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La niña perdida

Vanessa Rosales A.

25 de julio de 2021 - 10:00 p. m.

Estoy sobrevolando Cartagena de Indias. No poseo cuenta de los retornos aéreos que, así, me revelan esa geografía, tan ajena y tan mía; toda una vida de hábitos y regresos a su paisaje conocido. A esa familiaridad de aquella vista la perfora siempre una repentina y espesa melancolía. Allí están, los tejados de ciertas casitas. La bahía. Los terrenos lamidos por la desidia. Las tardes cenizas. Su formación de península. La montañosa figura de una iglesia reconocida. Allí, el puerto; los veleros con cuya imagen crecí. Los edificios blancos. Cada vez más monstruosos y ariscos en esa voracidad de construcción desatada por la más sórdida avaricia. Llevo cada cosa de esa vista en algo recóndito como podrían ser los huesos; en la memoria más reconocible que me habita.

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Las últimas veces, en el sobrevuelo, he pensado sin embargo en Alexandrith. Una niña que desapareció hace tres meses en el pueblo pesquero de Punta Canoa. Desde arriba los barrios y los techos, las callejuelas y las avenidas, lucen posibles, permiten preguntarse, de manera nítida, por el punto exacto, desconocido, en que estará Alexandrith. Dónde transitará su vida. En qué circunstancias se encontrará su cuerpo adolescente y vivo.

En una columna reciente aquí, el historiador y escritor Javier Ortiz daba forma a un sentir. “La herida palpitante es que las niñas perdidas suelen ser niñas pobres y negras, lo que sea que se las lleva no se las lleva a todas por igual. Lo que sea que las busca tampoco las busca a todas por igual”.

La herida es que a esas niñas no se les busca con frenética energía. Pasan a convertirse en una especie de fantasmagoría. El rumor de tanta llaga, el susurro de todo aquello que sobre Cartagena lastima. Un rumor de fondo. Algo sucedido pero disipado por la agilidad que tiene este sitio de hundirse en sí mismo.

Porque Cartagena de Indias sobrevive, con todos sus siglos, sobre el sustrato de su impávida apatía. Nada que la incomode, nada que le sostenga el reflejo de sus inconveniencias pareciera penetrar nunca sus fibras, sus movimientos, su realidad vivida. Cartagena es ese estupor. Ese engaño apacible. Todo teatro de turismo magnífico. Todo artificio de postal bonita. Todo en ella retórica de comercio e inversión. Todo saqueo enmascarado de glamour.

Es ineludible preguntarse si la niña, la quinceañera perdida, fuese blanca, si fuese parte de la burguesía, si asistiese a los colegios costosos, a esos emblemas de los aventajados circuitos ¿el esfuerzo sería tan opaco como el que se ha procurado en la búsqueda de Alexandrith? ¿Estaría el alcalde tan cómodo con la ausencia de la niña? ¿Habrían removido las carteleras que muchas mujeres pegaron en la ciudad con el rostro y el nombre de Alexandrith? Si la niña fuese blanca, si fuese un componente de la venerable casta líder, ¿se convertiría su ausencia en un suceso descolorido por el paso de los días? ¿Sería tan laxa la reprimenda de la justicia sobre el varón al que se le otorga haber extraído a la niña de la casa donde vive? ¿Sería tan tosca la inercia ante una búsqueda que exija, insista?

Las niñas desaparecen todos los días. Cómo no experimentar un estruendo adolorido al leer esa línea. A qué grado de deshumanización arribamos cuando el desvanecimiento de seres que deberían existir abrasadas en la protección, sin temores, libres, nos resulta un episodio abstracto, sin carne viva, un suceso vacío, una noticia que se extravía en el tumulto de la información. En Cartagena de Indias, ser niña es una especie de hiriente peligro. En Cartagena de Indias, ¿qué significa ser una niña negra y sin los almidones de la clase social que procura unas formas radicalmente distintas de existir?

Hace unos días, el mismo alcalde de Cartagena expresó una serie de raciocinios que no pueden menos que tomarse como grandes índices de un pensamiento que en la ciudad es común y ubicuo. Ante los señalamientos que se hacen sobre la evidente proliferación de la prostitución, el alcalde replicó que un oficio tan antiguo no podía ser destruido. Sí, claro, o tal vez, hacer de su presencia una especie de distrito, muy chic, una emulación holandesa, un modelo así. Lo más alarmante de esta aceptación, rampantemente conformista está en su capacidad para afirmar que esa presencia sea, según él, ínfima. El líder político de una ciudad vapuleada por el saqueo y la compra de sexo, afirma que la prostitución es mínima, apenas un visible. El líder político de la ciudad, con palabras así, traza los cercos, exacerba los límites entre lo que vale y lo periférico; difumina, roba gravidez a las aterradoras circunstancias de explotación sexual infantil.

Las trabajadoras sexuales necesitan ejercer su oficio con dignidad, seguridad y estructuras que concedan los derechos de su organización. Este es un tema distinto, un tema que amerita una complejidad retadora en sí. Pero reducir la ubicuidad de la prostitución en una ciudad que metafórica y realmente es un prostíbulo en sí amenaza con minimizar una de las realidades más sombrías en esas dinámicas visibles: la trata de menores, la incorporación de niños y niñas en prácticas de trabajo sexual que suceden en aberrantes estados de asimetría.

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Minimizar la complejidad de todo lo que implica el trabajo sexual en Cartagena de Indias requiere, a lo sumo, o un agudo sentido de cinismo o una indolencia que raya en el estupor. Las palabras del alcalde cifran una tremenda aceptación. Una fórmula pasiva. Una capacidad para convivir con las llagas abiertas que perforan una ciudad donde es común, frecuente, que sean niñas las que sean forzadas o incorporadas a prácticas de trabajo sexual. Esa impavidez ante lo que vapulea a la ciudad es común en ese esquema de percepción donde lo inaceptable se deja allí, algo más con lo que convivir. La indolencia impasible, la inercia que no se toca, la incomodidad que no perfora la vida.

Es la misma desidia que han mostrado el alcalde y segmentos influyentes de la ciudad con Alexandrith. Una niña negra, que existe sin las condiciones de clase de la burguesía, una niña que es removida de su casa, súbitamente desaparecida, una niña como Alexandrith es un símbolo, rotundo y lacerante de un lugar que ha aceptado sin aspaviento su racismo increíble, sus clasismos virulentos, su selectividad a la hora de mirar lo que amerita sus esfuerzos, los recursos, las energías.

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Alexandrith es un signo de toda esa inercia maligna, de toda esa sumisión febril que hace una llaga de Cartagena de Indias.

vanessarosales.a@gmail.com, @vanessarosales_

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