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La esperanza política se llama Francia Márquez

Vanessa Rosales A.

12 de septiembre de 2021 - 10:00 p. m.

El poder es también cierta imagen. O cúmulos de imágenes. Qué son. Cómo se ven. Visiones que denotan “autoridad”. Vestimentas que conjuran sentidos aprendidos de “solemnidad”. La gestualidad autoritaria. Varones en podios que reanudan con eficacia motivos para perseguir o temer. Hombres impartiendo ideas. La historia del poder ha sido también la narrativa de sus imágenes. Y de los significados que hay en ellas.

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En sus esferas encumbradas, tradicionales, ese poder ha sido blanco, viril, explotador, dominado por lógicas de imposición. Sus fórmulas han estado motivadas por afanes de posesión. Entre sus recurrencias está la perpetuación de un poder que no se sacia sino en la continuidad que lo mantenga. Avaro e insaciable.

El poder que hemos conocido durante siglos ha sido capitalista, blanco, cristiano. Cuando digo cristiano me refiero a la ideología tergiversada. A esa forma de ver el mundo que ha hecho de todo aquello que no es el hombre blanco un otro, huestes demoníacas, presencias temibles, figuras “inferiores”. Ese es el poder que nos es familiar. El acostumbrado. El estructural. Para sostenerse en su sitio inerme, macizo, ha construido imaginaciones en torno a todo aquello que no es “masculino” también. Se alimenta de medir la otredad ansiosamente para creerse único y legítimo.

Para sostenerse, ese poder también ha hecho de las mujeres grandes otros. Ha marginado todo aquello que, percibido como femenino, le resulte inconveniente. En ese poder, lo “femenino” es sinónimo de debilidad. La autoridad “legítima” requiere de emblemas como la fuerza y avasallamiento. Son los códigos más asociados con las concepciones de lo “masculino” también.

En Calibán y la bruja, por ejemplo, la escritora Sylvia Federici traza los vínculos entre el advenimiento del capitalismo occidental, el afianzamiento de una perspectiva cristiana occidental y las maneras en que las mujeres vieron disminuidas sus accesos al dinero y a la posesión de la tierra. Ante aquello, muchas mujeres formaron rebeldías. Su resistencia a acoplarse a las reglas de ese nuevo panorama – donde se instaló la monetización del trabajo y la proletarización de los siervos – fue leída y fabricada muchas veces en forma de herejías y oscuros modos de brujería.

A todo aquello que subvirtiera o amenazara el orden establecido se le asignaron formas turbias y temibles. Lo que Federici hace es invitarnos a ejercer una mirada estructural. Ayudarnos a entender las raíces de tantas cosas que persisten.

En Colombia, el poder ha sido la oligarquía rancia habituada a retener las posibilidades. Los apellidos pútridos circulando privilegios y cargos. Los resortes que se movilizan, a puertas cerradas, en círculos cómplices, para acaparar los recursos. El caudillismo. La idolatría. El bipartidismo que, en escenarios históricos variados, se reinventa eficientemente a sí mismo. En Colombia el poder ha sido también ese manojo de familias, los apellidos burgueses, los cargos que se heredan, y las asociaciones al poder con lo viril. Pero también la idolatría a nuevos caudillos. El apego febril a figuras que en su supuesto progresismo también escudan vicios del poder.

En el espectro actual de imágenes una sola de ellas desafía y subvierte en Colombia las vencidas fórmulas del poder: Francia Márquez. Mujer. Negra. Campesina. Ambientalista. Feminista. Todo en ella personifica la gloriosa incomodidad al poder tradicional. Sus combates sostenidos han sido contra la minería ilegal. Su presencia ancla en los contornos de lo implica el saber, la sabiduría, la fortaleza de una lideresa social. Ha resistido contra el despojo y desalojo forzado de gentes que son arrancadas de su territorio ancestral. Ha dado voz, en múltiples espacios, de muchas maneras, a las formas en que el conflicto armado en la tierra colombiana ha lacerado de manera desproporcionada a las comunidades afrodescendientes. Conoce, en la piel, y en la experiencia, lo que eso significa cuando se es mujer.

Es que en Francia Márquez se condensa, de manera extraordinaria, el conocimiento estructural de todo aquello que marca llagas en nuestro país. En su lema “soy porque somos” se concentra todo lo que personifica su fuerza. Es el espíritu del poder que el mundo clama. Ella es el espíritu de la época. Un tipo de liderazgo que mire hacia aquello que fue codificado como femenino – la tierra, el territorio ancestral, la solidaridad comunitaria, la diversidad, los movimientos sociales, las acciones colectivas.

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Y, sin embargo, cuando Márquez postuló su candidatura presidencial, iniciaron los reclamos y los señalamientos por su “falta” de experticia. Qué jocosa aquella reclamación de quienes vociferan, enardecidos, afiebrados, cuando insisten en recalcar su “inexperiencia”. Nos preguntamos algunas en qué consiste aquella supuesta carencia.

¿La falta de experiencia que exhiben los delfines que heredan logros imaginarios? ¿Como los hijos de un expresidente que con frecuencia se enuncian desde sus atriles digitales pontificando como rémoras como si fuesen suyos los logros del padre? ¿La falta de experiencia en tener las manos untadas de hurtos descarados, amparados y camuflados por apellidos con lustros burgueses? ¿Es la falta de experiencia en vinculaciones sombrías que incentiva la mentalidad paramilitar, también recurrente en las burguesías venerables? ¿No habrá un sesgo idólatra en creer que sólo un senador es el vehículo posible del cambio y que aquella adoración febril sucede también porque es un varón? ¿Es la “experiencia” pusilánime que ha exhibido un presidente actual? ¿Son “expertos”, tienen “experiencia” quienes nos gobiernan o pretenden hacerlo? ¿No habrá allí un poco de lo que Siri Hustvedt ha llamado “el efecto del realce masculino?, donde somos enseñados y enseñadas a ver en lo viril lo creíble y legítimo?

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Porque lo cierto es que Márquez subvierte lo que entendemos por conocimiento “verdadero”. Subvierte lo que entendemos, desde la mirada patriarcal por “experticia”, por “poder”. Porque Márquez comprende bien que las problemáticas no son singulares, sino que están articuladas. Que no podemos desligar el dolor bélico del avasallamiento ambiental, que no podemos permanecer en los entendimientos desvencijados. Ella conoce el terreno. Lleva las marcas del dolor colectivo en la experiencia. Ha estado siempre en los sitios donde el estado no llega. Carga ella el conocimiento más hondo de la política colombiana.

Su brillantez está en su comprensión estructural. Algo que dista significativamente de las mezquindades incendiarias de los varones que hoy, en la esfera pública, se disputan el poder. No importa cuán “progresistas” se proclamen. Allí están, con frecuencia reproduciendo lo que dicen cuestionar, perdiendo de vista las estructuras, encaramados en la búsqueda de la gloria personal y no de lo que realmente necesita la representación política actual: el llamado ancestral a la igualdad, el amor maternal como modo de gobernar y de unificar. Mirar hacia la vida, y no hacia riqueza acumulativa. Afianzar un poder colectivo, hecho de aquellas características asociadas a lo que entendemos por femenino. Transformar la política de la muerte – tan naturalizada en nuestro país – por una que ponga en el centro a la vida misma. Sentir al otro. Llorar la muerte. Reparar. Sanar. Unir.

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Hace unos días, en una histórica y emocionante conversación con la feminista legendaria, la titánica Angela Davis, Márquez fue rotundamente lúcida y como es usual clara en su sencilla elocuencia: “Creo que la solidaridad pasa por una visión de familia extensa. De vernos como familia, de vernos como pueblos, de vernos como comunidades, de entrelazarnos, de vernos en la diferencia una razón para construir”.

Todo en ella personifica el tipo de liderazgo que el mundo actual reclama. Por eso es incómoda para todo el establecimiento. Por eso brincan los varones ya enquistados en el poder y en la promesa de ejercer gobierno, ansiosos, con ofrecimientos paternales para ella. Por eso la adversidad. Por eso las retóricas facilistas para deslegitimarla. La incomodidad que produce es la prueba más feroz de que es ella el camino que necesitamos. Sólo ella ha elevado el debate. Sólo ella nos conduce a las estructuras. Sólo ella es quien debería liderarnos. Sólo ella es la forma exacta de la esperanza. De la promesa revolucionaria.

Vanessarosales.a@gmail.com

@vanessarosales_

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