Publicidad
11 Apr 2022 - 5:04 a. m.

Educación sexual

Fogonazo y estructura. Ambos componen un momento histórico. A veces, el fogonazo es un punto de cambio agudamente visible. Eso fue, por ejemplo, el histórico fallo de la Corte Constitucional en Colombia, en febrero. Un chispazo. La justicia. Que las mujeres puedan ejercer el principio fundamental de la democracia: ser sujetos soberanos sobre su propio cuerpo. El cuerpo. Ese terreno que no pertenece a nadie más sino a la persona quién en él vive. Que se amparara, con esa medida, a múltiples mujeres que existen en estados de vulnerabilidad perversa. Protegerlas por los accesos difíciles a una atención médica, por las situaciones de violencia en las que viven. Esa importante llamarada se ha dado sobre una estructura en la cual es urgente poner la mirada: las maneras en que se concibe la sexualidad en el mundo que aún vivimos.

Antes del fallo, antes de que el radar público fuese teñido por esa inevitable alegría de libertad femenina, a mis ojos llegaron las siguientes cifras. De acuerdo a las informaciones del DANE, en el año 2021 unas 886 niñas – entre los 10 y 14 años – fueron madres. De la misma manera, fueron madres unas 91.215 adolescentes – entre los 14 y los 19 años. En el primer escenario hay una realidad tórrida e innombrable, conectada a las violencias sexuales que sufren millares de niñas en sus propios hogares. Para ellas también fue ese fallo. Por la vileza, la aberrante idea de que a niñas que apenas inician sus vidas se les obligue a parir. Cada número en esa abstracta cifra es una vida humana. Quisiera un efecto de énfasis, por eso empleo la cursiva; para atraer su mirada. Para evocar en usted un destello de simpatía.

Esos miles de embarazos en adolescentes reflejan algo sobre la estructura. Los fogonazos son importantes. Son vehículos de sacudón. Mueven los lentos cimientos del progreso social. Pero las estructuras nos invitan a observarlas. Contienen las pistas para concebir el movimiento necesario. Ese segundo escenario de cifrras, además, remite a uno de los argumentos favoritos entre quienes se oponen a que las mujeres tengan derecho a gobernar sus cuerpos y a elegir con agencia su capacidad de ser madres.

Muchas de las personas que se ensañan a negar a las mujeres la soberanía sobre sus propios seres, que se oponen a que sean dueñas de sus propias vidas, son las que predican, con agitado fervor, que existen “otros métodos”. Hablan con ahínco sobre la supuesta prevención. Grupos de derechas. Conservadores que viven incómodos ante formas diversas de autonomía. Gentes que se autoproclaman cristianas. Personas que han interiorizado una moralidad que condena lo más humano que tenemos. Esos mismos segmentos, que se oponen deliberadamente a que las mujeres sean libres, son los que también reprimen, estigmatizan, condenan y moralizan el sexo.

Hablar sobre la prevención implica hablar sobre la desmoralización del sexo. No de reprimirlo como usualmente hacen de diversas maneras. En un país de cruces, de Cristos sangrantes, de vírgenes diversas, ¿qué se nos ha dicho y se nos sigue diciendo sobre el sexo? Aunque el catolicismo ya no ocupe ni acapare, como lo hacía, las vidas e imaginaciones de las generaciones que nos preceden (nuestras abuelas y abuelos, los linajes que vienen antes de ellos), las enseñanzas católicas o cristianas sobre la sexualidad predominan en nuestro momento. Existen, además, amplios grupos de autollamados cristianos, de corrientes evangélicas que conservan la idea de que el sexo no es permitido para el goce y de modo libre; que las mujeres que ejercen su soberanía erótica deben ser sancionadas socialmente o son castigadas simbólicamente.

La lucha por los derechos reproductivos femeninos implica también poner en la esfera pública que la educación sexual sigue siendo imperativa y urgente. Existe una desafortunada asociación entre lo que es educar sexualmente y aquello de emprender discursos para persuadir a adolescentes de que no cedan a sus deseos. A prohibir. A reprimir. A negar. A condenar. Persisten las ideas puritanas sobre el sexo. Persiste la insistencia en negar y moralizar. Persiste la reticencia a informar, a tratar el tema como uno de salud pública. Se mantiene la voluntad de tratar el sexo como un asunto de pecados inventados, de castigos, de culpas, del peor enemigo que tenemos los seres humanos: el miedo. En mis tiempos se exhortaba a no ceder a los llamados del sexo, se nos enseñaban imágenes grotescas de enfermedades venéreas, se nos imponía, de manera “laica”, a la abstinencia. En mis tiempos colegiales, recuerdo la enorme diferencia de términos y percepciones que recaían sobre los varones y sobre las mujeres cuando se aventuraban al terreno de sus deseos. Las chicas más deseables, las más bellas, parecían atrapadas en una trampa demasiado cruel. Su belleza las hacía deseables, pero su sexualidad era castigada y juzgada de maneras que las deshumanizaban.

En una entrevista a Madonna de 1992 cuando MTV censuró uno de sus videos, la artista habló en vivo con un importante canal estadounidense. El entrevistador la interpela sobre los contenidos eróticos que contiene el video en cuestión. Qué pasa, le interroga, si una persona menor de edad se encontrara con aquellas imágenes. Madonna responde que lo percibe como una oportunidad. Que un niño o niña pregunte a sus padres por una de las condiciones más humanas debería ser un momento para informar sobre las opciones que tiene y cómo vivirlas de manera que le protejan y honren su identidad. Denuncia, además, que le parece hipócrita que un canal que cosifica de manera misógina a las mujeres decida censurar a una mujer que se enuncia desde su deseo.

Cuando emergen las cifras del DANE, por ejemplo, el foco se pone en las mujeres. Como la lucha ha sido por la libertad femenina, es comprensible que esto suceda. Sin embargo, la urgencia que tenemos por una educación sexual más humana implica a todas las personas, no únicamente a las mujeres.

Y ese es el gran tema. Educar sexualmente implica, por ejemplo, revolucionar las formas en que se sigue viendo a las mujeres cuando se les ve como seres sexuales. Es ampliamente conocido que las mismas personas que ejercen oficios médicos “castigan” a las mujeres que están pariendo, recordándoles que es su deber “soportar” dolor por haber tener tenido sexo. Es que no podemos olvidar que aquel Dios castigador y patriarcal del Génesis castiga a Eva con dolores de parto y sujeción al hombre. Esa creencia domina mucho de lo estructural. Está en los prejuicios de hombres y de mujeres por igual.

Educar sexualmente implica que hagamos común que las masculinidades sientan compromiso y agencia en la creación de la vida. Un embarazo no es de una adolescente mujer, es de dos personas que gestaron aquello. ¿Qué se les enseña a los varones adolescentes? ¿Aprenden, además, a desear a las chicas, pero a condenarlas por eso mismo? ¿Aprenden a situarse como sujetos agentes en la procreación de una vida? ¿Reciben, estas personas, en esos momentos de sus vidas, en la adolescencia, las formas de nombrar sus deseos y de vivirlos cuidándose a sí y solidarizando con los demás? ¿O se insiste en exigirles abstinencia? Estadísticamente está comprobado también que el grado de represión es directamente proporcional a los efectos menos deseables. Más enfermedades venéreas, más embarazos. Entre más se oscurece el tema, menos se hace de manera informada. La salud pública sufre por esta incomprensible insistencia en tratar un tema tan humano con tanto puritanismo.

Socialmente, las mujeres que tienen sexo o mucho sexo son putas. No se ha visto jamás que un varón que emplee su sexualidad abierta y libremente sea llamado de alguna manera en que lo reproche o condene. Educar sexualmente implica que los padres también asuman otras formas de percibir el deseo sexual en sus hijas. Implica que enseñen a los varones a asumir agencia el proceso reproductivo. Implica que sigamos viéndonos humanamente.

La educación no puede ser represiva ni punitiva. Nos hace a todos y todas aprendices. Nos recuerda que vivir es estar constantemente en estado de principiantes. La educación sexual nos anima a participar de esa manera. No recae sobre las mujeres, no recae sobre niñas, ni sobre las adolescentes. Nos impulsa a que a las niñas se les concedan recursos, que puedan conducir sus decisiones de manera informada y sin castigos por ser humanas simplemente. Nos impulsa a que los niños no condenen ni maltraten a las mujeres por ser, tal y como ellos, seres sexuales. Nos impulsa a sembrar, entre niños y niñas, un sentido temprano de verse y encontrarse en paridad y en complejidad. Nos impulsa a que quienes estén criando niños y niñas se despojen de esa estela sombría que es el miedo. Que confiemos en la sabiduría de los seres más pequeños, en su agencia. Ser acompañada a ser lo que quiera ser uno de los regalos más inmensos que una persona puede recibir. Los dogmas religiosos, las ideologías punitivas no pueden seguir definiendo nuestras políticas públicas. No hay libertad en el miedo. Reconstruir nuestras formas de entender el sexo, compasivamente, humanamente, sigue siendo una revolución pendiente. Educar sexualmente desde la estructura sigue siendo urgente.

Vanessarosales.a@gmail.com

@vanessarosales_

Síguenos en Google Noticias