Existe un texto de 1990 de dos teóricas de cine que analiza una película de 1953: Los caballeros las prefieren rubias. Es un filme célebre de la Hollywood de la época. La rubia que figura en la historia es nada menos que Marilyn Monroe. Y, a diferencia de las lecturas fáciles o prejuiciosas que puedan surgir con el título, la historia – donde figura la escena emblemática de Monroe rodeada de hombres, diamantes y magenta - es realmente la fábula de una bella amistad femenina. (Jane Russell, pelinegra, es la otra protagonista).
Las mujeres que escriben esta pieza explican que, con frecuencia, los ojos de las feministas pueden sentir contrariedad – o alienación – cuando se posan sobre los documentos de la cultura visual predominante. Abundan realizaciones enmarcadas y condicionadas por un sistema profundamente misógino. No suelen estar exentas de elementos problemáticos. Sin embargo, hay algo feminista en no abdicar al placer que puede experimentarse también con esos textos o producciones. Es posible sentir deleite y goce con ellos. El análisis sobre ese filme va justamente hacia eso.
Sobre Los caballeros las prefieren rubias, por ejemplo, explican el deleite que genera la presencia de dos mujeres independientes, fuertes, que se resisten a la cosificación masculina. Pero el gozo viene, sobre todo, de entender que lo más importante está en la profunda conexión que hay entre ellas, la fidelidad que se tienen, la manera cómo priorizan su vínculo. La amistad y su belleza. Hay algo feminista en verlas de esa manera. Así, es posible ver documentos de la cultura visual desde una lectura que los subvierte. No abdicar al placer, sin dejar de ser consciente de las espinas que hay en lo que se mira, es otra forma de ejercer la mirada feminista también.
A mí me gustan los filmes y las series de mundos “masculinos” desde siempre. Con los años, y con los filtros que permite la teoría que se adquiere, he revisado las espinas que esto supone. Mi fijación ha sido por lo demás precisa. Se inclina por el mundo de los gangsters. El mundo de Martin Scorsese. La trilogía de El Padrino. Las series como Boardwalk Empire, The Sopranos. Los filmes como Goodfellas, Casino, A Bronx Tale. Hace un par de años, cuando salió The Irishman – de Scorsese, también -, hubo expresiones de críticas y escritoras conspicuas que más o menos proclamaban sobre qué importancia podía tener, a estas alturas de la cultura y de la vida, una historia centrada en varones blancos, ancianos casi, que orbitan alrededor de esos mundos viciados de poderío viril. En ese entonces sentí agitarse en mi interior una respuesta: me importaba a mí.
Me importaba, sobre todo, presenciar la masterización de un arte. The Irishman contiene toda la grandeza de Scorsese. Su habilidad para la musicalización exacta, sus perspectivas visuales, su don para la gracia cinematográfica, la estética del mundo que lo hizo (un muchachito italoamericano que vio, de primera mano, a estos personajes, en sus calles, en sus cuadras). Me importaba ver a Al Pacino a Robert De Niro, a Harvey Keittel, a Joe Pesci, todos juntos, bajo la magnificencia cinematográfica de esa visión que, en ese filme, alcanzaba, para mí, una suerte de punto álgido. Lo sentí como una especie de ocaso. En cualquier momento, sentí, todos morirán. En ellos se cifra ese mundillo del italoamericano criminal, bellamente vestido, colmado de contrariedades, cruento y brutal, pero también fervorosamente apegado a unos ideales de extraña lealtad. En esa película, además, Scorsese hace lo que no había hecho antes: nos muestra el sitio al que puede llegar el gangster en ese ocaso de la vida; la cárcel, la soledad absoluta, el rencor de los hijos, la muerte lenta y dolorosa sin cariño o compañía.
Hace un tiempo también, en Netflix, me topé con el documental Fear City: Nueva York vs la mafia. Comprendí, a través de un fogonazo, la medida de mi propia ingenuidad: los mundos recreados por Scorsese en filmes como Goodfellas, que tantas veces había visto en la vida, no eran ficticios. Estos varones, como los de aquellas películas, existieron, oscuros y dañinos. Volví a revisar el placer que me habían dado estas historias y filmes. La sabiduría del espíritu crítico enseña, creo, a mirar constantemente lo que nos ha sido familiar con visos distintos.
Por estos días estoy mirando a Thomas Shelby, de la serie Peaky Blinders, que acaba de retornar al radar visual con su sexta temporada. Me fascina este personaje. Me conmueven sus tribulaciones y paradojas. Me conmueven las heridas que la guerra selló en él. A través de él, veo que sorprende siempre la manera en que aprender a ser varón, en determinadas esferas, puede ser una parafernalia de supresión que desemboca en violencias. Violencias que empiezan en el propio fuero interno muchas veces. Me fascina su insistencia en limpiar el negocio familiar. Me embruja la manera en que quiso derrocar al fascismo, por convicción, y la manera en que comprende que más vale usar la política para obtener sus propósitos personales. Me fascina el elemento gitano de su linaje. La superstición y el dolor. He extraído mucho placer de esa serie. De la banda sonora, de las veces que aparecía la voz de Nick Cave o una canción de Radiohead. De la cinematografía. Del personaje que hace Tom Hardy. De los lazos que se tejieron en ciertos focos urbanos alrededor de judíos, italianos, gitanos.
Mirar es político. Lo es, por ejemplo, porque durante siglos el mundo fue hecho y creado por una mirada masculina. El concepto de the male gaze, como se sabe, no remite únicamente a la literalidad de que fuesen hombres quienes pudieran representar el mundo pictóricamente, sino a todo un sistema visual. En él, se construyó la idea de que los hombres (o lo masculino) miraban activamente, mientras que las mujeres (o lo femenino) eran objetos pasivos para esa mirada, sin capacidad de agencia, sin la posibilidad de crear significado. Sobre eso escribieron largamente las teóricas feministas del cine en los 70, claro.
En ese esquema, las mujeres se dejaban mirar, no eran sujetos visuales con agencia. De allí que el título del libro de la escritora estadounidense Siri Hustvedt, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, sea tan provocador y tan importante. De allí que hablar sobre una mirada femenina connote también posibilidades políticas. Ejercer una mirada, representar el mundo, desde una forma femenina, puede ser rebeldía y posibilidad política.
A las mujeres se nos ha negado también el placer. Históricamente, el deleite femenino fue castigado o también definido según las proyecciones y ansiedades masculinas. Definir el placer en los propios términos es otro tema que seguimos fabricando desde la orilla femenina. En mi caso, y en este ejemplo concreto, he extraído placer de ver películas de gangsters. Extraigo placer al mirar a Thomas Shelby y Peaky Blinders. Cuando vuelvo a ver la trilogía de El Padrino, cada tanto, noto que mi placer se ha ido contrariando en la medida en que comprendo la virulencia de estos mundos y de estos personajes. El placer tiene espinas. Lo observo en la medida en que tengo más formas de nombrar las cosas que me interesan y me afectan.
Para muchas personas, el feminismo no es más que una oscura amenaza. Una cosa malévola y antinatural que hay que contener y suprimir cuanto antes. El feminismo es ciertamente una militancia política. Pero esas personas pierden de vista las muchas capas que contienen las perspectivas feministas. Porque el feminismo también es lo político que hay en nombrar el mundo, por ejemplo. La escritura femenina es insurrección por eso también, porque desobedece el mandato de silencio que la misoginia ha querido históricamente de las mujeres. El feminismo también es mirar. Cómo miramos. Mirar activamente. Mirar con consciencia crítica. Mirar complejamente. Ser espectadoras críticas es feminista también. Y eso implica, a veces, no abdicar al placer. El placer de mirar. El placer en lo contradictorio. El placer de mirar textos de una cultura visual patriarcal con sentido crítico y agencia. No abdicar al placer, mirar con sentido crítico, eso es insurrección también. Reclamar el deleite, sin desalojar completamente la perspectiva crítica, eso es feminista también.