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29 Nov 2021 - 5:00 a. m.

El cristianismo es la filosofía más tergiversada de todos los tiempos

Hay una escena en el Nuevo Testamento que resume, para mí, el espíritu de Jesús Cristo. Es ampliamente conocida. En ella, el líder es interpelado por maestros de la ley y por fariseos, prestos todos a apedrear a una mujer acusada de adulterio. La ley de entonces ordenaba determinadas reacciones ante aquel tipo de comportamiento. ¿Tú qué dices? – le interpelan. Incorporándose, da por respuesta: “Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

Sin contemplar dogmatismos, sin asirme a forma alguna de rigidez interpretativa, esto recoge, para mí, la médula de lo que es la filosofía más tergiversada de todos los tiempos.

La historia, el arte, las más diversas formas de representación pictórica e imaginaria han concedido a Jesús Cristo una atención extraordinaria. Es una de las fijaciones más álgidas para el mundo occidental. Crecemos con su imagen crucificada y sangrante cuando nos entregan a memorizar, sin más, creencias que nos emparentan con él. Le vemos en todo tipo de imágenes en museos encumbrados. Nuestra iconografía personal, el relato de nuestras memorias infantiles, familiares, le tiene, con frecuencia, como imagen y nombre recurrente. Incontables tradiciones llevan de algún modo su sello. Somos una tierra de cruces impuestas. Somos una tierra de iglesias multiplicadas. Somos una tierra colmada de versiones que expanden y “reforman” sus supuestas enseñanzas.

Esa ubicuidad, sin embargo, es desmentida de manera recurrente. De maneras desconcertantes. La marca revolucionaria de su filosofía es una que nos llama a sabernos ínfimos, falaces, lejos, muy lejos de poseer la agria potestad para condenar a alguien. Y, sin embargo, aquella enseñanza fundamental ha sido reiteradamente usada para exactamente lo contrario. La revolución de Jesús Cristo – so pena de sus desacuerdos y muy a pesar de las incomodidades que puedan suscitarles mis palabras – es una de aceptación radical de la otredad.

La misma escena de Juan 8:1-11 parecería encapsular con entereza la simpleza de dicha enseñanza. Parecería diáfana. Clara. Ninguna de las personas presentes es impoluta. Juzgar y condenar es una cosa necia, una soberbia sin fundamento. ¿No compartes? No le mires. ¿No lo comprendes? No le observes. Vive tu vida ocupándote de tus propios asuntos, tus propias falacias, tus propios “pecados”, si quieren que emplee jerga más apta para su paleta. ¿Sientes sacudirse en ti la potestad del enjuiciamiento? Mírate. Y mírate bien. ¿Con certeza puedes, verdaderamente, señalar desde un atril que posees perfección para elevarte por encima de otras personas, así, tan mortales y humanas como lo eres tú también? ¿Tanta pureza posees?

Las derechas políticas y los conservatismos reaccionarios suelen apegarse con fervor a la supuesta fe cristiana. Pastores y curas suelen ser aliados de estos segmentos. Pero en vez de hacer llamados a la posibilidad de lo democrático, a la emocionante diversidad que es la condición humana, a la exuberancia de la pluralidad, estos segmentos, los que untan sus retóricas de prédica “cristiana” son, por lo contrario, quienes se dedican a perseguir, a instigar, a juzgar y a señalar a todo aquello que les discrepa, les contraria o les parece diferente. Son ellos, los más abocados a invocar a Jesús Cristo, quienes más destruyen la revolución que él personificaba.

Esas actitudes ofuscadas, que persiguen activamente lo que les es diferente, suelen recordarme siempre a las imaginaciones torcidas de los señores que instalaron la “santa” inquisición católica o a las dinámicas que desataron cacerías icónicas como las de Salem. Ficciones convertidas en demonios, miedos transfigurados a proyección, ambos suelen revelarnos que las imaginaciones podridas de ciertas personas dan rienda a realidades truculentas que son, más que nada, sobredimensiones del miedo, ansiedades que se proyectan en formas de horror. Quien imagina dichas cosas suele ser mayor agente que el objeto de acusación. Las imaginaciones torcidas dicen más sobre quién imagina que sobre el objeto de su imaginación.

No se puede negar que este comportamiento, de hostigamiento y persecución, de censura y opresión, se reproduce en otros segmentos. Como en ese que de un tiempo para acá se reconoce como RadFem. Aunque sea difícil para algunas personas comprenderlo, o porque es más conveniente simplificar para deslegitimar, el feminismo, como cualquier terreno político, tiene tensiones y diferencias. Es múltiple y diverso.

Eso permite entender, por ejemplo, y desde una mirada compleja, que el dogmatismo pueda teñir a algunos de sus frentes. Es lo que permite comprender que existan segmentos que se proclamen feministas y que en sus enunciaciones nieguen mucho de lo que pregonan afirmar. Como los segmentos políticos que enarbolan la cruz de Cristo y que, no obstante, se dedican a contradecir el fundamento de su enseñanza primordial.

Aunque las supuestas feministas de este segmento no se identifiquen con las premisas del cristianismo, suele ser desconcertante la manera en que se parecen a estos otros segmentos. También ellas tendrían que mirarse y mirarse bien. Me rehúso a concederles el término radicales porque la radicalidad, conectada a la raíz de las cosas, tiene la capacidad de echar vistazos de manera estructural. Y en ese sentido, un feminismo radical es aquel que entiende esencialmente que, en su multiplicidad, el feminismo lucha contra toda forma de opresión. No se encarga de alzar consignas que simplemente muten las formas de reprimir a otros sujetos u otras experiencias.

La similitud entre los segmentos de las derechas, las ideologías conservadoras que untan con gran fiebre sus discursos de cristianismo, y las radfem, sobresalta realmente. Les une una falta pasmosa de compasión. Se jactan de ser defensores de lo “correcto”, de lo que “debe ser”, - como, oh sorpresa, los fariseos de hace siglos que se plegaban sin sentido crítico a una ley longeva. Y, sin embargo, su falta de misericordia, de consideración, de solidaridad por otras personas es de una violencia sobrecogedora.

El hostigamiento, la persecución, la falta de humanidad hacia experiencias que les son diferentes, como la experiencia de las personas trans, por ejemplo, o la vivencia de quienes no encajan en lo moldes rígidos del género, reproducen la ansiedad organizada de las histerias colectivas que caracterizaron a una institución como la inquisición. Históricamente, el miedo a lo distinto, a lo que nos confronta, a lo que no comprendemos completamente, a lo que nos exige un poco de imaginación o de apertura, de fluidez, ha sido disparador de odios igualmente organizados también. ¿Ha sido luminoso algún momento en la historia humana donde el odio, el prejuicio, el señalamiento, el daño, hayan sido los motores?

El cristianismo no es odio. No es hostigamiento. No es persecución. No es juicio. Las mismas iglesias evangélicas, con su horrenda incapacidad para acoger la diversidad humana, se encargan, día a día, momento a momento, de destruir, no de exaltar, la revolución filosófica de la figura que tanto claman alabar y adorar. De la misma manera, los feminismos no están hechos para reproducir formas de opresión. Luchan contra ellas. Contra todas. Lo que ambos segmentos fallan en ver es que desmienten lo que afirman en el fragor de sus cegueras, de sus atriles, de su insolencia, de esa necia convicción de creer que son alguien para juzgar aquello que les es diferente. En realidad, ambos segmentos tendrían que evocar la escena inicial y mirarse bien para recordar que es eso, la aceptación radical de lo otro, la compasión humana, el dejar ser y vivir, lo que afirmaría auténticamente lo que pregonan defender. Es eso, un sentido profundo de humanidad que acoge y que acepta, lo que responde realmente a la defensa de la democracia – como adoran gritar las derechas – y – en el caso de los feminismos - lo que batalla contra toda forma histórica de opresión y limitación para vivir libre, sin miedo. Esa consciencia.

@vanessarosales_

Vanessarosales.a@gmail.com

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