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Un día, séquitos de hombres abarrotados de armas arriban a una ciudad. Su estela, que guarda el sino del desierto y de una lucha extendida, cifra también el pálpito de un mandato represivo. La marca del fundamentalismo. Se han guardado en las montañas. Han librado hazañas bélicas contra gobiernos poderosos. Las pantallas se desbordan con la noticia. Los talibanes han llegado a Kabul para tomar el poder de su país.
Hace más de veinte años se sumaron a una especie de periferia subversiva. Encarnizado y devastador ha sido, por ejemplo, su enfrentamiento con las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Ahora, en un cruce de mecanismos y acontecimientos que merecen ser mirados y explicados críticamente por expertos históricos, las imágenes delatan una convulsionada toma de poder. Y con ella, el desasosiego de lo que traería para las mujeres del país.
Porque existen muchas narrativas sobre el mundo oriental que precisan ser vistas por fuera de los sesgos occidentales, quisiera explicar que me refiero en estas líneas a un aspecto muy específico sobre los sucesos de estos días: lo que implica el régimen talibán para las mujeres y las niñas. No el islam. No la fe musulmana y sus expresiones variopintas. No los múltiples países orientales. No las prácticas, también distintas, de modestia en el vestir. Me refiero lo que ha implicado social y culturalmente el régimen talibán para la existencia femenina.
Con ello, es preciso referirse a algo más. Lo que pueda suceder con las mujeres en Afganistán es un símbolo cruento y doloroso de por qué debe parar el anti-feminismo. Lo que pueda suceder a mujeres y niñas bajo la reglamentación talibán nos toca a todas las personas que creemos en una política de igualdad y libertad. Es un índice de por qué las luchas del movimiento de las mujeres siguen siendo definitivas. Es muestra de por qué los derechos y las posibilidades de la mujer en el mundo que vivimos deben ser un asunto incuestionablemente asociado a la dignidad humana. La defensa por la libertad de las mujeres es una convicción política que no puede someterse a relativismos.
En 2012, un hombre disparó contra la cabeza de una niña. Malala Yousafzai volvía a casa de la escuela cuando un miembro talibán disparó contra su cabeza. Hay algo tremendamente simbólico en la virulencia del gesto y en sobrevivir a él. Una niña es casi asesinada por salirse de un mandato fundamentalista que prohíbe a las mujeres el conocimiento. El disparo contra la cabeza es un signo de la anulación física, pero también del impulso por obstruir, anular, lo que en ella sigue siendo el símbolo más portentoso de su liberación: la mente. En el mundo talibán las mujeres no tienen derecho a autonomía mental. Ni a educarse. A mostrarse. A ser. En ese orden, la misoginia adquiere proporciones tan ariscas que se trata, en últimas, de hacer de la mujer un sujeto inexistente, invisible.
Hace unos días, fue Yousafzai quien escribió en The New York Times sobre la angustia que entraña ver la toma talibán en Afganistán. Las ambivalencias en los pronunciamientos dictan que se permitirá que las mujeres sigan los ritmos de sus vidas dentro de la “ley islámica”. Y, sin embargo, los antecedentes históricos de los talibanes son afines a las escenas en las que, al llegar a Kabul, fueron borradas imágenes de mujeres en la ciudad de todo tipo.
Hay mucho por desglosar aquí. Por un lado, también ha existido una mirada blanca y occidental feminista sobre ciertas expresiones que necesitan mirarse con complejidad y en contexto. El velo, la modestia, la burka y la hijab pueden ser vistas con frecuencia desde un moralismo occidental que concibe que el despliegue del cuerpo es la antítesis de la opresión femenina. El contexto puntual de las mujeres afganas bajo un mandato talibán no puede ser colapsado con las muchas formas que existe de ser mujer, musulmana y asumir la modestia en formas distintas.
En el caso de los talibanes se trata de un fundamentalismo de sórdida radicalidad. Esa insólita anulación de lo que pueden hacer o las mujeres, esa horrorosa represión no es invento del islam en sí. Los prejuicios y las miradas chatas contra expresiones musulmanas querrían verlo así. Como otras grandes religiones, hay vertientes y aristas. La piedra angular de la fe musulmana, el profeta Mahoma, movilizó derechos hacia las mujeres hace siglos. Las escrituras, en realidad, conceden a las mujeres musulmanas múltiples llamados a ser libres. Esa opresión, llena de odio, de miedo visceral hacia la mujer, es invento de los hombres. En el imaginario talibán, adquiere unas proporciones de violencia muy específica.
En días recientes, mientras el temor crecía por lo que vendrá para las mujeres en ese país, personajes de alto cinismo preguntaban, vociferaban en redes, “¿dónde están las feministas?”. Qué curioso es que sean hombres quienes reproduzcan códigos normativos como el talibán y que a quien se cuestione a las feministas. Si se sobrepasa la escasez analítica, se vería de manera casi evidente que ha sido justamente el feminismo el que ha luchado contra realidades como las que afianza la concepción talibán.
Por eso habría que recordarles a los católicos, a los cristianos, occidentales, colombianos, latinos, de repente tan preocupados, tan altivos ante el horror posible en Afganistán, que tendrían que ser cuidadosos con las ínfulas que exhiben ante las opresiones femeninas. No es necesario alcanzar un nivel fundamentalista, extremo o radical para incurrir en misoginia. El odio hacia las mujeres tiene muchos matices.
Es inexpresablemente agotadora la forma en que tantos varones rehúsan oír, considerar sus reacciones viscerales, su incomodidad hacia las mujeres y sus libertades. La forma en que brincan para soportar, como sea, sus aversiones, la insistencia que tienen en silenciar a las mujeres. Sírvanse solamente de los comentarios aquí. Habrá siempre un varón que siente tiene potestad de decidir cómo debe ser escrito esto, qué estética debe tener el lenguaje usado. Esa ansiedad que sienten varones colombianos, latinos, ante mujeres que hablan en público o escriben, lleva el sello de un impulso por oprimir.
Tampoco es consecuente abogar, de repente, con tanto dramatismo por el horror que puede advenir para las mujeres en Afganistán cuando aquí participan ávidos en formas variadas de anti-feminismo, cuando apoyan partidos políticos que son todo menos creyentes en las libertades femeninas. Hay una incongruencia casi cínica en expresar horror por el mandato talibán y aun así tener la osadía de secundar a las derechas y sus conservatismos.
El catolicismo ha odiado a la mujer de muchas formas. Imponerle como modelo único la ficción de una madre virgen es de por sí una forma de virulencia significativa. Las muestras diarias de misoginia en las redes, las fórmulas para tergiversar el feminismo, son todas formas de contribuir a la opresión femenina. La situación en Afganistán es una forma dolorosa de comprender por qué el feminismo, con toda su heterogeneidad, su pluralidad, sus muchas luchas y matices, sigue siendo una fuerza necesaria y viva.
Por favor, señoras y señores, no proclamen horror ante las circunstancias específicas del orden talibán si en sus prácticas cotidianas son partícipes de expresiones de misoginia. Si se oponen a la libertad femenina, si la relativizan. La desnudez, la posibilidad de mostrar el cuerpo, de vestir de cierto modo, comunes en el mundo occidental, no significa que las libertades diluyan del todo las estructuras opresivas. Que, al mirar hacia las mujeres de Afganistán, sus derechos, sus existencias libres, recordemos por qué la libertad y la igualdad femeninas son luchas que no pueden tener medias tintas. Que no sean los prejuicios simplificadores los que rijan el ejercicio analítico. Que tengamos la capacidad de comprender que el feminismo es justamente la política que ha querido diluir para las mujeres una existencia dolorosamente restringida.
