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En redes, un joven relata lo sucedido en una renombrada feria de diseño en Bogotá. Tras una larga jornada de trabajo, iniciada a primera hora de la madrugada, la comitiva líder ordena para el equipo trabajador cajas de pizzas. Casi a la medianoche, el joven, quien lideraba los ingresos de expositores al recinto, le solicita a una de las organizadoras primordiales del evento si es posible compartir un pedazo de pizza con un solo operador de logística que permanecía con él. La mujer se niega. Molesto e incrédulo, el joven le afirma que abdica a su porción para compartirla con el único operario que, trabajando con él, sigue allí. Ante eso, la mujer se niega de manera aun más explícita. Si el joven toma la porción que le corresponde, pero para compartirla, entonces no puede tomarla, de manera específica. En sus explicaciones públicas, el joven contextualiza lo sucedido. Y explica que el roce ético lo incentiva a renunciar. Entonces, vendaval y torbellino.
El gesto de la organizadora puede parecer ínfimo. Pero es de una violencia abismal. Contiene un tipo de codicia que denota poca consideración con la humanidad de algún otro que se tiene frente a sí. De prácticas aparentemente nimias está construido el clasismo corrosivo que nos habita. Ese clasismo, familiar, conocido, que se pliega como una especie de hiedra o moho ubicuo en las estructuras que vivimos. Lo sucedido en la feria Buró es un símbolo de actitudes que son amplias y ubicuas.
Suceden en los entramados privados, todos los días. Son códigos de acción comunes en nuestras “venerables burguesías”. Está en la forma en que alguien trata al hombre que guarda la seguridad en un edificio. Está en la cultura arribista que tiene gestos de desprecio con las trabajadoras domésticas. Está en esas charlas, tan de showers, donde las señoras de las élites exquisitas hablan de las mujeres que cuidan a sus hijos, de las que almidonan sus vidas, como propiedad. Mi muchacha. Está en los cercos de la cotidianidad, cuando las mismas señoras no almuerzan con las mujeres que facilitan sus vidas con sus servicios. Está en las enseñanzas colegiales, está en los términos que se eligen para nombrar las diferencias barriales, en las lógicas de una ciudad y sus geopolíticas.
Está en una urbanización cartagenera, donde los guardias son instruidos para someter a viles escrutinios a los hombres y mujeres que asistan al lugar para laborar con sus servicios. No les abren las puertas como a los que allí viven. No les permiten ingresar en motocicletas -modo de transporte común en ciertas geografías-, para que en cambio deban recorrer metros bajo el sol inclemente y la insólita humedad. Les exigen vestimentas incrédulas, que poco o nada contemplan el clima o la cotidianidad material que habitan. Son las damas “católicas”, con grandes vírgenes en los patios de sus casas que no obstante llaman a la policía para ahuyentar a un pequeño séquito de pescadores que se arriman a un escaso lago para apresar algo que permita comer y vivir. En una de estas urbanizaciones cartageneras, mi propio padre ha sido objeto de discordia entre la vecindad, tan presta a sus ínfulas, por denunciar, rabiosa, razonablemente, este tipo de maltratos que para unas castas indolentes conviene sean vistas como ínfimas. Maltratos hechos con esa brusquedad, tan propia del clasismo y del arribismo que deshumaniza.
Ese arribismo es una forma mezquina de avaricia. Nos dice que hay personas que al tenerlo todo, al tener tanto, eligen desconsiderar a otro -y que lo hacen en contextos como los nuestros, tan azarosos y arbitrarios cuando de posibilidad y ventaja se trata. Nos dice que personas que existen en la abundancia eligen ver en quienes almidonan sus vidas con sus servicios a seres indignos de una mínima expresión de bondad. Las políticas suceden también en esas prácticas micro. Las políticas contienen el potencial de conducirse con ética hacia quienes ejercen oficios que a otros benefician.
El clasismo es una forma profunda de deshumanización. Pensarnos críticamente, en Colombia y América Latina, implica necesariamente medir qué claves ariscas existen en la experiencia de clase social que se forjan en contextos así.
Pero además vivimos en tiempos incómodos. Tiempos en los que se resquebrajaron definitivamente las formas más inermes de opresión. De allí que los fogonazos de indignación como éste se instalen en los medios virtuales, de allí que este tipo de sucesos asuman, de pronto, la forma de un torbellino. No era la primera vez que las directivas de este renombrado evento exhibían gestos innobles o mezquinos. Pero el caso permite hacer preguntas que apremian atención.
Ante la denuncia del joven que renunció, el comunicado de Buró eligió una arrogancia común ante este tipo de interpelaciones críticas. Incapaz de asumir, condujo el foco hacia una retórica que habla de “familia” y de construcción empresarial. Esa inhabilidad de reconocer, con humildad, un error, es propia de quienes se apegan con ferocidad a una inercia que les exime como agentes o responsables de algo sucedido. Por eso el caso nos permite leer síntomas de asuntos mucho más enquistados. Por ejemplo, la profunda incomodidad en Colombia ante la crítica. Ante una interpelación, la reacción tiende ser negación y desviación.
Y esto conduce también a plantearse el lema contemporáneo de la cancelación. El asunto con la cancelación es que ésta puede ser altamente complaciente con el facilismo. Simplifica. Puede despojar de contexto y de matices. Recurre, además, al recurso cómodo de suprimir, reactivamente, sin problematizar. La cancelación puede ser eficiente de manera fogosa y provisional. Pero también puede desviar el foco de lo estructural.
En este caso, el torbellino de indignación hacia un acto innoble prende un fogonazo. Pero ¿cómo sostener una postura crítica contemplando un trato hacia los diseñadores que, con esfuerzo, participan en la feria? ¿A quién debe exigirse y qué en momentos de indignación de este tipo?
Los gremios del diseño y de la moda están siempre ligados al consumo y sus jerarquías. Hoy, estas esferas ya no escapan ni pueden evadir las preguntas más incómodas sobre el momento de historia social que vivimos. En Colombia, estos circuitos representan sitios donde mirarnos también de manera crítica.
La moda y el diseño, atravesados por las experiencias múltiples de clase social que se experimentan en el país, requieren, como nunca, observar sus posibilidades para desmontar las dinámicas que ya no son sostenibles. El fogonazo crítico, la fiebre viral, la denuncia mediática en redes necesita convertirse en algo más, en consecuencias tangibles.
Hablar de justicia social, solidarizar con una política humana que lidere desde la profunda consideración del otro, no puede verse desde ese burdo maniqueísmo que extrapola gusto estético y consciencia social o creencia en la justicia. Este clasismo estructural, este arribismo que puede suceder en contextos como éstos, nos hablan de otros temas aun más enquistados. Por ejemplo, la profunda incomodidad y escozor que genera en los colombianos la movilidad social. No somos educados para celebrar descolocaciones que alteren inercias heredadas, ese fútil mecanismo de linajes y apellidos, ese apego risible al fenotipo como vector de posibilidad.
No hay margen ya para prácticas ni éticas sin humanidad. La política humana es todo. La moda y el diseño en Colombia necesitan hacer de estos fogonazos de indignación expresiones tangibles de consecuencia. Resquebrajar también la complacencia como búsqueda primordial. Permitir que la incomodidad sea más portentosa que la inercia. Que la inhumana crueldad de negar comida a alguien que presta un servicio que almidona la existencia de otros, como sucedió en la feria Buró, sean prácticas que hayan alcanzado fecha de expedición. Que la política del trato a quienes nos rodean sea humana, remota del arribismo que deshumaniza y violenta.
