Un paredón colmado de imágenes. El expresidente Santos, brazos extendidos, las palabras paz escritas en negro en las palmas de las manos. El expresidente Álvaro Uribe, sombrero blanco, rostro concentrado, sirviéndose un aguardiente. Sus hijos aparecen a los lados. Arriba, el expresidente Ernesto Samper Pizano, abrazado a la mujer conocida como “la monita retrechera”. Más presidentes, entre ellos el actual, abrazado al Ñeñe Hernández, conocido narcotraficante, esposo de una exreina de belleza. Delfines, herederas y recipientes de apellidos encumbrados: Santos, Botero, Char, Pastrana. Son muchos los rostros y las figuras que aparecen en este bricolaje o collage que saluda al acudiente en la exhibición llamada Narcolombia, inaugurada los primeros días de noviembre en la Universidad de los Andes.
La curaduría materializa el trabajo que desde hace unos años emprendieron los académicos Omar Rincón, Lucas Ospina y Xavier Andrade. En su oficio se cruzan los medios, la cultura, la antropología, el arte. Desde ese híbrido se construye la exposición, donde se exploran los lazos entre un país y las acepciones diversas de lo narco.
¿Qué son para un país las imágenes? Nociones de poder. Aspiraciones. Ideales. Faros. La realidad visual que nos resulta familiar se compone justamente de la amalgama de imágenes que se convierten en paisaje conocido. Las imágenes nos educan. Somos seres visuales. Somos seres vestidos. En las estéticas se cifran códigos de los ángulos más distintos sobre la experiencia humana. Y aquí, en esta mirada, lo narco asume forma también de lo que nos revela nuestra cultura visual y política.
Algunas personas infieren, con velocidad, que se trata de una exaltación. Pero, contrario a un ejercicio de glamorización desbordante -teniendo en cuenta las múltiples telenovelas e iconografías que reinciden alrededor del tema del narcotráfico-, Narcolombia es una mirada astuta, pincelada de humor, alegremente mordaz pero que aborda el tema con lúcido y punzante sentido crítico.
En esta curaduría las imágenes incluyen personajes emblemáticos en las prácticas del narcotráfico. El hiriente asesinato, en 1986, del periodista Guillermo Cano, quien tuvo el coraje para denunciar a capos y nunca arrodillarse a sus intimidaciones. También las proclamas de un Carlos Lehder, para quien el oficio implicaba ínfulas de lucha antiimperial y sentimientos antiyanquis. Hay reflexiones de Antonio Caballero. Sobresale también un pequeño cubículo que reúne la colección de ropas y zapatos de Elizabeth Montoya, conocida como “la monita retrechera”, quien fuese el puente conocido entre el Partido Liberal y ciertos financiamientos sombríos, aquella transacción recordada como el Proceso 8.000. Hay postales que dan cuenta que los vestigios que dejó la ebullición narcotraficante en la arquitectura, en la geografía de ciertos barrios, en las formas de mostrar el dinero que se hacía.
Porque la exhibición apela, justamente, a comprender que lo narco rebasa los contornos de una actividad ilícita, de comercio y de tráfico, y que se trata de una categoría estética. Y esa categoría nos lleva a mirar aspectos diversos de una posible colombianidad, el marco de nuestras identidades posibles. Lo narco ha sido fuente de vergüenza, de estereotipos chatos, de idealizaciones espinosas. Pero, sin duda, una línea, una estela que nos marca. Lo renegamos y lo observamos con cierto encanto. Nos contraría. Somos, sin duda, un país de heridas y contrariedades.
Como categoría estética, lo narco nos habla sobre las ansiedades que generan en Colombia la movilidad y el ascenso social. Pocas cosas incomodan tanto en Colombia como el prospecto de que se trastoque el orden social heredado y establecido. Se recibe con gran escozor al nuevo rico. Y no necesariamente porque éste se afiance con plata mal habida, sino por las raíces enquistadas de nuestros clasismos.
En el cine estadounidense, existe por ejemplo la figura del mafioso italoamericano. Su relato es similar al del narcotraficante colombiano. En su caso, sin embargo, muchos son inmigrantes en suelos americanos, mientras que en Colombia muchas veces podían ser sujetos salidos del campo o el terreno “provinciano”. Con regularidad, ese mafioso italiano, al hacer dinero, siente el vigor de su nuevo poder. Y lo despliega. Es menester mostrarlo. Son muchas las escenas de ese capo saboreando sus ganancias mandándose a hacer trajes con textiles suculentos, a la medida, con toques estrafalarios (Al Capone era conocido por gustos y prácticas semejantes). El vestir es central en la teatralidad de ese gánster.
Si comparamos, muchas veces ese sujeto italoamericano está inscrito en un momento histórico donde la elegancia masculina encontraba su forma ideal en el traje. Con los narcos colombianos, la dinámica de mostrarse es igual, pero el marco temporal cambia. Y el contexto, claro. Era Colombia. Eran los 80. El mundo empezaba a afectarse por las consecuencias estéticas y tecnológicas de la posmodernidad. Los derroches monetarios eran comunes. El brillo, el derroche y la opulencia eran sello.
Con todo lo que implica reconocerlo, los narcos fueron redentores sociales. Personificaron la movilidad social en un país infame donde los apellidos sellan destinos y rígidas posibilidades. En ellos se tejen narrativas complejas, algunas de las cuales la exhibición consigue articular. De cierta manera, “abrieron” un país que permanecía entonces comercialmente insular. Fueron hacedores de gusto. Les apostaron a fórmulas estéticas diferentes, como muestra el interesante caso del arquitecto Simón Vélez: sin el apetito hacia la novedad de algunos de ellos, la experimentación con ciertos materiales no habría sido posible.
Se aventuraron a crear, en sus propios términos, lo que tenían clubes sociales donde no eran aceptados. Fueron evangelizadores. Sus iconografías dan cuenta, además, de las peculiares amalgamas y complejas relaciones de Colombia con su fervor católico. En ellos se encontraba la concupiscencia y la piedad simultánea, por ejemplo. Ostentaban el dinero acumulado, pero beneficiaban a los pobres. A veces, como sucedió en Cali, incluso suplieron las falencias materiales que dejaba un Estado desdeñoso, haciendo acueductos y forjando infraestructuras ciudadanas. Enrostraban los imaginarios urbanos y rurales. Por eso, también en ellos se mixturaron de una manera tan peculiar imaginarios campesinos, idealizaciones mexicanas, ansias de capitalismo norteamericano, la ensoñación de un tipo de mujer particular (en las teorías de moda más tempranas, se plantea que el despliegue material del dinero y el estatus social encuentra lugar también en las mujeres, que pueden convertirse en objetos especulares para la muestra de ese capital). Todo ello, además, sellado por la sangre. Matones. Asesinos sin culpa. Creadores de violencias sin nombre. La nuestra es una historia de violencias tan asimiladas que la muerte, con frecuencia, no asombra ni genera cimbronazos.
Omar Rincón, por ejemplo, escribe:
“Esta cultura gusta en cuanto nos cuenta cómo somos: sociedades de sobrevivencia, sociedades de la exclusión donde sólo se puede avistar el sueño de la modernidad vía lo paralegal (ya que no es ilegal, es el otro sistema de ascenso social): el narco permite pequeñas felicidades capitalistas; imagina progreso, libertad, igualdad, promete el confort del tiempo libre, las mujeres, el entretenimiento y la figuración social. Por eso es que afirmo que ‘todos llevamos un narco adentro’, lo cual no significa que seamos narco: ni comercializamos, ni consumimos, sólo habitamos en culturas en las que los modos de pensar, actuar, soñar, significar y comunicar adoptan la forma narco: toda ley se puede comprar, todo es válido para ascender socialmente, la felicidad es ahora, el éxito hay que mostrarlo vía el consumo, la ley es buena si me sirve, el consumo es el motivador del poder, la religión es buena en cuanto protege, la moral es justificadora porque no tenemos opción para estar en este mundo”.
Además de las interesantes amalgamas estéticas que habilita, lo narco se instala como una presencia que no sólo refleja complicados relatos de movilidad social donde mirarnos. Nuestras nobles burguesías, las más encumbradas oligarquías, han sido, indudablemente, reproductoras de dinámicas igualmente narco. Y eso va desde las afiliaciones sombrías de la institucionalidad con el narcotráfico, hasta las muestras estéticas de las derechas o los segmentos sociales que exhiben una abierta y franca mentalidad paramilitar. Y están las guerrillas narcotraficantes. Las élites cocainómanas. La aceptación alarmante de tener gobernantes imbricados con mafias. Y están otros vestigios. Más sutiles, más culturales. En Colombia, los mecanismos de “rosca” operan, tal vez, con mentalidades que sólo pueden percibirse como pequeñas mafias.
Lo narco, no ya solamente como un fenómeno criminal sino como categoría estética, como código cultural, como característica que nos atraviesa y nos habita, nos permite mirarnos con la franqueza crítica que busca la exhibición. Vale la pena ir a verla, vale la pena seguir escarbando en las contrariedades que nos caracterizan. Vale la pena seguir excavando en nuestras narrativas de clase, nuestras modernidades irresueltas, nuestros aparatos de ascenso social, vale la pena seguir haciéndonos preguntas incómodas sobre lo que somos y hemos sido. Y allí la estética y la clase social son vectores en los que necesitamos mirarnos de manera insistente.