste (personificado por un Harrison Ford sesentón) es un aventurero de cincuenta y siete años, cuyos kilos de más y sus canas lo fuerzan a realizar las estrambóticas hazañas sólo a través del hijo posadolescente.

A estos personajes, ya “trabajados por el tiempo”, sus creadores literarios les aplazaron la realización de todos o parte de sus sueños hasta la madurez. Cada uno de ellos, como el Borges septuagenario, podría confesar que sólo a los cincuenta “he encontrado mi voz”. Sus vidas recomenzaron a los cincuenta.

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