La serie es de Netflix y se llama Sex Education. Salió al aire en 2019 y la tercera temporada salió en septiembre. Sucede en un pueblo inglés y tiene como foco las afecciones e historias de un séquito de adolescentes, su transcurrir colegial, los hallazgos individuales, las rencillas y el erotismo eléctrico que palpita, como sabemos, al habitar esa edad.
La identidad y el deseo – vectores también de ese momento de la biografía humana - son dos fuerzas fundamentales en las tramas. Hay momentos de humor chispeante y comentarios cuyos subtextos políticos hacen espejo a una época que sigue amplificando los sentidos posibles de la libertad. Otis y Eric son mejores amigos desde pequeños. El primero es blanco y heterosexual, el segundo es negro y gay. Se muestran afecto. Se abrazan. Conversan sobre apegos, entendimientos y desaciertos.
Si bien es cierto que con cierta frecuencia Netflix parece forzar temas sobre la diversidad, generando, por ejemplo, proyecciones contemporáneas y problemáticas sobre contextos históricos pasados o asumiendo un tipo de corrección política un tanto cursi y neoliberal, Sex Education resulta poderosa justamente por la naturaleza de su apuesta primordial: desmoralizar el sexo. Algo que podría asumirse como logrado en una contemporaneidad que ilusoriamente tendría que ser proporcional al progreso. En pleno 2021, no hemos alcanzado semejante posibilidad.
En los afectos y circunstancias que se tejen entre los personajes, asoman las texturas de la vida para mostrarnos que la sexualidad puede ser fluida y fluctuante. También que puede definirse temprano. Que puede ser un proceso de conocimiento. Que las certezas iniciales pueden transformarse o, también, conservarse en el tiempo. Que hay personas que aman y experimentan atracción sin que eso atraviese la categoría explícita de identidad. Que en aquellos contextos que lo permiten de esa manera, se ama y se desea con menos rigidez. Que en algunos contextos es más viable explorar. O que en ciertos lugares se obtiene el regalo de cohabitar desde temprano con circunstancias que permiten visualizar la heterogeneidad humana. Nos muestra que el amor no tiene forma.
Y la serie nos muestra que la sexualidad humana, como el amor también, son misterios emocionantes que requieren miradas y posturas que huyan de la definición y el aprisionamiento. Que amar y desear no se reducen a la genitalidad. Que somos criaturas habituadas a nuestras invenciones. Que nos permitimos vivir a través de lo que permite en nuestro contexto también. Que somos la consecuencia de lo que se nos permite y enseña, también.
La madre de Otis, Jean, una terapeuta sexual, hace espejo de lo que implica asumir el rol parental y observar la sexualidad sin el velo sombrío de la prohibición y el miedo. Comprende la importancia de fraguar en las conversaciones prosaicas el pulso que tiene el erotismo en su hijo, a la edad que tiene. El personaje de Adam, uno de mis favoritos, es la narración de una masculinidad herida, de un muchacho maltratado por una figura patriarcal, (un padre profundamente herido también,) que reproduce en sus alcances inmediatos silencios y maltratos. Es la metáfora dolorosa y bella: la violencia que se aprende en cierto tipo de masculinidades rara vez es aislada, con frecuencia es un continuo que se extiende en el tiempo y que se repite de manera estructural. A Eric, en cambio, su padre, nigeriano y convencional, termina por dar muestra de lo más potente que puede concederle un padre a su hijo: aceptación sin reservas. “Espero aprender a ser más valiente como mi hijo”, le dice cuando Eric asume fórmulas estéticas nigerianas, coloridas, brillantes, espléndidas.
Maeve y Amy son una bella muestra de la amistad femenina. Cuando varias de las chicas en toda su diversidad, son castigadas después de clases y forzadas a encontrar un punto de confluencia, descubren que, a todas, pese a sus enormes diferencias las une haber experimentado algún signo de violencia masculina. Cuando Amy es herida sexualmente en el bus y teme volver a subirse a él, todas las chicas van a acompañarla como gesto de solidaridad. Así hay muchos momentos en las tramas. Nos hablan de compasión y humanidad. Dos temas que se olvidan con facilidad en el debate político más frecuente.
De seguro que la serie sería un objeto de escándalo para puritanos, sujetos de las derechas rancias, personas que insisten en contener y encarcelar el deseo humano. Por eso también nos impulsa a preguntarnos, ¿cómo son los sílabos de educación sexual en Colombia actualmente?
Esta tercera temporada nos revela dilemas que parecerían superados pero que subsisten en nuestra realidad. ¿Cómo educar a la juventud ante aquella fuerza ineludible que brota en ellos y ellas? Hace poco, la vida me concedió el regalo de vislumbrar pinturas confeccionadas hace siglos en un museo de Manhattan. En muchas de ellas, los signos recurrentes de un miedo añejo. Por qué, me preguntaba ante aquellos óleos perdurables, ha mostrado el ser humano tanto pavor visceral por el deleite de su cuerpo, las experiencias del deseo, las formas de aquella sustancia que, como la muerte, nos hace justamente mortales. Qué necias han sido las normas para domesticar el deseo. Qué cuantiosas han sido las orquestaciones para represar el sexo. Y ni qué decir del pavor abismal que ha generado que sean las mujeres las que se permitan la libertad de su posibilidad sexual.
La tercera temporada de Sex Education es tan contundente porque nos muestra, por ejemplo, las experiencias de adolescentes que están transitando caminos hacia la individualidad trans o hacia identidades exuberantes que rebasan los contornos de un binario. Muestra también cómo la educación puritana, que cree en la uniformidad, que se aboca a la moral y la retórica de lo “correcto” o tradicional, termina por sofocar y desbordarse con consecuencias que dañan. Está estadísticamente comprobado que las enseñanzas represivas en adolescentes terminan por aumentar dramáticamente las cifras de enfermedades venéreas, embarazos, etc. Ese abstencionismo, esa culpa, ese afán punitivo nos resulta a muchos bastante familiar.
Con la llegada de la nueva directora, sus reglas, su normatividad, recordé súbitamente aquel video de Pink Floyd, Another Brick in the Wall, que muestra majestuosamente el desprecio que han tenido los esquemas institucionales hacia la juventud que tienen por delante para educar. Esa educación inglesa, puritana, castrante, que se aferra a un mundo que nunca ha sido sano para habitar.
Tuve la edad de las personas que protagonizan la serie hace dos décadas ya. Al final de los 90, y a comienzos de los 2000, se nos enseñaba a muchos y a muchas abstinencia. En ese modelo colegial, se nos exponía a imágenes de enfermedades venéreas. Nos dictaban lecciones del fracaso que implicaba maternar precozmente. (Y en ese modelo, el embarazo era un asunto de mujeres, nada más, ajeno a la responsabilidad de los varones). Se contaban relatos parciales, distorsionados, falaces, alarmistas, sobre el horror de interrumpir el embarazo. Se nos impulsaba al miedo, a la culpa, a la vergüenza.
Creo que el cuerpo de la mujer no se gobierna, que nada ni nadie tiene potestad para determinar lo que en ese terreno íntimo, sitio de la democracia, puede suceder. Creo que la misoginia estructural no permite que se vea a las mujeres por fuera de esa lógica que colapsa tácitamente feminidad con maternidad. Creo que es inmensamente doloroso saber que cualquier mujer joven que decida buscar información en sus padres o círculo familiar sea tratada de puta por ceder a la pulsión de los deseos más humanos. Y también creo en el pensamiento estructural. Las derechas, los segmentos de las políticas conservadoras, las personas que insisten en gobernar derechos desde la moral de la cruz, o el dogma evangélico, no permiten ni educar ni tampoco ejercer derechos. Ni lavan ni prestan la batea. Hay que invitar y celebrar que las y los adolescentes tengan sexo sin restricción, con conocimiento, con responsabilidad, con la información que les permita asumir agencia. En nuestros tiempos se nos llama a reconocer la sabiduría que ejerce la juventud sobre su propio ser. Educar sexualmente, sin la sordidez de la culpa, sin el moralismo patético, sin la represión de la libertad, esa debe ser también una urgencia en la política actual.
@vanessarosales_