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La incómoda libertad del cuerpo femenino

Vanessa Rosales A.

28 de febrero de 2022 - 12:00 a. m.

Una niña. Un muchacho. Un arrebato. Una posibilidad. ¿Qué mecanismos mueven al deseo? ¿Por qué tienen sexo los humanos de cualquier edad? Una nueva ilusión, capaz. La tibieza del afecto. Una repentina e inexplicable curiosidad. La promesa de un cariño. Los mecanismos del apetito efímero. La mera disposición del gozo, las gamas del placer. Todo lo que allí es posible. Ella, trece años; él diecisiete. Un barrio en el Caribe colombiano. Nelson Mandela, en Cartagena de Indias. Allí donde hay callejuelas sin pavimentar, casas improvisadas con retazos de material, interiores domésticos sin pisos, contornos sin ventilar. Las horas son extensas para niños y niñas que congracian entre sí con lo que la vecindad les permite: padres que pueden estar trabajando en otros sitios, espacios estrechos, compartidos, el halo de la carencia en la cotidianidad. Un mundo que se abre, una niña que se suma a él sin saber nombrarlo.

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Un día el súbito malestar. Algo irreconocible. La complicidad con algunas amigas. Embarazo. Miedo. Alguna náusea, la culpabilidad. Otra niña, de quince años, le indica. Unas pastillas. Tomarlas. Insertarlas en la parte íntima. Una mañana, al despertar, en el calor sofocante, una extraña humedad: la cama entera, las sábanas hinchadas de sangre. Cuantiosos volúmenes de sangre. Temer. Gritar. Llamar a la madre, quien ha partido temprano, antes del alba, a otro barrio, a trabajar. La madre que regresa, ambas desplazándose al hospital local. Horas. La hemorragia indetenible. Espera. Ningún médico disponible.

La palidez por el sangrado que no ha cesado. La opacidad en la piel que es oscura. Más horas. Y mientras tanto, un séquito de enfermeras con aire despreciativo. Castigan a la niña. No la atienden con velocidad. Creen que se merece el dolor y la sangre. Le imponen una espera que se transforma en un día más. Remisión a otra clínica. No le conceden toallas sanitarias, se las permiten otras mujeres que están allí, también esperando, también recibiendo el desaire y las actitudes cruentas en ese espacio sin ventilar, donde todo es lento, postrado de carencia, adolorido, angustiante. En el intermedio, además, las personas del equipo médico atosigan a la niña con la amenaza de que “le echarán la policía” a su madre. La niña llora. Sangra. Ante eso, las enfermeras y el personal lo expresan de manera nítida: la atenderán de última, “para que aprenda”. Su “obligación”, por haberse atrevido a ceder a los movimientos de su deseo, es “aguantar”. Tres días enteros así. ¿Podrían sus ojos lectores, por un breve instante, arrimar la proximidad de esta experiencia a su propia corporalidad?

No sé cómo instar correctamente a que imaginen a esta niña. No es letra. No es esta página. No es pantalla. No es teoría. Es un ser que apenas ha estado en la vida. Y estas esquelas que describo fueron compartidas por una mujer cartagenera en las redes digitales. Figuran aquí con la esperanza de conjurar lo que, para mí, es la piedra angular del pensamiento crítico: una mirada compasiva. Quiero escribir esto de la manera más compasiva posible. Eso implicaría invitarles a extraerse por un momento de la antipatía que le genera la estética del lenguaje de quién esto escribe. Implicaría permitir que las palabras lleguen, tal vez, más allá de una abstracción, de un dejo reactivo.

El 21 de febrero, la Corte Constitucional declaró que se permitiría la interrupción libre del embarazo hasta la semana 24 en el país. En Colombia, desde el 2006, el derecho a ejercer autonomía sobre este tema le ha sido posible a las mujeres con tres causales: violación, malformación del feto y riesgo para la vida o la salud de la mujer. Se hizo también posible, gracias a la Corte, a través de la sentencia C-355. Ese lunes, cuando al fin la Corte anunció su fallo, algo atravesó el aire. La fibra de la que están hecho los momentos históricos. El fogonazo que arriba cuando algo amplía las libertades de las mujeres. Escribí aquí mismo, antes: me cuesta creer que en pleno 2022, haya que defender que una mujer tiene derecho a elegir sobre su propio cuerpo. Suyo. El hábitat de su existencia. La carne de su singularidad. La marca de su vitalidad. Si la democracia empieza en algún lado, es allí, justamente, como lo ha señalado la escritora y activista Gloria Steinem; en el propio marco corporal. Elegir sobre el propio cuerpo es marca indiscutible de la democracia.

Para muchas aquello significó un momento de belleza, un instante de justicia – como sucedió cuando las mujeres pudieron acceder al voto político, como sucedió esas otras veces en que las mujeres pudieron, al fin, afirmarse como sujetos y seres humanos – un momento en el que una institución importante estuvo del lado correcto de la historia. Y, sin embargo, el gozo de esa libertad y de todo lo que hace posible, fue obnubilado por una serie de distorsiones que empezaron a repetirse en la esfera pública y visible. Mujeres del mundo de la influencia, de la moda, del entretenimiento, de la celebridad y, por supuesto, también los sectores del conservatismo en todas sus gamas, se ensañaron en un solo aspecto del fallo: la semana 24.

Una exreina, actriz, autoproclamada “filántropa”, figura de la moda y la celebridad, publicó una serie de videos donde insistía en que así, en ese confort en el que se había grabado ella misma, almidonada, contenta y expectante de una hija que era fruto de un casamiento católico, protocolario, con un varón de las familias encumbradas del Valle, que así, lucían esas 24 semanas. Como esa demostración, vinieron muchas más. De otras figuras similares. Y el argumento empezó a repetirse. La idea, de fijarse en esa temporalidad, de insistir en ella, refleja una manipulación importante. Refleja otros temas que quiero desglosar.

Por un lado, desconoce o insiste en no comprender el por qué de las 24 semanas. No se trata de una literalidad. Se trata de una ventana. Una ventana de tiempo, abierta por la Corte, pensando específicamente en las mujeres más vulnerables. Como esa niña en Cartagena de Indias. Como las muchas niñas que no comprenden que están en estado de embarazo hasta que éste ha avanzado. Los miles de niñas que son abusadas sexualmente en entornos que les son familiares y que son obligadas a parir. Los millones de mujeres en este país que llevan vidas donde la realidad les permite poco margen de elección, que viven sumergidas en la violencia de la exclusión, que tardan meses en acceder a una atención médica o que nunca la alcanzan. Niñas y mujeres que en la clandestinidad también han despertado humedecidas por la profusión de su propia sangre. Que así pueden morir. En 2020, más de 4.000 niñas, con o menores de 14 años, parieron. No son cifras. No son abstractas. No sé tampoco cómo instar a su mirada lectora a que perciban esto desde un lugar de solidaridad y de compasión por experiencias que aquí son meras palabras.

Se explicó, entonces, que se trata de una medida provisoria. Una medida que contempla algo que puede ser fácil de ignorar cuando se tiene todo, cuando se goza de capital social y económico: que se trata de una respuesta, radicalmente contextual, a las características de un país. Incluso las mujeres en las ciudades principales saben bien cómo operan las burocracias para acceder a una atención médica. Están las estadísticas. Más del 94% de las interrupciones de los embarazos se realizan antes de la semana 15. La mayoría de las mujeres no esperan, ni aguardan. Si se encuentran con limitaciones o demoras. Éstas devienen del sistema, de las condiciones estructurales, no de sus voluntades. Las 24 semanas son una excepción. No obstante, el foco público siguió insistiendo en ese aspecto. Ese solo. Una gran insistencia de oír las estadísticas. De mirar, con complejidad, los motivos. De asimilar que ese marco temporal es excepción.

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Esta fijación funciona como un símbolo importante. En esta orilla se insiste de manera constante en ampliar la mirada hacia lo estructural. Los sucesos, las coyunturas, los fogonazos son indicios para algo más amplio. Las manipulaciones que se han tratado de sostener ante el fallo de la Corte permiten mirar así. Por un lado, nos revelan las formas predecibles que se levantan para desestabilizar la libertad femenina. El recurso de tomar una parte para definir el todo es frecuente y ubicuo. Es una fórmula fácil, ideal para distorsionar. Con las expresiones del feminismo sucede todo el tiempo. Toman las partes más confrontacionales o “ariscas” para recalcar la convicción de que la libertad y la igualdad de las mujeres es algo “antinatural”.

Esta distorsión también nos habla sobre cómo esos métodos manipuladores, distorsionantes, se caracterizan justamente por no oír ni ceder atención a la información que puede deshacer sus falacias. Las estadísticas están allí para explicar que es excepcional que los embarazos se interrumpan en la semana 24. La posibilidad de un derecho no es una coerción para que alguien lo ejerza. La decisión de la Corte contempla lo que estas personas se rehúsan a mirar: las circunstancias en las que viven millones de mujeres en el segundo país más desigual de América Latina. No viven en haciendas vallunas, no viven de mercantilizar a sus hijos en las redes, no tienen accesos veloces a servicios médicos, no tienen ayudas en las crianzas, no tienen los márgenes para elegir con amplias libertades. Es curioso, pero no coincidencia, que muchas de las mujeres que fueron prestas a usar su gran visibilidad y celebridad a ensañarse en las 24 semanas sean partícipes de unas feminidades cuya convencionalidad opera también con complacencia con lo patriarcal. Léase lo patriarcal aquí como el dinero, la clase social, el marido, y el sello ineludible de una formación católica o cristiana. Son figuras que han asimilado hondo la asunción de una feminidad abnegada, “virginal”, son figuras que, además, irónicamente, nunca se pronuncian sobre las libertades femeninas; figuras que, además, suelen mercantilizar a sus propios hijos e hijas. Hay violencia en que infantes aparezcan en las redes sin tener edad de consentir; hay violencia en generar cuantiosos contratos usando a los propios hijos.

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En el fondo, además, todo esto se trata verdaderamente de una gran ansiedad. Se llama misoginia. Que se basa, también, en no soportar, en sentir pánico visceral hacia el hecho de que las mujeres puedan elegir sobre sus vidas. La han asimilado hombres y mujeres por igual. Cuando se desestabiliza lo que se supone deben ser las mujeres, según mandato “ideal”, esa misoginia irrumpe como filtro cognitivo.

La libertad de elegir sobre el propio cuerpo genera tanta ansiedad por una razón primordial: porque en el fondo, de manera inconsciente, para muchas personas persiste la idea de que mujer es igual a madre. Se nos exige ser madres. Se nos exige ser madre abnegadas. De allí que en este caso se conceda mucha más importancia a una vida posible que a la vida que existe. Ana Cristina González, médica, máster en investigación social y doctora en biopolítica y salud colectiva, una de las líderes de Causa Justa, explica esto de manera diáfana. Importa más el prospecto de una vida, que aquello que la mujer añore o elija para su propio proyecto vital. No importa la mujer, su deseo, su vida, su añoranza; importa que cumpla el rótulo maternal.

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Eso es misoginia. Misoginia también es castigar socialmente a las niñas o a las mujeres que asisten a clínicas o centros médicos a interrumpir sus embarazos. Es obligarlas a esperar, torturarlas, tratarlas de putas. Porque allí está otro componente que parece perderse de vista. No es sólo que incontables, millares de mujeres tengan experiencias precarias y distintas, que sus relaciones con la maternidad estén determinadas por esos contextos específicos; es que a las mujeres se les castiga social y culturalmente por ser sexuales. El Génesis, el libro fundacional con el que se nos enseña a vivir lo dice: “y pagarás con dolores de parto, y serás sujeta a tu marido”.

Cuando una niña o adolescente se atreve a perseguir el deseo, la curiosidad, cualquier florecimiento erótico, se le castiga. No sólo es posible que se le trate de puta, sino que, en ciertos contextos, donde impera la escasez material, se les exigen muchas veces que salgan de sus casas, que vayan a vivir con sus novios o con los muchachos con los que se han emprendido la vida sexual. A las mujeres se les ha enseñado que, si son sexuales, a cualquier edad, merecen alguna forma de castigo.

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También se nos ha enseñado que ser madre es un deber femenino. Y el catolicismo nos ha dicho que es nuestro deber parecernos a madres vírgenes. Puras. Intocadas. Inhumanas. Entregadas al silencio. Abnegadas. Hay una violencia inefable en recibir este mensaje desde que somos niñas. Ese que dice que la única mujer a la que debemos emular es a una ficción: una madre virgen. No se me ocurre nada más deshumanizante que exigir a los sujetos femeninos que traigan hijos al mundo despojadas del elemento sexual y carnal. Lo que las hace humanas de modo más fundamental.

Creo, sí, que la educación sexual es urgente. Pero no basta con medidas superficiales. No basta con repartir métodos. En Colombia, las cosas van mucho más allá. Nos llevan a esa misoginia profunda y violenta. La educación sexual implicará un desaprender colectivo, hondo, donde deshacer la manera en que aprendemos a percibir la sexualidad en lo masculino y en lo femenino. Por lo pronto, requiere de este tipo de medidas, que permitan a las mujeres la libertad para elegir. El fallo de la Corte no le impone a nadie ejercer ese derecho. Es irónico, además, que quienes moralizan la sexualidad, quienes insistan en la abstinencia, en demonizar el sexo, en castigarlo social y simbólicamente en las mujeres, sean también quiénes condenen los derechos reproductivos. Ni lavan, ni prestan la batea, como reza el adagio popular.

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Estamos perdiendo de vista lo importante. Estamos insistiendo en las distancias. Estamos cayendo en la lógica patriarcal de crear otredades. Estamos olvidando lo esencial. Que estas son experiencias humanas. Que cada una requiere ser vista en contexto. En la condición mundana. En la piel. En la batalla de la carne. En la deshumanización que esto traza, se pierde de vista que, en un país de altísimos niveles de impunidad, de cruenta injusticia, hay mujeres que son encarceladas por ejercer el derecho sobre su cuerpo, el terreno de su autonomía. El día que se mire a las mujeres, en todo tipo de circunstancias, como seres humanos, desde la percepción compasiva, será el día en que se hará evidente, como lo es para muchas, para mí, que nada ni nadie puede gobernar el cuerpo femenino.

Vanessarosales.a@gmail.com

@vanessarosales_

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