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16 May 2022 - 5:00 a. m.

La política de los afectos

Hierve la atmósfera electoral. La discordia está en el aire. También, la caricia de lo posible. La esperanza. Pero allí, sobre el escenario, las suciedades de la política electiva. Las lógicas mezquinas. Las ideologías atrincheradas. Y eso que atraviesa el aire, la posibilidad. Preguntas aireadas. ¿Es posible vivir algo distinto? ¿Es posible que una nueva configuración de cargos transforme algo? ¿Es posible que las estructuras se resquebrajen? En ese marco, se sienten, con el volumen agrandado, las grandes prédicas. La paz. El progreso. La libertad. El cambio. Ese tipo de prédicas. Esas palabras ingentes. Convicciones álgidas. Ideas ventiladas. Creencias que se anuncian con tonos certeros, afiebrados.

La inconsistencia es intrínsecamente humana. Somos brechas. Somos contrariedades. Muchas veces, la vida es un peregrinaje justamente entre la teoría que nos refleja y la práctica que fabricamos. Somos las fisuras entre ellas. Somos ese espacio que busca integrar lo que sabemos, pensamos, defendemos y aquello que se desliza en nuestra textura humana, en la vivencia, en el cúmulo de cosas, ínfimas, sumadas, que nos hacen mortales. Somos la geometría de nuestros desniveles, de las autodivisiones que lleva el yo que nos habita y a través del que fluctuamos.

Creo en esas brechas. Creo en la materia imperfecta que nos hace. Creo en la contrariedad como algo ineludiblemente humano. Y creo también que las grandes prédicas deben revisarse; que vivir auténticamente, libremente, implica también estar vigilantes ante nuestras propias trincheras, nuestros dogmas, los mantras que le han dado sentido a nuestra experiencia. Un mantra permite darle forma a un momento exacto. Pero todo mantra se desgasta. El tiempo avanza. ¿Aquello que predicamos se refleja en lo que integramos? ¿Funciona este o aquel concepto ahora, del mismo modo en que lo hacía hace unos años?

Estas agudas inconsistencias se ven de muchas maneras. Se pueden observar en los segmentos de la izquierda, cuando aquellos movimientos, los supuestamente progresistas y libertarios, reproducen misoginia y machismo en sus dinámicas. Sucede en las posturas de las derechas que, por lo general apegadas a una visión cristiana, se empeñan, sin embargo, en hacer del prejuicio, la persecución y la condena su bandera. Ejemplos. Son muchas las expresiones de eso: desmentir o minar, en la práctica, lo que se está afirmando. Allí, en el espacio entre ambas, reside algo importante.

Nadie está exento de fisuras semejantes. Pero un sinsabor emerge cuando en la prédica parece haber una ausencia de reflexividad; cuando se manifiesta algo con insistencia sin ceder margen a la posibilidad de dimensionar el propio sentido de consecuencia con ello. La búsqueda por ser consecuentes, —más que consistentes— es una que requiere la fulminante honestidad de mirarse de frente, de verificar con hondura y sinceridad en esos resquicios propios donde no cabe el autoengaño. Hay algo en las prácticas que son aparentemente ínfimas, donde, siento, se juegan a veces las convicciones que se defienden.

Lo cierto es que hay una textura de lo político en los afectos. Sobre todo, quiero referirme aquí, cuando se trata de los afectos entre hombres y mujeres. Me refiero entonces al terreno de la heterosexualidad, al del vivir diario, al de los espejos entre hombres y mujeres entre contextos diversos. El terreno del amor, por ejemplo, está constantemente empapado de posibilidades políticas. Como en la contienda electoral, como en el debate de los asuntos “grandes”, se pierde de vista todo lo que se juega en los terrenos cotidianos, en la esfera de los intercambios, en los encuentros mundanos y humanos. En las pequeñas escalas.

Las luchas sociales por la igualdad de las últimas décadas se han encargado de movilizar revoluciones en las esferas públicas, claro. En conquistar derechos, remodelar leyes, avanzar cambios tangibles, reales. En esas búsquedas, y por necesidad histórica, se han intentado resignificar las maneras, culturas y sociales, en las que, adicionalmente, se construyó lo masculino como algo superior y trascendente; versus lo femenino como algo subalterno y secundario. En la medida en que esos remezones se han dado, en la medida en que las conquistas se han normalizado, conforme el mundo ha cambiado, el terreno de los afectos persiste como un lugar donde todavía hay mucho desnivel. Hay tanto en lo íntimo, en lo sentimental, en lo más prosaicamente humano, que requiere de fervor revolucionario también.

La socióloga Eva Illouz escribe: “De hecho, en la esfera amor, los hombres y las mujeres siguen poniendo en acto las divisiones profundas que caracterizan sus respectivas identidades”. ¿Cómo se forjan esas identidades? ¿Qué decidimos que es femenino y masculino en el terreno del afecto? Lo femenino se asocia, por un lado, con el empuje por armonizar, por comulgar, por generar unión, por considerar al otro, por permitirse sentimientos de tonos altos, con la voluntad de amar, con la fluidez, con el cuidado, con la consciencia del sujeto que se tiene del otro lado. Por contraste, aprendizajes corrientes de lo masculino suceden alrededor de la supresión del sentimiento, el silencio, el desprendimiento, la individuación como un acto de autonomía, el cierre de la escucha, la desconsideración, la deslegitimación de aquello que está por fuera de su propio entendimiento.

Estas no son realidades en sí mismas. Son aprendizajes. No son esencias. Tampoco son narrativas totalizantes. No son todos los hombres, no son todas las mujeres. Lo masculino y lo femenino nos habita a todos de muchas maneras. Pero, está lo que aprendemos de manera predominante. ¿Cómo es la educación sentimental de muchas mujeres y de muchos hombres en estas tierras caribeñas y latinoamericanas?

La académica Nadia Celis también ha echado un vistazo a cómo se han construido las nociones del amor y del poder en la obra de nuestro gran patriarca literario, Gabriel García Márquez. Allí, por ejemplo, se puede ver una clasificación de lo femenino que reparte a las mujeres en arquetipos familiares: buenas esposas, bondadosas madres, prostitutas y amantes. Y si bien muchos de los personajes del escritor no son, como explica Celis en su trabajo, mujeres sumisas o complacientes, es en el terreno íntimo, amoroso, doméstico, donde estas mujeres bien pueden activar estrategias emancipadoras, pero donde también son cooptadas de su poder. Con todas las liberaciones femeninas de las últimas décadas, ¿qué asimetrías se sienten, con agudeza, en el terreno de lo íntimo, de lo sentimental, del afecto?

A muchos varones no se les dice desde niños que en su destino está escrito que han de casarse. No se les adoctrina a que el amor romántico contiene la realización de su existencia. Se les enseña, desde pequeños, a ver como grandes otros a las mujeres. A verlas como mujeres y no como seres humanos. Se les enseña a sentir simpatía y solidaridad por otros hombres, sus pares. Se les enseña que son los otros hombres sus amigos “verdaderos”. Se les enseña a tenerse una inmensa confianza. A no dudarse. A evadir el incómodo mundo de los sentimientos. Se les enseña que el mundo está ordenado para sus deseos. Se les enseña que hay un tipo de egoísmo que es sinónimo de ser un individuo libre. Se les enseña a oírse a sí mismos, no a la voz femenina que puede explicarse ante ellos.

A muchas mujeres se les enseña que el amor es la ruta de la trascendencia. Que el casamiento es un destino imperturbable. Un mandato. Se les enseña a comprender su sentido de valor y merecimiento a través de la mirada ajena. Se les enseña a que lo femenino siente, concilia, se entrega. No pretendo señalar que los aprendizajes de una orilla y de la otra son mejores o peores. Lo que busco es invitar a mirar que sí causan un importante desnivel. Y conforme las políticas públicas han avanzado, el mundo íntimo sigue pululado por esa geometría de una lejanía que no permite encuentro. Hay dolor en eso también.

Porque lo cierto es que esto no es teoría únicamente. Todo esto está inscrito en la piel, en la vivencia. Lo hablan las mujeres en los restaurantes, en terapia, en los chats, en las fiestas, en los cafés, con sus madres, con su constelación de amistades. Lo viven quienes han elegido divorciarse, quienes han transferido su vida a otra ciudad y lo han hecho gravitando en torno al hombre con quienes se lanzaron a aquella novedad, del cual se separaron. Lo viven mujeres autónomas, que han buscado vivir en sus propios términos y que, en cierto momento, sienten el apetito de compartirse en un amor compañero. Lo viven las mujeres que crecieron en entornos donde ellas y los hombres recogen los frutos, las consecuencias, de una educación sentimental asimétrica.

Allí está, lo que observo desde hace un tiempo, en lo vivencial, en las voces que circulan en las conversaciones privadas, en las diferentes experiencias que terminan por converger. Por un lado, debido a las liberaciones de las últimas décadas, muchas mujeres que, incómodas, vienen haciéndose preguntas sobre todo lo que puede significar para ellas existir como mujeres en sus contextos. Y allí, a unas leguas, otra orilla, con muchos hombres que persisten en reproducir moldes que contrastan con esas mujeres. Hombres que no se incomodan. Hombres que se creen certeros. Que no revisan sus modos de relacionamiento. Hombres que deslegitiman las emociones del ser humano que tienen frente a ellos porque en esas enseñanzas, hay algo importante sobre la otredad: al otro no se le oye, ni se le considera. ¿Cómo fabricar un terreno intersticial? ¿Cómo abordar este desnivel?

No se puede desconectar lo patriarcal, los aprendizajes de la masculinidad en tanto el conocimiento, la autoridad, el poder, el logro público y la actividad conquistadora de cómo se comporta lo masculino en el mundo de los afectos. Son muchos hombres los que, de manera inconsciente o no, persisten en la expectativa de que las mujeres deben amoldarse a los contornos de sus formas, de sus deseos, de sus maneras. Y lo que eso deja es la herida del desencuentro. La búsqueda de la libertad y la igualdad no es otra cosa que la posibilidad de encontrarnos, humanos y complejos, masculinos y femeninos, hombres y mujeres.

No es una totalidad. No es una realidad abarcadora. Pero sí una que se expresa con recurrencia. Hay pistas en esas repeticiones. Rastros de aquello que necesitamos seguir revisando en estos trechos.

Simone de Beauvoir escribió: “El fin supremo del amor humano, así como el del amor místico, consiste en la identificación con el ser amado”. Pero, ¿qué pasa si ciertos hombres no se identifican con las mujeres? ¿Qué pasa si esa ausencia de identificación está tan enquistada en algunos de ellos, que ni siquiera observan la medida del sesgo, el punto ciego? ¿Cómo es posible el amor, el cariño, la simpatía, la querencia, la amistad, la ternura, sin ese potencial de identificación? Identificarse es mirar al otro de frente, es conceder al otro uno de los regalos más preciados: la posibilidad de la visibilidad y el reconocimiento. Anular al otro es una forma de daño inclemente. Hay muchas formas de anulación. Ojalá fuese posible que más hombres comprendieran que ver esto, revisarlo, considerarlo, sólo traería el gozo del encuentro auténtico, en igualdad, en la belleza de dos soledades en acompañamiento. Ojalá más hombres se incomodaran un poco más, ojalá se animaran a pensar que el amor es un lugar para sus políticas también, para sus convicciones, para lo que predican, para lo que claman defender.

Hay algo profundamente político en la manera en que damos afecto. Digamos que, por político, me refiero también a esa capacidad de la condición humana de encontrarse con el otro. Creo que no es coincidencia que, en el pensamiento decolonial, pensadores como Rolando Vásquez hablen sobre el poder portentosamente político que tiene el acto de escuchar. Entre los códigos de lo femenino está en que se basa también en la receptividad. Escuchar es permitir que el otro sea. Considerar lo que dice es reconocerlo. Eso es compasión. Eso es solidaridad. Eso es libertad. Allí hay revolución. En los afectos. No necesariamente en las grandes prédicas. En tiempos de hervor electoral, ojalá sea posible idear lo revolucionario en la manera en que amamos, vivimos, cómo nos encontramos con los otros, cómo discrepamos, cómo nos vamos, cómo queremos, cómo conversamos, cómo disentimos, cómo nos afectamos. Allí también están la paz, la libertad, el cambio. Allí se fabrica la textura de la transformación también.

@vanessarosales_

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