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La huella de España en América (polémica)

Tulio Elí Chinchilla

21 de octubre de 2010 - 09:55 p. m.

A PROPÓSITO DE LA COLUMNA "BOchica: pedagogo mítico", don Édgar Ramírez plantea una importante discusión académica sobre la valoración histórica de la conquista española.

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En carta publicada en El Espectador (viernes 8 de octubre) don Édgar critica aquella visión simplista que sólo ve en la obra de España una acción de destrucción bárbara, desconociendo —afirma su comentario— los aspectos constructivos y civilizadores de esa hazaña y su trascendental aporte al mundo entero.

Tiene razón el comentarista: infortunadamente la brevedad de una opinión de prensa dificulta matizar, con las ponderaciones necesarias, la estimación de un fenómeno tan complejo y multifacético. No es acertado estereotipar al conquistador hispánico a partir de personajes como Francisco Pizarro y Hernán Cortés, ignorando a otros como Bartolomé de las Casas, también conquistador y encomendero en su residencia inicial en América. Tan unidimensional visión olvida que sólo la monarquía hispánica tuvo la entereza de propiciar hacia 1540 en la Universidad de Salamanca un debate público y libre sobre la legitimidad del sometimiento de las poblaciones indígenas. Las tesis defendidas en este foro por el padre Francisco de Vitoria constituyen el verdadero origen de los derechos humanos y del derecho de gentes: el indio, aunque diferente, merece respeto y consideración por su condición de ser humano.

La erudita glosa de Édgar Rodríguez motiva a recordar que la Legislación de Indias, promulgada por Carlos V, contiene el primer régimen de protección del trabajo en la historia universal, garantía contra la sobreexplotación de los aborígenes y prefiguración del Estado social. De esas 6.377 normas cabe resaltar las de jornada máxima de ocho horas, el descanso de dominicales y festivos y la protección a la mujer gestante, entre otras. Lástima que la burocracia española impusiera luego el eslogan perverso de que “las leyes se obedecen pero no se cumplen”, herencia que se perpetúa en el desfase insalvable entre nuestra profusa normatividad y su escasa eficacia social.

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En contraste con el modelo conquistador de Inglaterra, basado en el exterminio físico de nueve naciones norteamericanas aborígenes, el Imperio Español propendió la evangelización persuasiva e indujo —incluso mediante orden— el mestizaje entre peninsulares e indígenas, mezcla cuyo honroso producto somos nosotros. Hay quienes sostienen que esta simbiosis étnica constituye la mayor gloria que puede exhibir España ante la historia. Ella nos marca como señal de identidad.

Habernos legado el gusto de hablar castellano (con su semántica nebulosa), y la pretensión de fundamentar los derechos humanos, no en las consignas racionalistas de libertad e igualdad, sino en la creencia en la dignidad inherente a la persona en cuanto criatura a imagen y semejanza con Dios, son motivos para atenuar la censura al modelo hispánico de colonización. Sin minimizar los atropellos y crueldades de los codiciosos amantes del oro, esta evaluación —como sugiere Don Édgar— no puede hacerse con ojo a-histórico, como si la Conquista estuviera acaeciendo hoy, en el contexto cultural contemporáneo.

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