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Los listos como modelo

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Tulio Elí Chinchilla
15 de enero de 2010 - 03:08 a. m.
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EN LA BALADA IMPRECATORIA CONtra los Listos, Álvaro Mutis dio otra versión de ese arquetipo social tan enaltecido por cierta mentalidad nuestra: el “listo”, “avispado”, “vivo” o “avión”. Según el poeta, algunas señales particulares los delatan: “Siempre de prisa, alertas, husmeando / la más leve oportunidad de poner a prueba / sus talentos, sus mañas, / su destreza al parecer sin límites”.

Lo que mejor los caracteriza es la certeza que exhiben sobre su infalible eficacia persuasiva: “Vienen, van, se reúnen, discuten, parten. / Sonrientes regresan con renovadas fuerzas. / Piensan que han logrado convencer, / tornan a sonreír, nos ponen las manos / sobre los hombros, nos protegen, nos halagan, / despliegan diligentes su abanico de promesas / y de nuevo se esfuman como vinieron, / con su aura de inocencia satisfecha / que los denuncia a leguas. / Jamás aceptarán que a nadie persuadieron”. El listo cree tener explicaciones y soluciones para todo, las saca de la manga sin haberlas puesto en la cuerda floja de la duda: “Porque cruzan por la vida / sin haber visto nada, / sin haber escuchado nada, / sin dudas ni perplejidades. / Su misma certeza los aniquila”.

Para esta mentalidad la habilidad repentina, la recursividad improvisada, la intuición fortuita son mejores cualidades que el método paciente, el lento y arduo proceder de las disciplinas científicas o del arte. Cuando el jurista es un listo prefiere ingeniar argumentos sugestivos a rastrear tortuosas líneas jurisprudenciales; enlaza imaginativas tesis pero no disecciona hechos relevantes. En asuntos públicos el listo improvisa soluciones creativas sin forjarlas en estudios de comités expertos; toma atajos institucionales en vez de procedimientos exigentes. Una academia de listos aplaude al conferenciante divertido que dice lo que queremos escuchar, pero bosteza ante el profesor metódico y riguroso. Un músico listo se felicita por grabar en unas semanas su trabajo, mientras Paul Simon necesita hasta diez y ocho meses para el suyo.

Piezas literarias como el cuento Que pase el aserrador de Jesús del Corral erigen este rasgo en arquetipo del antioqueño; contra lo cual protestan Juan Luis Mejía (revista Aleph, 126-127) y Héctor Abad Faciolince (http://www.lablaa.org). No parece un modelo edificante fundar la eficacia de la acción en estrategias ingeniosas pero fraudulentas (Simón consigue dirigir el aserrío sin tener idea de coger un serrucho). Estereotipo que, además, ignora la laboriosidad y tozudez como componentes de la cultura paisa. Lo que hace al listo no es su mente superior sino su escaso pudor para realizar lo que a otros sonrojaría. Ganar autoestima a costa de socavar la confianza social puede ser síntoma de una limitación: no ver sino el efecto de corto plazo.

Al final los “vivos” no trascienden, su empresa relumbra en el instante pero no construye la posteridad: “Pero, a su vez, también sus víctimas / suelen olvidarlos, confundirlos en la memoria / con otros listos, sus hermanos, / tan semejantes, tan de prisa siempre, / tratando de ocultar a todas luces / el exiguo torbellino que los alienta / a guisa de corazón”. Un buen propósito de 2010 podría ser controlar ese listo que llevamos dentro.

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