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Le llamo fiebre decolonial. Me acompaña desde hace un tiempo. He llegado, tarde, a estas alturas, a las ideas de, por ejemplo, Walter Mignolo y Rolando Vásquez. He arribado a sus páginas con el tipo de asombro que no quiero que me abandone nunca, ese de seguir ensanchando las formas de nombrar el mundo. De darle palabra a lo que ronda, inquieta, a las preguntas que queman dentro. Hay algo intensamente político en eso, en las palabras, en verbalizar la vida en los propios términos. Hay, para mí, un goce inmenso en hallar justamente nuevos modos de nombrar. Interminablemente.
Lo decolonial es una manera de mirar el mundo. Una postura política e intelectual. Puede iniciar, como indica Mignolo, cuando observamos de frente nuestra herida colonial. Esa consciencia puede darse de muchas maneras. Sobre todo, cuando observamos, claro, de pronto, que algunos sujetos del mundo fuimos enseñados a percibirnos como otros, “por fuera” de un supuesto “centro” donde reside el conocimiento “verdadero”, la historia “universal”, la estética “real”.
Lo patriarcal es experto, ―escribía una teórica francesa―, en trazar otredades. En construirlas como amenazas, en ver en la otredad una existencia secundaria y subalterna. Por eso, lo patriarcal está tan ligado a lo colonial. Por eso no existe, ―nos dice esta forma de nombrar el mundo―, colonialismo sin modernidad. Son un binomio indisoluble.
Lo decolonial nos enseña a acoger las fronteras; pero, no como indica lo patriarcal, como límites o barreras, sino como lugares intersticiales desde donde pensar, en la incómoda hibridez. Habitar el borde. Pensar desde allí. Los bordes geográficos, los simbólicos, los bordes entre las disciplinas del conocimiento. Las epistemologías euroamericanas, en cambio, nos indicaron que los campos debían segmentarse con rigidez. (La sociología no debía cruzarse con la historia, por ejemplo, las categorías debían estar bien separadas, mantenerse insulares). En esas visiones, ese mundo distinto al que llegaba la empresa conquistadora de las Américas había que someterlo a una taxonomía, a una clasificación que le hiciera medible y, por ende, controlable. El colonialismo es una hazaña de control patriarcal que mira y siente lo diferente, así como subalterno.
Lo decolonial nos llama también a un concepto que me apasiona tremendamente: la desobediencia epistémica. Esa desobediencia pasa, por ejemplo, por comprender que el saber y el sentir deben situarse. Que las formas de teorizar el mundo devenidas del modelo euroamericano no son, como quiso instruirnos ese modelo soberbio y conquistador, abarcadoras. Lo decolonial se instala con tanta fuerza en quién llega a su orilla porque nos señala que fuimos enseñados a creer que había un centro, y que lo demás, no era más que periferia. Ese “centro” se creyó universal, abstracto, dueño de la historia, de lo “civilizado”. Me hinché de efervescencia cuando leí que Mignolo exhorta a que renunciemos a la aspiración de ser modernos. Abdicar. Desmarcarnos. ¿Cómo renunciamos a aspirar a la modernidad? Qué pregunta bella y quemante esa.
Tal vez una de las industrias que logra ilustrar con fuerza tanto el carácter de lo colonial/moderno, como la lógica del centro/periferia, sea la moda. Moda: un término cargado. Detona asociaciones antipáticas. Frivolidad. Feminidad. Intrascendencia. Exclusión. Mascarada. Capitalismo. Blanquitud. Explotación. Desperdicio. Saqueo. La moda es tan incómoda porque contiene una simultaneidad que para muchas personas es insoportable: la capacidad de ser mero signo, sin fondo; o la habilidad deslumbrante de acarrear significados sobre la condición humana. A veces las dos al tiempo.
El gran mito de la moda, del fashion, contiene ese relato. En él, moda es un fenómeno, en principio, moderno, que nace en las entrañas de la industrialización capitalista y europea. En términos más filosóficos, moda es una lógica que está emparentada con un tipo de temporalidad (irrevocablemente moderna también): la búsqueda de la novedad, el apetito voraz, “irracional” por “lo nuevo”. En esa narrativa, moda es la idolatría al bien de consumo que, sometido al ritmo de esa temporalidad, vive en lo efímero, en lo transitorio, en lo que pasa pronto, se disuelve. El relato de la moda euroamericana se alimenta justamente de la estructura colonial/moderna. En su mito, la moda viene de Europa, de Estados Unidos; es allí donde han sucedido las pasarelas globales, allí donde están las tiendas de departamento, allí donde están los medios tradicionales que despiertan el consumo, que circulan la moda como imagen. La moda destila de ese centro. Lo demás, es ‘periferia’. Lo demás es vestir folclórico o nativo. Lo demás es exótico. Lo demás es ‘tradición’, no modernidad. Lo demás es subalterno.
La arrogancia epistémica del proyecto colonial/moderno reside en eso también. En creerse el ombligo de la historia universal. En creer que lo que sucede fuera de la esfera moderna no “innova”; no tiene historia, se encuentra, en cambio, por fuera de ella, en la estática del campo, en lo rural, en lo “atrasado”. Este pensamiento ordena de lo que aprendimos de la moda también. Es lo que explica que sea un término tan cargado justamente.
En algunos debates en el esfuerzo de “decolonizar” la moda, se habla justamente de disputar el término. Si se usa el término fashion como sustantivo y no como verbo – como indica la teórica Angela Jansen – eso permitiría ampliar el espectro de la geografía y la temporalidad. Hacerlo permitiría entender la moda como toda forma que ha existido en la historia humana de vestir al cuerpo. No se reduce a la modernidad euroamericana. No estaría asociada únicamente a ese “centro”.
Por eso, algunas personas que piensan críticamente el tema en Latinoamérica abogan a veces por situarse en términos como estilo o vestir. Porque moda puede ser vista como un modelo importado que habla justamente sobre la aspiración a ser modernos, sobre las ansias de asimilar la estética asociada con la civilización moderna y euroamericana. Del mismo modo, puede haber disputa en reclamar el término moda para referirse a toda forma humana de ataviar u ornamentar el cuerpo humano. Elegir no diferenciar entre moda y artesanía, por ejemplo, ver esas formas y saberes como moda también puede ser una manera de disputar la palabra y todo lo que significa.
El cuerpo vestido es, entonces, un lugar para la desobediencia epistémica. Una de las violencias que más me asombran del proyecto colonial pasa, para mí, por la forma en que colonizadores despojaron a seres también de su propia subjetividad. Les impusieron la cruz. Les prohibieron su cosmogonía. Les robaron su espíritu. Qué feroz pensar en ser despojado de la propia visión del mundo, de ese fuero íntimo, de la propia espiritualidad. Por supuesto, el proyecto colonial también se encargó de señalar jerarquías en las vestimentas.
En sus apariencias, las personas queer desobedecen al binario de género. Por eso las experiencias fronterizas del género siempre han sido terrenos fantásticos para la imaginación estética. Para desbordar lo posible. A partir de los 60, movimientos afroamericanos usaron dashikis y afros para desobedecer a los mandatos de blanquitud, en un país segregado por ariscos racismos. Dos ejemplos.
En Colombia, tal vez la intersección que más nos llama en estos momentos es la que florece entre moda y política. Está la estética de Francia Márquez, que encarna algunos de los lemas que más se le reclaman a la industria de la moda y en el espíritu de la moda decolonial: antirracismo, feminismo, activismo ambiental. En sus múltiples figuraciones mediáticas y públicas, Márquez no sólo personifica la feminización potencial del poder, sino que su apariencia y vestir son en sí mismas portentosas evocaciones de ancestralidad, de la subjetividad que fue despojada por el colonialismo y la modernidad. Ha usado aretes que despliegan el mapa del sur pacífico del país de donde viene. Ha usado otros que llevan el mapa de Colombia. El colorido de su atuendo, marcado por las faldas campesinas y estampados de diversidad africana, va con tonos encendidos que se rebelan contra el “deber ser” del recato institucional. La textura de su pelo es la insurrección de la belleza afro, la audacia de la viveza cromática, todos son una forma de anunciar, con códigos visuales y calculados, todo lo que su política, incómoda y revolucionaria, personifica.
Hace unos días, Verónica Alcocer publicó un video donde comparte encuentros con distintos frentes creativos: trabajos artesanales, diseños que piensan en identidades colombianas, visiones que trabajan reutilizando materiales para evadir el desperdicio, marcas que piensan en crear despacio, con consciencia y sentido ético. Usó la palabra moda, sí, la evocó como un vehículo para conocer a Colombia en su multiplicidad. Eso también es, fundamentalmente, lo decolonial: entender lo que algo significa, en sus propios términos, en la radicalidad de su contexto.
A la industria de la moda en Colombia le urge fijarse más en la cultura. Enriquecer sus espectros. Entender que el vestir es un terreno fértil para la desobediencia. Se ha hecho síntoma, entre personas que diseña que son de “la periferia” (países africanos o latinoameriacanos) autoexotizarse, apelar a discursos de “tradición” y “ancestralidad” para ganarse la legitimación de la moda euroamericana. Eso se repite en Colombia, entre las personas que influencian en las redes, entre quienes participan en el gremio. Tal vez haya en esto algo de lo más político en la actual moda colombiana: este proceso tenso, emocionante, adolorido, esperanzador, contradictorio de reconocer los propios sentidos, las contrariedades, los significados singulares de lo que somos y podemos ser. Tal vez no hay mejor atmósfera que ahora para que el vestir sea una forma de romper con las ansias de lo de afuera. Para que el vestir sea un terreno para imaginarnos un país que se reconozca en sus propios términos. Allí se vivifica otra hermosa noción del pensamiento decolonial: es una perspectiva política, intelectual, pero también estética. La estética es profundamente política. Nuestros modos múltiples de vestir son potencia, un punto de partida para desobedecer.
