Es una escena de ficción, en una de las novelas de Siri Husvedt. Una joven se acalora ante un profesor de filosofía, en una cena, al norte de la isla que es Manhattan. Desarma su argumento, le demuestra insólita paridad con su capacidad para desglosar lo que ha afirmado él con esa confianza varonil que le concede su posición académica y el clima de los tiempos. Es el final de los setenta. La mujer joven sufre una suerte de descompensación. Tres mujeres de edad avanzada con las que ha tranzado una extraña vinculación la asisten y una de ellas le dice: “el mundo ama a los hombres poderosos y odia a las mujeres poderosas”.
¿Cómo se ve una mujer poderosa exactamente? ¿Cómo luce? No lo sabemos con precisión. ¿Quiénes cobran forma en nuestra imaginación cuando evocamos figuras de poder? El estereotipo cultural, bien arraigado, apunta generalmente hacia un varón. Nuestra percepción sobre las mujeres y el poder está atravesada usualmente por un sustrato cultural que, como plantea la académica Mary Beard, nos pide vigilar una interrogante más estructural: “¿cómo hemos aprendido a mirar a las mujeres que ejercen el poder o que tratan de ejercerlo?”. Poder, que se asocia también a conocimiento, pericia, autoridad.
No se alebresten quienes padecen de ansiedades inmediatas cuando se discuten temas sobre las libertades de las mujeres. Evidentemente, el nuestro es un mundo que ha ido cerrando brechas. Se han ampliado múltiples derechos que fueron largamente vedados. El nuestro es el paisaje en la historia de la humanidad que supone más que nunca posibilidades y presencias para las mujeres en puestos “de poder”. Pero las miradas estructurales permiten entender modelos perceptivos soterrados.
“Sin embargo”, escribe Beard, “mi premisa fundamental es que nuestro modelo cultural de persona poderosa sigue siendo irrevocablemente masculino”. Los modelos culturales interiorizados corresponden a todas las personas por igual. “Digámoslo al revés:”, sigue Beard, “no tenemos ningún modelo del aspecto que ofrece una mujer poderosa, salvo que se parece más bien a un hombre”.
En la historia de las mujeres, en momentos donde éstas podían estar por primera vez ocupando lugares en campos inéditos, la “masculinización” no ha sido infrecuente. Es decir, asumir formas y expresiones consideradas masculinas que permitan a esa presencia femenina, distintiva, habitar un sitio que se hizo históricamente sin ella. El traje pantalón es una encarnación estética de eso. Vemos este tipo de vestir con frecuencia en mujeres que ejercen roles poderosos, en el radar público. Distanciar fórmulas de la apariencia que sean percibidas como femeninas hace parte de esa noción – que para existir en ese mundo es preciso copiar expresiones asociadas a lo masculino. Y esto también se puede ver en términos de ideología cuando son mujeres en el poder que sincronizan con conservatismos que poco se interesan en las libertades femeninas o en la pluralidad progresista. El subtexto allí es que para que una mujer pueda encajar en un papel de poder, debe necesariamente asumir formas viriles – en el tono de la voz, en la vestimenta, en las fórmulas, a veces en lo que defiende.
Las estructuras mismas del poder se codificaron masculinas desde el mundo antiguo. Beard atina cuando afirma que no es fácil encajar a las mujeres en una estructura codificada para lo masculino y para excluirlas calculadamente. Y también cuando dice: “si no percibimos que las mujeres están totalmente dentro de las estructuras de poder, entonces lo que tenemos que redefinir es el poder, no a las mujeres”. El poder está asociado al habla pública también.
El mundo se incomoda tremendamente con la voz femenina. Parece sacudirse en malestar ante ella. Parece sentirla todavía como la intrusión que estaba calculada a ser. La codificación estructural sirve para comprender por qué. Para señalar lo incrustada y longeva que es ese tipo de estructura, Beard se remonta al mundo antiguo y traza, en La Odisea un ejemplo nítido donde un hombre silencia a una mujer cuando le instruye que el gobierno de la casa y el relato corresponden sólo a él. La escena es entre madre e hijo, Penelópe y Telémaco. “Una parte integrante del desarrollo de un hombre hasta su plenitud consiste en aprender a controlar el discurso público y a silenciar a las hembras de su especie”.
Silenciar a las mujeres se convierte allí, estructuralmente, en otra forma de ser varón. Así, la voz femenina se codifica como una intromisión. Mientras que las prácticas de la oratoria y el habla pública se creaban como atributos de lo masculino. La separación radical entre mujeres y poder que hemos heredado en los prejuicios perceptivos más inconscientes permitiría leer por qué hoy, en nuestro mundo hipermoderno, la voz femenina sea recibida frecuentemente con violencia.
En 2012, un séquito de talibanes disparó contra la pequeña Malala Youzafsai de catorce años. La bala perforó su cabeza justo antes de abordar el bus a la escuela donde asistía, subversivamente, en Pakistán. Le dispararon por defender públicamente que las niñas y las mujeres pudiesen también educarse y estudiar. El fundamentalismo islámico se propuso silenciarla eliminando su misma existencia. De manera reciente, la representante al gobierno estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez se pronunció públicamente en una audiencia sobre las violencias que le había dirigido verbalmente otro representante, llamándola “loca”, “asquerosa”, “peligrosa”. El episodio, explicó sosegadamente, refleja también un patrón cultural y señala que al tratarla de esa manera el representante Ted Yoho da a los varones un modelo, un ejemplo según el cual tratar a las mujeres. Cada vez que un varón violenta a una mujer está desplegando un ejemplo.
Las ideas radicales de Ocasio amenazan el establecimiento. ¿Qué puede ser más inquietante para ello que una mujer joven, morena, de clase trabajadora y sangre latina, con ideas de equidad radical y verdades que ventila con coraje? Existen muchas formas de silenciamiento. El aprendizaje estructural de lo varonil implica ver en la voz femenina una presencia que debe ser anulada. Pero la misoginia interiorizada no coagula en los varones únicamente. También las mujeres pueden sentir escozor ante la voz femenina que es certera. A esa voz, por percibirse de fondo como una intrusión, se le percibe entonces como osada, arrogante, - el atrevimiento de que una mujer hable con certeza. Con el poder del conocimiento, por ejemplo. Con ideas que presentan preguntas inquietantes para el orden que nos envuelve.
Hablar libremente es un vector fundamental de la agencia, de la democracia, en la posibilidad de ser. En las redes, la misoginia – la aversión y a veces el odio - que despierta la voz femenina se enloda, se exacerba con la visceralidad reactiva y belicosa que vehiculan el acceso, el anonimato y la inmediatez. Violentar es deshumanizar primordialmente. La abstracción de la pantalla hincha los venenos que pueden generar las mujeres que hablan públicamente. Si bien Internet se ha presentado incluyente, un mecanismo para el activismo político por ejemplo, como un espacio desde donde alzar voces que han permanecido marginadas, de la misma manera puede ser un lugar arisco y hostil hacia las mujeres que ejercen una voz. Estudios académicos de personas como Ruth Lewis, Michael Rowe, Clare Wiper, Kim Barker, Olga Jurasz profundizan con estadísticas y análisis teórico modos distintos de misoginia digital. La academia ha establecido que es un patrón del fenómeno virtual.
Existen gamas en ese silenciamiento. Cuando una mujer ejerce la voz, cuando inquieta, cuando interroga los aspectos más turbios del establecimiento, cuando incomoda a la virilidad blanca, tan habituada al dominio del poder, cuando una mujer habla sobre libertad e igualdad públicamente, cuando usa su voz, desde el conocimiento certero – qué sucede. Con frecuencia las violencias se fraguan en torbellinos, amenazas de muerte, comentarios lacerantes e incisivos sobre la apariencia, acusaciones moralistas de sexualidad, puta, zorra, asquerosa, peligrosa, loca. Con frecuencia también si las mujeres se enuncian desde el conocimiento cultivado, son arañadas con acusaciones de pomposidad y atrevimiento. Cuando la misoginia es interiorizada por las mismas mujeres, éstas pueden incurrir también, inconscientemente, en ese afán de silenciamiento. Todo porque, de manera estructural, la voz femenina sigue siendo percibida de cierta manera.
Entonces pienso en las niñas. ¿Estamos fabricando un mundo para que estén reducidas al silencio o uno que les permita la integridad de hablar libremente? Cada vez que esa inquietud, esa incomodidad que puede avivar la voz femenina usada públicamente brote, en alguien, en usted, tendríamos que preguntarnos qué pueden tramitar las niñas ante las reacciones que eso genera. Y también nos obliga a preguntarnos qué aprenden los niños sobre la voz de sus pequeñas compañeras. Qué tipos de hombres serán ante la voz femenina que pueda enunciarse en lo público, en el poder o simplemente en Internet. Que también sea para las niñas que están mirando, creciendo, absorbiendo este mundo, que la voz femenina pueda hablar, sin recibir violencia, libremente.