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Héctor Lavoe

Vanessa Rosales A.

02 de enero de 2023 - 12:01 a. m.

Tiempo hace que me debo a estas líneas. Han flotado largamente en las anotaciones silenciosas de mi mesa de trabajo, en esos temas que palpitan, con sus ritmos, pidiendo ser escritos. Todo sobre ellas inicia hace más de dos décadas, sin embargo. Primero, en la ciudad donde me hice, Cartagena de Indias, frente a la bahía de Manga. En esos instantes cuando el sol resplandecía sobre la superficie acuática. La luz intensa y caliente del mediodía. Los efectos solares, con centellas de luz que parecían espejuelos titilando sobre la imagen animada de ese cuerpo de agua, con la memoria de los siglos.

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Pero inician, sobre todo, hace exactamente veinte años, con mi mirada caribeña arribando a Bogotá, la ciudad donde me hice sujeto urbano, esa extensión citadina liberadora y arisca. Los días iniciales, la torpeza en el vestir. Mi retícula arañada por el contraste del paisaje. Los autobuses, veloces y destartalados, en los que aprendía a movilizarme. La altura y el mareo que persistía. Toda esa melancolía tupida que llevaba consigo la jovenzuela extraviada que fui. Todo ese apetito, abstracto pero quemante que tenía por ubicar, por vivir con un yo singular; cazando una forma de solidez que permitiera anclar en mí misma. Insatisfecha. Aturdida. Con el deseo claro, pero vacilante por escribir. Muchas veces, al principio –en esos nuevos recorridos llenos de cosas incalculables pero que parecían posibles, ante esas estampas que rasguñaban mis irises con las fachadas en ruinas, ante esa corriente inhóspita que parecía cubrir las avenidas del centro bogotano, agitado y descolorido– había conmigo un discman. Eran los últimos meses del año 2002 y, de manera recurrente, como armadura, como consuelo, como banda sonora, sonaba Héctor Lavoe en mis oídos.

En lo que fue primera habitación bogotana colgaba, además, un afiche. Era Héctor, que sonreía, a color, con gafas aviadoras, la mano sobre la cara, el puño cerrado y su nombre legible en uno de los anillos dorados, el que llevaba puesto en el meñique. Poseo una memoria escurridiza, pero como tantas personas, conservo retazos de vivencias enmarcadas en la asociación. A veces el recuerdo es una ecuación de sensaciones e impresiones que ligamos a otros tiempos y espacios en los que fuimos. El tiempo es una cosa misteriosa. Nosotros somos esa persona que era otra hace tantos años. Esa persona respiraba, miraba, vivía, hacía cosas. Había más en la temporalidad de ese vivir, las formas de subjetividad que daba, por ejemplo, la música y la manera en que se oía, las imágenes que eran accesibles. No había, en ese momento, dispositivos de inmediatez. Los teléfonos móviles eran todavía esas maquinitas pequeñas con las que nos llamábamos y nos enviábamos algún texto, más bien un aforismo. No estábamos carcomidos por esta maquinaria de velocidad indistinta, donde buscamos cualquier melodía o donde la vida es un teatro expuesto en la pantalla que nos guía. Mi relación con Héctor Lavoe fue dada por los CD, la búsqueda furtiva, la insistencia en oírlo, mi febril manera de asirme a él para sobrevivir.

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La avenida diecinueve, la novedosa séptima se ofrecían ante mí mientras sonaba, con recurrencia, Juana Peña. Pero eran tantas, muchas. Isla del encanto, Me voy pa Morón, Hacha y machete, Escarcha. Me embebí en la discografía de Héctor en sus dimensiones distintas. El Lavoe del final de los 60 con Willie Colón, en el barrio latino neoyorquino. El solista más deslumbrante y juguetón que brillaba cuando se juntaba ese milagro de la música llamado La Fania All Stars, a improvisar sobre una tarima. Héctor derramando boleros. Plazos traicioneros, Tus ojos, Emborráchame de amor, De ti depende. Y así, en esa insistencia por la profundidad y la repetición, memoricé incontables instantes de ese canto suyo; la salida repentina en medio del verso; la respuesta inventada en vivo; en plena presentación; el hechizo de su sabrosa candidez, esa habilidad para inventar palabras con ritmos como lo hacía él. Suenan y me las sé. Porque ese canto es uno de los que más he oído. Y he sido, desde pequeña, con la música, ciertamente febril.

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Hoy sé y desde siempre he sabido que me dedicaba a oír a Héctor Lavoe como método de consuelo, como modo de salvación. Me dedicaba a oír sus siseos roncos, ligeramente nasales, esa sabrosura descompuesta, esa entonación que no era virtuosa pero que era, en la amplia y asombrosa constelación de la salsa, sin duda alguna, la mejor. Ninguno canta como Héctor Lavoe. Porque lo suyo no es el almíbar etílico de Maelo Rivera, que suena como sabe el meloso ron; ni suya es esa dulce cadencia espesa que es el canto de Cheo Feliciano; ni tampoco ufana esa soberbia majestuosa y elegante del Pete Conde Rodríguez. Pero, no en vano, y como se sabe ampliamente fue llamado el cantante de los cantantes. Lo suyo era otra gama, una sin repetición. Esa ronquera que se hace sombría (Ausencia, Aléjate, Si la ves, Ella mintió, Bandolera, Piraña, Mentira). Esa alegría que te llega de pronto, con su estallido, que te fulmina, que gozosamente te calcina, que eleva la vida porque es increíble, increíble que alguien haya podido ejercer esa gracia repentina adentro del estudio, al grabar discos, de arrebatarse de pronto, permitir al mundo conocer la cándida ocurrencia imprevista.

Hubo un álbum suyo que tuve dos veces. Era, como he escrito, el tiempo del CD todavía. En mi lugar de residencia había un equipo de sonido vertical, gris, que en ese tiempo era la única fuente de música si había visitas, encuentros o si una noche de viernes el espacio se convertía, de pronto, en el lugar designado para el jovial festín. La relación con la música todavía estaba conectada a una temporalidad de la espera. En ese disco (Live), Héctor irradia con majestuosidad su don para el canto improvisado, el ingenio encantador, la sabrosura demacrada, la tristeza que sabe que la vida también es dulzor, la alegría triste, la tristeza alegre, la simultaneidad de la emoción. Eso era Héctor. En ese apartamento y ante ese disco, estuvimos tantas veces uno de mis amigos más amados de la vida, metalero, sofisticado melómano, con quién a veces, hoy, si su gracia lo permite, volvemos a Héctor y a esas melodías. Pasábamos horas juntos, con amigos, y sonaba una y otra vez ese disco. Como yo suelo compartir mis encantamientos y mis frenesís, a JC le correspondió el tipo de reincidencia que hizo que él las memorizara también. “Héctor Lavoe strikes back, o sea, pum, mete mano de nuevo”.

En mis ojos, el canto de Héctor encarna un concepto de la salsa, pero también de la subjetividad latinoamericana: con sentimiento. Sabor y sentimiento. Categorías tan contundentes como movedizas, como todo lo que asocio con la conceptualización del Caribe, la metáfora, los signos, y la comprensión del Caribe no sólo como geografía localizada sino como una especie de cualidad, de filosofía. La enseñanza que extraigo de ese canto suyo, la que más me ha deslumbrado desde que, de adolescente, empezaba a oírlo de manera empedernida, tiene que ver con la simultaneidad. Un rasgo que no puedo disociar tampoco de esa forma de vislumbrar la subjetividad caribeña como una postura vital. Héctor es la confluencia de los contrarios. Es la sinergia de la polaridad. La melancolía más gris que puede aflorar en la dulzura más juguetona, la más vibrante. Héctor le cantaba a la desdicha, pero también al gozo de vivir. Conocía las dos.

Y el desamor. He pasado horas de acechante desamor oyendo a Héctor, Bandolera, Barrunto, Escarcha, Ausencia, y cómo no, la misma Periódico de ayer. En el libro La isla que se repite: para una reinterpretación de la cultura caribeña, el escritor Antonio Benítez Rojo traza los aspectos del apocalipsis en el aire de su isla. Cómo luce, se pregunta de cierto modo, lo lúgubre en el Caribe. No es, como explica, aquel hechizo funesto de total perdición, no es, distingue, ese modo de entregarse sin miras a la fuerza mortífera, sino más bien, el dolor como una afirmación, “aquí estoy, jodido pero contento”. No es, como sabemos todos los que hemos mirado bien a estas tierras y sus heridas, un lema para la glamorización, porque esa sabrosura como forma de resistencia es también una historia de explotación, de desigualad, de colonización, de dolor. Pero hay mucho del sufrimiento, de la aflicción, de la estampa adolorida de Héctor Lavoe emparentado con esa idea para mí.

“¡Abre que voy!”. “Camina que vengo de frente con la fuerza de un cohete”. “Y yo soy como el roble viejo, entre más viejo más fuerte”. “Siento una pena me está matando, lágrimas me van bajando”. “Sabio de papel, cuidao que te mojas”. “Oye, me libraste de ese horrible tormento, siento, siento, para cantar con esta gente, hay que tener, sabor y sentimiento”. “Y nadie pregunta, si sufro si lloro, si tengo una pena, que hiere muy hondo”. “Yo soy la fama, soy tristeza y sonrisa pagada”. “Soy la fama, soy aquel que la gente reclama, pero nadie puede comprender”.

Héctor entendía la potencia de la fe. Le cantó a Jesús Cristo, y le cantó al panteón yoruba también. Ambas estaban en la atmósfera. Era Nueva York, el enclave latino, era el final de los 60. Los primeros discos de Héctor con Willie Colón son también la yuxtaposición singular que es la salsa en el propio panteón musical. La salsa como metáfora del Caribe como desbordamiento, como código, como lema, como condición, como subjetividad. La geografía es un concepto demasiado estrecho para contenerlo. En plenos voceos con La Fania All Stars, intervenía de pronto, “dilo Cheo”, aparecía súbito, pero preciso, un maestro impresionante de la espontaneidad. Poco se compara con su improvisación. Pocos han detentado ese modelo de sabor. Pongan “El Titán”, del álbum Guisando: Doing a Job, de 1969.

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Las líneas no alcanzan. Y no son o no pretenden ser un esquema biográfico. Héctor para mí es icono mismo también. Patrono del consuelo. Ejemplo de iconografía. Y también, carga consigo la estela del rockstar. La estrella adorada, célebre, notoria, colmada de tristeza, de descenso, de halo triste. Y como la salsa misma, Héctor es para mí como una parcela certera. Un lugar. Un sitio. Llego a él, como antes, como tantas veces, para encontrarle allí, más allá del dolor, de la espesa pesadez que a veces arriba, más allá del hastío, de la rotura en el corazón, una comarca para el alivio, para comprender esa cualidad cíclica de la experiencia que es vivir.

En la presentación de agosto de 1971 de La Fania, en Nueva York, en el Cheetah, Héctor es parte del eslabón de voces que allí se animan. Es un alborote, un divino festín, un milagro musical, su voz alienta, es la sabrosa delicia, la alegría. En la salsa, amplia e inacabable, confluye esa heterogénea sabiduría. En la salsa, en la subjetividad del Caribe, se conjunta, sí, esa simultánea contrariedad, esa subversión a la dicotomía, a los polos que se oponen sin encuentro entre sí. Nos enseñan a vivir, a pensar, a amar, a desear, a interpretar en la rigidez de la dicotomía oposicional. Pero, la vida es alegría triste, y triste alegría, la vida es el dolor que nos alecciona, que se va haciendo como ese cimiento con el que vivimos, la belleza que también lo barniza. La vida es la simultaneidad que Héctor canta y personifica.

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Esta columna es, entre otras cosas, un lugar para mi desobediencia. Sobre qué escribir. De qué modo. En qué tono. En qué maneras. Con qué longitud. Por qué razón. Esta vez, ahora, desde mi Caribe, mientras el abanico sisea y la casa huele a ajo que se frita, mientras la brisa de diciembre agita los últimos días del año, con ese cielo azul sin nubes, encendido, he querido escribir sobre el sabor como filosofía para amar y vivir. Héctor Lavoe como ese terreno al que vuelvo para comprobar que la vida es el dulzor adolorido. El sabor y el sentimiento como forma de estar en esta vida.

Vanessarosales.a@gmail.com

@vanessarosales_

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