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Lo político de la voz femenina

Vanessa Rosales A.

15 de agosto de 2021 - 10:00 p. m.

El caso lo plantea la académica británica Mary Beard. Sucede en La odisea de Homero. Durante la ausencia de Ulises, Penélope desciende de sus aposentos y solicita al aedo que canta para los pretendientes que de un giro al tema de sus melodías. Entonces, Telémaco, el joven hijo de Penélope y Ulises, confiado y altivo, le instruye a su madre que mejor se reintegre a los oficios del tejer, y le dice: “El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa”.

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No es un episodio ínfimo. Se trata, como indica Beard, de una escena de silenciamiento ejemplar. Y es justo eso, el potente signo que contiene la acción del hijo, lo que la académica usa para exponer una premisa fundamental. Es la siguiente: que, desde las más remotas muestras literarias de Occidente, en la esfera del discurso público, son silenciadas, anuladas, las voces femeninas.

“Es más”, escribe Beard, “tal y como lo plantea Homero, una parte integrante del desarrollo de un hombre hasta su plenitud consiste en aprender a controlar el discurso público y a silenciar a las hembras de su especie”. Así, en los aprendizajes de ser “varonil” se incluye no sólo el sentirse dueño nato de la palabra misma, sino la necesidad de acallar la voz femenina.

Brincan entonces, ansiosos y molestos, quienes dirán que mucho trecho ha sido recorrido. Y sí. Pero el ejercicio de Beard permite dimensionar un aspecto que requiere salirse del facilismo presentista. Permite vislumbrar el carácter de fondo del andamiaje de poder que hemos vivido durante miles de años. En esas estructuras, codificadas para el poder masculino, hechas para la voz viril, ha sido fundamental, histórico, silenciar a las mujeres que “osan” hablar.

El habla pública, el terreno del discurso, fueron pensados originalmente en clave masculina. Pese a los cambios, las muchas ganancias, las libertades y conquistas, entender esto es lo que permite analizar por qué persisten prejuicios inconscientes, codificaciones obstinadas, fibras estructurales. Verlas nos permite comprender por qué, aún hoy, se percibe la voz femenina en lo público como una presencia intrusiva. Es un tema estructural.

Ser mujer y tener voz puede ser profundamente político. También ser mujer y enunciarse públicamente como una intelectual. Lo es porque, durante siglos, de manera similar, las mujeres fueron marginadas del pensamiento y su ejercicio discursivo. Así, existen capas y formas distintas en las que la voz pública femenina puede albergar una connotación política. La voz no es sólo el ejercicio público, del discurso visible; también es la forma cómo las mujeres interpelan y habitan los mundos privados en los que existen.

Están aquellas mujeres que no tienen voz o que la moldean y modifican porque habitan esferas que las requieren complacientes y medidas, anuladas de uno u otro modo por una figura patriarcal. Es el padre, el esposo, el dinero, la conveniencia de la clase social, los requisitos tácitos que les impelan para pertenecer a una casta definida. Están las que históricamente, socialmente, han encontrado sus voces disminuidas por mecanismos más amplios que ellas y que las constriñen. Están las mujeres que, como la magistrada Stella Conto, fueron silenciadas de manera calculada, sostenida, paulatina, objeto como fue de una violencia simbólica que demuestra que el silenciamiento es una forma de ningunear. Ningunear es desvanecer, desvanecer es extirpar.

De manera literal y también figurativa, la voz femenina puede ser política. El significado del término político fluctúa, gira. Varía según la particularidad contextual. Es común que las mujeres que se enuncian en la esfera pública, las que tienen semejante “osadía”, sean objetos de los castigos que de manera malévola, calculada o inconsciente empuja la misoginia. Se alebresta ante ellas un impulso por “ponerlas en su lugar”, por acallarlas. En ese sentido hay ferocidad política en las que resisten, las que se mantienen en el radar público pese a las violencias que les implica también la misoginia.

Hay paradojas en esto también. Porque ser mujer y tener voz pública no necesariamente implica que se esté hablando por una voz femenina. Por femenina no me refiero sólo a las mujeres o a sujetos femeninos, sino también a fórmulas y causas que repiensen el mundo por fuera del modelo tradicional.

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Es posible que una figura construya durante años una retórica del “humor” apelando al matoneo, la violencia que implican distintas formas de discriminación como el clasismo, y que en su discurso no haya más que la agilidad para reproducir un orden que subsiste sobre dolorosas jerarquías. Es posible que una mujer tenga voz en la esfera pública, en ciertos rangos políticos, y que sus retóricas sean insólitamente idénticas a las del patriarca más curtido. Pasa de manera más predecible entre mujeres que se adhieren a políticas de derechas y perspectivas conservadoras, pero sucede también en los movimientos donde se proclama, supuestamente, más progresismo.

Lo vemos por estos días en quienes desde las izquierdas más visibles vocalizan defensas que insólitamente favorecen a varones que han incurrido en abusos de distintos tipos. Lo vemos en mujeres que desde su atril de conocimiento intelectual parecen haber asumido la forma precisa del patriarca más ejemplar. Lo vemos en las mujeres que parecen creerse extranjeras entre las mujeres mismas, esas que parecen sentirse “una de los muchachos”, que insisten en hacerle juego a la mirada patriarcal de la vida.

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Porque también es posible que una mujer internalice tan ferozmente esa mirada patriarcal que pueda usar la voz pública en aras de reproducir retóricas que alimentan la misoginia más dañina. Nótese que esas mujeres suelen ser aplaudidas por varones de manera efusiva. Nótese que esas mujeres repiten muchas de las argucias que se usan, por ejemplo, para distorsionar el feminismo, para hacerlo ver como algo hiperbólico, antinatural, como una forma descarada de victimismo. Nótese que esas mujeres al proponer, supuestamente, la “complejidad” de las acciones femeninas, lo hacen desde la mirada misógina, no apelando a la multidimensionalidad o la complejidad que habita en lo femenino. Nótese que esas mujeres destrozan los matices, que deshumanizan las experiencias de la violencia sexual. Nótese que en su voz opera un desprecio de fondo hacia todo lo que implica la lucha por la libertad y la igualdad femenina.

Pero están también todas esas que resisten, las que sortean los embates de la misoginia, los esfuerzos de silenciamiento, la fuerza que busca anular. No se retiran, como Penélope, a sus aposentos. Para ellas y por ellas, también, estas líneas. Ser mujer y tener voz así, con el coraje que implica hacerle frente a la adversidad, sigue siendo revolución política. Ningún esfuerzo las fulminará. Nos rodeamos con las voces múltiples que nos permiten seguir.

vanessarosales.a@gmail.com, @vanessarosales_

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