A comienzos de octubre, los titulares periodísticos volvieron a encenderse con un tema que hace mucho dejó de ser el sobresalto de una excepción. Era Francia esta vez. Un estudio independiente reportaba que han sido al menos 330.000 casos de pederastia cometidos por la Iglesia católica romana entre 1950 y 2020. Dicha comisión se entregó a varios años de inspección, escarbaron registros judiciales y policiales, documentos eclesiásticos y archivos variados.
Si se desglosa lo que arroja esta investigación, estaríamos frente a un aproximado de más de 4.700 casos por año. Si decantamos más aún, se podría estar hablando de un promedio de casi 13 casos por día. En tan sólo un país.
Quiero hacer énfasis en este aspecto, en los hechos, porque lo que suscita en mí un inefable desconcierto es la manera en que esto -las cifras, las estadísticas, las recurrencias- revelan un modelo sistemático, matemático casi, repetido asombrosamente. Mayor incomprensión me recorre la manera en que tantas personas hoy, conociendo estas cifras, eligen ignorar el volumen de lo que es, sin margen para duda, un patrón evidente.
La Iglesia católica romana ha violado, molestado y abusado a cientos de miles de niños en el mundo, durante décadas. Me asalta también una brecha inexpresable de comprensión ante la forma en que se ignora este esquema monstruoso. Porque eso, los hechos, las cifras, trazan un comportamiento modelo que reincide y que se repite en contextos y momentos diferentes. No son una muestra excepcional. No escapan geografías. La naturaleza reincidente de las cifras denota que no son casos aislados. No ha sido algo específico. Es un modo de operar que se ha instalado como una reiteración enquistada.
Han sido señalados en Alemania al menos 3.677 casos, sucedidos entre 1946 y 2014. En Estados Unidos se han presentado al menos 11.000 denuncias. En 2015, el Oscar a mejor película fue otorgado al filme Spotlight, que narraba las pericias del equipo de periodismo investigativo de The Boston Globe; unidad que destapó la dimensión sistemática de abusos sexuales a niños por parte de hombres que ejercían el sacerdocio en la ciudad. Aquella película apenas arañaba la superficie.
En 2012, salió al aire el documental Mea Maxima Culpa: Silence in the House of God. En el documento de casi dos horas, Alex Gibney usa como punto de partida la historia de cuatro hombres, en Milwaukee, abusados sexualmente desde la infancia por el mismo cura, en el colegio St. John’s para niños sordos, a mediados de los 60. Los casos fueron los primeros en consolidar una protesta contra el abuso sexual clerical, mostraban los modos de ocultación y los resortes que se pusieron en movimiento, una y otra vez, para desconocer las vivencias y las conexiones que estos mecanismos tenían con los mandos del Vaticano.
En la última década han proliferado las cifras. Las conductas guardan sorprendente similitud. Son sacerdotes abusando de niños varones. Son los altos mandos clericales rotando a los sujetos de parroquia en parroquia. Son las figuras encumbradas archivando las denuncias, hundiéndolas como folios guardados y voces desoídas. A John Geoghan, uno de los pocos curas encarcelados, se le atribuyen más de 130 víctimas.
Socializada como fui en esta fe, con sus ritos impuestos e irreflexivos, incentivada como fui a plegarme a sus credos sin el permiso de la hesitación o la distancia inquisitiva, sigo viendo a mi alrededor la manera en que proliferan los bautizos y los casamientos en el altar de esta institución. ¿Cómo es posible que cientos de miles de casos de niños abusados sexualmente por líderes espirituales no sea un motivo incuestionable de deserción de una fe que, además, ha sido cómplice del nazismo y de múltiples formas de persecución?
Tal vez algo de esto que explique esa capacidad indecible de negación. Como cultura o filosofía para habitar la vida, el catolicismo nos enseña a no cuestionar nada que provenga de su instrucción. En nuestros días la “santa” institución sigue siendo bandera para encumbrados políticos, terreno de ideología para las burguesías, cobija para segmentos sociales variopintos. Aún cuando Colombia es un estado laico, la cruz católica permanece ubicua en las texturas de las políticas públicas y en las formas de concebir lo que es masculino, femenino, lo que es el amor y el sexo, lo que es la muerte y la vida.
Si mantenemos el seguimiento de las cifras, hay otras más que se imponen de manera nítida. El 80% de quienes han sufrido el esquema católico de pedofilia suelen ser niños varones. Tienen o han tenido entre 10 y 13 años. Pero el alcance no se detiene allí.
Hay algo más que se oculta en estas historias, y es el impactante mecanismo de encubrimiento sostenido. A estas alturas se sabe que cuando las denuncias empezaron a dispararse, el recurso de los altos mandos estaba en dislocar a los sacerdotes de sus sitios. Rotarlos. Enviarlos a otras ciudades. Se sabe que cuando los folios donde hablaban las víctimas llegaban a las esferas altas del Vaticano, personajes como quien fuera el papa Benedicto se limitaban a enclaustrarlos en cajones olvidados. Se sabe que Juan Pablo II, ese anciano de rostro benigno que guardo grabado como foco de adoración de mi abuela más amada, fue íntimo de uno de los depredadores más conspicuos: Marcial Maciel, el líder de los Legionario de Cristo. El papa adorado lo sostuvo como el cristiano modelo. Encubrió y negó metódicamente los casos que se apilaban como algo más que mero ruido.
Sí, ante el tema el Papa Francisco se ha estado pronunciando. Ha modificado algunas sanciones internas. En Francia y Alemania líderes de la Iglesia han verbalizado la vergüenza y el espanto ante los números revelados. Pero lo pútrido es demasiado hondo, largamente repulsivo.
Hace poco, en Colombia, el investigador Juan Pablo Barrientos publicó el libro Este es el cordero de Dios, donde narra la innombrable historia de un muchacho abusado y explotado sexualmente por varones de la arquidiócesis de Villavicencio. El trabajo de Barrientos ha pretendido ser silenciado por autoridades clericales en los departamentos de Antioquia y el Meta. Han intentado denunciarlo y censurarlo. Con los antecedentes de cifras sistemáticas y al conocer el modelo para operar de las jerarquías eclesiásticas, se vuelve a hacer evidente la forma en que la Iglesia pretende seguir obstruyendo lo que hace años ya se sabe que hace parte de sus esquemas notables. La pederastia ha sido una conducta demasiado regular en sus figuras de liderazgo.
Varias veces me he preguntado a qué adjudicarle estos métodos aberrantes. Por qué reincide la pedofilia con un sistema de similitudes tan exactas. ¿Es la represión antinatural y el desprecio por el cuerpo? ¿Es algo más? ¿Más oscuro y truculento? No dan las líneas para ello.
Lo que sí es curioso es que cuando algunos segmentos conservadores añoran deslegitimar ciertos movimientos, como los feminismos, éstos son expertos en tomar partes por el todo para definir y reducir algo que requiere mucho más que un esfuerzo de explicación fácil. La derecha visible del país reclama, por ejemplo, y con insistencia febril por las violaciones perpetradas por grupos guerrilleros. Y, sin embargo, cuando se trata de la Iglesia católica, el mismo criterio no suele aplicar. Las estadísticas parecen no ser suficientes.
Y la gran pregunta, para mí, sigue siendo similar. ¿Por qué se sigue valorando como autoridad moral una institución que ha violado niños de manera sistemática? ¿Qué consideraciones tienen, de verdad, las personas que aun sabiendo esto bautizan a sus pequeños en la misma Iglesia? ¿Por qué eligen el ritual de la cruz para sellar sus casamientos cuando el celibato antinatural y cruento de los curas implica que éstos nunca han sabido sortear los ritmos del amor, de la pareja, de la domesticidad?
Una Iglesia violadora no debería ser faro de ninguna de ninguna forma de política humana ya.