Voy a ponerme en una suerte de centro resbaladizo con esto que escribo. Escribir es un intento por capturar y también, casi siempre, de modo inevitable, un sitio donde ver cómo se diluye lo que se intenta apresar. Tal vez lo es más aún si se trata de verbalizar los resortes entre lo propio y lo que está más allá de sí.
Llevo varios años estudiando los significados diversos y posibles de aquello que puede ser considerado feminista. Lo he hecho, lo hago, desde un lugar muy específico. Imbuida, como toda mente que insiste en un asunto y sus bifurcaciones, en una experiencia precisa. Por eso mismo, lo hago con la reverencia que implica saberse situada; mirando a las antecesoras que hicieron incluso este instante posible –este cuerpo mío, en una habitación, ahora en el Caribe, escribiendo a solas las palabras que se dibujan aquí–.
Lo hago con la consciencia de ser limitada, pequeña, finita. Lo hago con una subjetividad que se reconoce de manera constante como aprendiz. Lo hago desde una suerte de tensión o contrariedad; una que sabe que este lugar, tan puntual, existe porque está rodeado por otros lugares, donde hay puntos de convergencia y distancias significativas. Lo hago con la humildad que me despiertan las “titanas” que han forjado las rutas para las que aquí estamos, buscando vivir la vida en términos más propios, libres, mirando las estructuras, no sabiendo exactamente qué modelos nos lo permiten.
Es importante aclarar de manera constante que mi estudio ha sido desde la mirada histórica. Que he buscado comprender también qué significa todo aquello codificado o comprendido social y culturalmente como femenino. Que he procurado estudiar la imagen, lo visual, la estética, bajo la luz de las teorías feministas. Que me interesa la historia de las mujeres en muchas de sus dimensiones posibles.
En esa búsqueda, he comprendido varias cosas. De hecho, la comprensión y los fogonazos siempre están andando. Estudiar lo feminista es una incomodidad que no pausa, es mirarlo todo de nuevo, renovar el asombro, verificar si lo que se creyó sigue siendo así. Pero lo siguiente es lo que añoro enfocar aquí. He comprendido que el feminismo es un campo vasto, heterogéneo, nunca monolítico, nunca estático, nunca inmóvil. Que también por eso incomoda. Porque se escapa, se escurre de las ilusiones patriarcales de la certeza, de la categoría que cree que sujeta y atrapa. Porque elude aquel efecto de cuando las ideas aplanan y achatan con su efecto homogeneizador. Por supuesto que también lo feminista es incómodo porque siglos de misoginia – (aversión a las mujeres o a lo femenino, consciente o no)- siguen causando que la libertad de las mujeres genere muchísimas ansiedades.
Pero lo que quiero decir es que, entre sus posibilidades, si bien el feminismo es militancia política, una lucha de base, una potencia revolucionaria, una agenda que también atraviesa todos los vectores de lo político, lo que he comprendido, lo que guardo en el pecho por estos días, es que el feminismo también es nombrar las cosas. El feminismo es el poder de la palabra. Las mujeres, los seres femeninos, seguimos nombrando el mundo. Seguimos encontrando las formas de evocar, de verbalizar, también en términos más propios, qué es existir y vivir.
Por eso, en mi caso individual, sí creo en la mirada “femenina”. En the female gaze. Creo que la seguimos creando. Creo que eso vale para los más diversos cánones del pensamiento y el arte. En esos campos donde, históricamente, las mujeres no pudieron crear por las circunstancias que las sobrepasaban, como la literatura, la pintura, la música, la filosofía (y tantos más), creo que sí, que sí es importante hablar de una mirada “femenina”. Porque hacerlo permite entender que el término es una construcción, que no se puede dar por sentado lo que eso significa, y al mismo tiempo, logra convertirse en un lugar donde reclamar lo femenino por fuera de la misoginia patriarcal.
Tal vez por eso también, este año, mi mirada, con su curiosidad crítica, se volcó más a enseñar la literatura escrita por mujeres o sujetos femeninos. En su novela, En diciembre llegaban las brisas, Marvel Moreno conjura cómo lo patriarcal también es el acaparamiento de la palabra. La palabra forja y forma el mundo. Me interesa esa literatura porque convoca la idea de que en la palabra también se hace una mirada “femenina”. Escribir es resistir. Es crear nuevos paradigmas. Es asumir la voz, la narrativa, largamente acaparada por lo construido como masculino.
A Simone de Beauvoir se le adjudica haber dicho que “el feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”. En esa frase, dicha en una coyuntura histórica distinta, se contiene algo de la contrariedad que evoco al inicio. Desde mi lugar, específico, explícito, donde he gozado de bondades azarosas, como el tono de la piel, la posibilidad incluso de pensar como modo de vivir, de educarme, de atravesar una biografía de muchas maneras libres, no hay nunca intenciones abarcadoras. Permanece ese saberme específica. Situada de manera peculiar. Pero, al tiempo, contenida por otras, hecha posible por las que vinieron antes de mí, alentada por muchos otros sujetos que en la lucha y la creencia de rebelarse contra muchas formas de opresión permanecemos, en la heterogeneidad, en la tensión de lo distinto, también unidos. Mi experiencia es específica, pero solidariza con múltiples formas de opresión a las que no alcanzo, que no vivo.
Por eso quiero evocar el portentoso y vigoroso lema de la gran Francia Márquez aquí: “Soy porque somos”. No deseo conjurarlo únicamente en su sentido electoralmente político – aunque reitero que, en ella, en su movimiento, en su visión, reside la esperanza política de este país. Quisiera hacerle honra. Desbordarlo del contorno. Evocarlo como un pequeño compendio de palabras que dan forma a tantas cosas que seguimos nombrando. El lema de Márquez es, de hecho, una de las formas para evocar tanto de lo que nos llama ahora en la experiencia política; reconocer que lo que somos es posible por tantos otros.
La literatura escrita por mujeres me ha enseñado que escribo, que puedo hacerlo, que me depara toda una vida haciéndolo, porque otras han escrito. Se atrevieron a escribir cuando era adverso e incluso prohibido. Vengo de sus palabras para ir hacia las mías. Soy porque ellas son, porque ellas han sido. En algunos casos, hay voces que se han separado del término feminista para imaginar encuentros comunitarios, para comprender que es aquello, la vinculación, la conexión, el acogimiento del otro lo que en realidad avanza una posibilidad política que piense en la vida, en lo que ha sido justamente categorizado como “femenino”, que piensa en el poder y el conocimiento por fuera de la jerarquía. Para muchas personas, sé, el futuro es comunitario, no necesariamente “feminista”. A veces, sin embargo, lo que sucede es que los fondos se mimetizan en formas o palabras distintas.
Hace poco, alguien que atravesó con su fulgor mi vida me invitó a complicar el término comunidad. Me hizo pensar en sus geometrías. Tal vez es arbitraria o imaginativa mi interpretación. Pero lo que comprendí es que lo que compone a esa categoría – comunidad - son realmente los lazos, los vínculos. Esos vínculos suceden en un terreno siempre irrepetible. Siri Hustvedt, por ejemplo, escribe sobre “el tercer campo” que se forma entre dos personas que se encuentran y se afectan entre sí; el mismo que se forma entre un espectador o espectadora y una obra de arte, entre un texto y una mirada lectora.
Al pensar en el feminismo también como una forma de nombrar el mundo, de nombrar las cosas, cobra sentido la manera en que Francia Márquez concibe lo político. Estoy aquí, nombrando el mundo, desde una mirada posiblemente “femenina”, porque otras lo nombran conmigo. Antes, ahora, después de mí. Ese campo es el que me mantiene en la tensión de saberme singular y saberme parte de algo más grande que mí. Eso también es político. Ser porque somos tantas nombrando el mundo en términos más propios, que describan lo que antes no se decía. La geometría de ese vínculo.