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14 Feb 2022 - 5:00 a. m.

Un hombre con miedo

Un hombre con miedo

Sobre un escenario conversan personas que escriben libros. Al final, cuando se le concede la palabra a la audiencia, una voz femenina esboza una pregunta relacionada a lo patriarcal en el ejercicio de escribir y caracterizar, en lo ficticio. La pregunta va, sobre todo, dirigida a la escritora en la tarima. De pronto, -indica la mujer que ha planteado la cuestión-, el escritor puede responderla también. Y lo hace. De inmediato. “Bueno, yo soy tierno”, se apresura en decir, “soy sensible, tengo miedo, estoy solo, soy poeta y soy hombre. ¿Si me explico lo que quiero decir? Yo también tengo miedo. Y soy hombre”. Ríe.

La escritora, entonces, inicia su respuesta. Empieza a tejer un razonamiento sobre las formas en que lo patriarcal limita ciertas expresiones y, en pleno arranque, en pleno inicio, el varón le pisa la frase, la corta, e insiste, “sí, pero yo soy hombre, yo soy hombre, y tengo miedo”. La escritora intenta retomar el cauce, y una vez más, irrumpe él: “no es el patriarcado”, dice, confiado, “es el capitalismo”. Incómoda ante las interrupciones continuas, la escritora le indica que le está pisando las palabras, “precisamente el patriarcado se manifiesta en este momento, en cómo hablas encima de mí”.

El escenario para esto fue el Hay Festival, sostenido una vez más en Cartagena de Indias los últimos días de enero de este año. Interactuaban en ese diálogo Vanessa Londoño y Manuel Vilas. Cuando la autora compartió el video de las escenas anteriores en redes, añadió: “Al final de la charla se me acerca, no para disculparse, sino para llamarme “delirante” y para rematar diciendo que todo ha sido una falta de respeto, no conmigo, sino con él”.

Es como mínimo curioso que una pregunta por lo patriarcal se haya convertido, con esa viñeta, en una demostración tan ilustrativa. El escritor Manuel Vilas tiene miedo, efectivamente. Y ese miedo puede ser ansiedad viril reconocida o la expresión inconsciente de un prejuicio. En uno de sus ensayos, llamado “No son competencia” la escritora estadounidense Siri Hustvedt se pregunta sobre estos prejuicios; por qué existen y cómo funcionan en todas las personas. Se trata, explica citando a la psicóloga Virginia Valian, de “esquemas de género implícitos”, de “ideas inconscientes sobre la masculinidad y la feminidad que contaminan nuestras percepciones y tienden a sobrevalorar los logros de los hombres e infravalorar los de las mujeres”.

Ese desprecio por lo que es considerado abrumadoramente femenino no surge únicamente, explica, en los varones. Hay mujeres que, debido a los campos en los que se encuentran, también se masculinizan. Lo que desglosa en esas páginas, busca responder a cómo un escritor como Karl Ove Knausgård quien, además, escribe desde cierta subjetividad femenina, sea presto en responderle que, en la literatura, las mujeres no le resultan contendoras o pares competitivos.

Hustvedt también evoca una escena similar a la que abre estas líneas. Describe cómo, en un evento académico al que asiste, cuatro hombres terminan por cortar, con insistencia, las palabras de la única mujer que figuraba. “Lo que me fascinó de este incidente”, escribe, “fue que los hombres que interrumpieron a la mujer parecieron no darse cuenta de estar comportándose mal. Era como si ella fuera una persona invisible con una voz inaudible, un fantasma en la sala”. Al acumular la frustración de no poder hablar, la mujer descrita termina expresándose en un tono fuerte y contundente que le valió la valoración de “perversa”. Hustvedt señala lo terrible que es intentar hablar y ser silenciado e interrumpido. Es una aniquilación simbólica al individuo. Y si se repite, deja estragos hechos heridas. ¿Por qué permanecen sordos los hombres de esta manera? – pregunta. “Una vez dominado, el aprendizaje de toda índole se vuelve consciente y automático”, prosigue.

Este aprendizaje tiene mucho que ver con las formas en que se construye el sentido de “hombría”. Citando al sociólogo Michael Kimmel, la escritora discierne también que justamente las demostraciones de la virilidad suelen estar dirigidas a otros hombres. “La dignidad, el orgullo, y la posición masculina están sujetos a lo que piensan los demás hombres. Las mujeres no cuentan”. Eso explica que, en escenarios de competitividad intelectual, muchos hombres no logren ver a las mujeres como rivales en términos de logros. “Verse frente a frente con una mujer, cualquier mujer, es necesariamente castrante”. Más adelante, describiendo otra anécdota similar en la que una neurocientífica joven, brillante, atractiva, es humillada en un intercambio público por un colega mayor, Hustvedt escribe: “Sospecho que ese hombre no pudo soportar la idea de que una formidable amenaza hiciera su aparición en forma de mujer atractiva”.

Las reacciones de Vilas bien pueden tratarse de estas conductas, motivadas por prejuicios inconscientes - o no - hacia lo femenino. Códigos perceptivos tan arraigados, tan “normalizados” que el impulso automático es el de tomar él la voz. De creer que es justamente su voz la que debe primar y que la escritora junto a él debe oír. En esa codificación, enquistada y ubicua, los varones hablan y las mujeres deben callar, receptivas y pasivas. Ese impulso, tan mecánico, es el mismo que no le permite a Vilas advertir la ironía que hay entre su comportamiento y la pregunta que se ha dirigido sobre todo para la escritora con quien comparte tarima. Y está la otra ironía. La de posicionarse él como víctima.

Porque hay algo de lo patriarcal que se repite y que se percibe aquí: acusa o proyecta mucho de lo que reproduce. La rabia póstuma, el reclamo que el escritor hace a Londoño, reflejan el sesgo de manera explícita. Según él, por señalarle el destello patriarcal en su actitud, Londoño “delira”. Según él, ha sido ella quién ha faltado en ofrendar respeto en la situación. Es un tanto insólita lo nítida que es la proyección aquí. El sujeto reclama de la mujer lo que él materializa. Parece una refracción. Un símbolo. La situación parece reflejar un patrón arraigado: la reactividad arisca que suscita la “osadía” que tienen las mujeres que se “atreven” a hacerse oír.

La filósofa y teórica Hélène Cixous escribía algo sobre lo patriarcal que me resulta profundamente revelador. Hablaba sobre cómo esta concepción del mundo se basa también en un “banco de carencias”. Lo patriarcal se caracteriza, entre otras cosas, por crear otros. Por establecer otredades. Ese otro no suele ser, en el aprendizaje patriarcal, ni el viril, ni una posibilidad, una invitación, sino una amenaza. Históricamente, el mayor punto oposicional del hombre, de lo masculino, ha sido la mujer, lo femenino. En eso consiste también, por supuesto, en ciertos grados, la misoginia. No sólo en construir lo femenino como un extraño y un repulsivo otro, sino – y como escribe también Hustvedt, pero en su último libro – en crear jerarquías entre lo que significa lo masculino y lo femenino. Lo patriarcal es también un largo mecanismo de ansiedades, de temores. El impulso de colonizar, avasallar, silenciar, ningunear, todo aquello que le sea ajeno, otro, distinto. Lo patriarcal sucede también así, como un prejuicio mecánico, que brinca a la vista del mundo, como en el caso reciente de Vilas.

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Por otro lado, creo que sí, que, a los niños, a los varones en estados de crianza, se les roba pronto y rápido, la posibilidad de sentir miedo. De sentirse inciertos. Incluso de ceder a la hondura de una emoción. Una de las enseñanzas más ariscas de lo “masculino” reside en exhibir una especie de confianza sin titubeos, de poseer siempre las respuestas, de no concebir la fisura de la hesitación o del temor. También se les despoja a los varones la posibilidad de la ternura, sí. Incluso, en esos mismos estados de crianza es que se incuba en muchos niños la enseñanza que les acompañará de por vida: que las chicas, las niñas que les rodean, son seres ajenos, grandes otros, no pares, ni cómplices, ni seres que pueden igualarlos o enseñarles en términos competitivos. Esto, me parece, es urgente que se siga pensando, que se haga de manera distinta.

Pero el miedo de Vilas es otro. Unos días después del incidente y de que se hiciera visible, el escritor consignó en su Twitter: “Una cosa es la justicia, y otra el victimismo permanente que no quiere justicia sino privilegios inconfesables”. Deduzco que el escritor aludía, desde su indignación, a lo sucedido con la escritora en Cartagena de Indias. Las palabras, como las que le dedicó a Londoño después de la intervención, reflejan otra experticia de las actitudes patriarcales: la arrogancia de la negación. La reticencia a mirarse, de manera humilde, de asumir la propia acción, de salirse de sí y oír otra voz. Por eso el miedo de Vilas es un portentoso símbolo. Nos habla sobre lo urgente que sigue siendo que lo patriarcal ceda en su capacidad para escuchar. Para comprender que su voz ya no es la única que nombra el mundo, que no es suya solamente la narrativa. Porque la poesía – que el escritor proclamaba en su intervención – está en lograr ver, en lo otro, en lo que asusta, no una amenaza sino una invitación a lo posible. En este caso, también la ternura como revolución, la posibilidad de ese poderoso acto de solidaridad que dejar llegar lo otro. Lo patriarcal necesita recordarse que hay poesía y ternura en simplemente acallarse un poco, en oír.

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