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No hay un inicio concreto. Es el revoltijo de la memoria. Estampas. Escenas. En una, existo hace unos cuatro años y mi padre, delgado y musculoso, baila y canta para mí Del puente para allá, de Grupo Niche. Si la oigo, estalla en mi cavidad interior el lazo macizo con el varón que me dio vida, y me evoco siendo pequeña, cuando no tenía aún los códigos del mundo y quería parecerme a él, a su figura libre. Los ojos se me empañan y no obstante, mis hombros se mecen, quiero bailar. Es un retazo de algo que me rebasa, una fibra de lo que soy también, Colombia en los años ochenta.
Tengo catorce años y las líricas de Rubén Blades detonan la cristalización de lo que entonces concibo es la epifanía de una consciencia específica, lo que Vivian Gornick llama, “la alegría de la política revolucionaria”. Recurro con insistencia a Plástico, Siembra. “Usa la consciencia latino, no la dejes que se te duerma, no la dejes que muera”.
Tengo diecisiete años y nada me salva sino Héctor Lavoe. Juana Peña retumba en mis oídos en un discman, Bogotá me lastima el pecho y las retinas con su envoltura gris. En mi primera habitación universitaria Héctor me mira, sonríe, su nombre se lee en el anillo dorado que lleva en el dedo meñique. En las aulas de clase de filosofía, quiero saber quién soy, y esa voz nasal y ágil en la más sabrosa improvisación me alecciona que la melancolía puede sonar así, con esos dejos de alegría, con esa forma de doler que no renuncia al regocijo del vivir. Esa simultaneidad me sorprende, en su turbulencia, su algarabía, sospecho que se cifra algo que va a encontrarme múltiples, incontables veces en la vida. Memorizo las líneas que encandilan la espontaneidad de Lavoe, Me voy pa Morón, Hacha y machete, Loco, Mentira, Rompe Saragüey (en un CD en vivo que debo comprar porque se raya de tanto oírle). Voso, Sangrigorda, Eso se baila así, Qué lío, Guajirón. “Odio a todos los que aman y que felices están”. No me den candela, Emborráchame de amor, El todopoderoso, Déjala que siga, El sabio. “Camina que vengo de frente, con la fuerza de un cohete”.
Esa simultaneidad, esa melancolía vivaz, esa tristeza alegre, que nadie como Héctor materializa, me ilumina, me permite comprender que esto siempre lo he sabido, porque me hice en el Caribe y allí, el sincretismo, la mezcla, no es sólo racial, no es sólo de temporalidades, sino que se basa también en el forjamiento de una cualidad donde el mestizaje es el dolor y la dicha, donde la pena más aguda contiene el dulzor de la vida. Es el sello de una singular dignificación.
Luego soy adulta, varias veces tengo el corazón marchito, un fantasma abstracto y varonil se impone entre mis días, el despecho parece insostenible, morirse de pena, vivirla con Roberto Roena y la Orquesta Conspiración. “Vivirás en la verdad, olvidando fantasías”. Pero hay siseo, hay timbal, hay tambor, el vaivén, el sabor, hay consuelo en un número como “Me voy para siempre” de la Orquesta Dicupé. Una ligera agitación, la forma en que escala la conga, el soplido metálico interfiere, súbito, la cadencia de una frenética armonía, yo navego esos relieves, transito en ellos, me deslizo en su sonoridad, asiéndome a esa milagrosa orquestación. Como sucede al ver, oír, presenciar documentos donde está La Fania en vivo, como ese documento divino que es el concierto en Zaire de 1974, donde están tantos de ellos, en una sola tarima, remitiéndonos a la africanidad como matriz.
Es esta la narrativa de un frenesí. La cuantificación breve, muy breve, de un fervor. No es la enunciación de una experticia. No es la acumulación conocedora del coleccionista. La salsa es vertiente en mi vida, es el crisol del recuerdo personal, el relámpago de vida, la fuente certera, inmediata, veloz hacia lo que sólo puede llamarse regocijo. He sido muchas en sus sonidos. He sido siempre la misma en su existencia magnífica.
La vida nos succiona con su desolada incisión. Los cuerpos enferman. La muerte palpita. El mundo cambió. Quería, en medio de la vórtice adolorida, querida lectora y lector, gravitar hacia eso que también nos pueda revivir, aquello que nos evoca que la vida está allí, que lo bello irradia algo de sosiego en medio de días desolados, de políticas tristes, de desesperanzas continuas. Quería ir hacia la belleza, quería consignar una ínfima misiva de algo que en mis resquicios, en las cavernas de mi biografía, siempre, de algún modo, me ha ayudado a ser feliz.
Escribe también Vivian Gornick que una carta es escrita en una soledad ensimismada, que es un acto de fe; “el mundo y el ser se generan desde dentro”; escribir una carta es estar a solas con los pensamientos ante una presencia que se evoca. El remitente aquí es ese género amplio y exuberante, que a lo largo de mi propia vida me ha concedido un gozo que asocio con lo escarpado que es el vivir, con la certeza de lo que amamos esos apegos que varían, las dimensiones que asumen en nuestros propios cambios.
La salsa. Que es para mí la flauta vivificadora y singular de Johnny Pacheco, irrumpiendo de súbito con algo que suena al almíbar y que a mí me recuerda al sol del mediodía danzando sobre la superficie de la bahía de Manga, en la Avenida Miramar, el lugar donde crecí. “Conversa Pacheco”. Es Maelo. Ismael Rivera, la aparición milagrosa de esa voz, que suena como sabe el dulce ron, que estalla con sus códigos de supervivencia febril, “componte”, nos dice. ¡Ecuajey!, el panteón yoruba, el guiño, el saludo a Oyá y a Changó.
Es el retumbe feroz de Ray Barretto en la conga, es el hechizo latino de Johnny Colón en la Harlem de los sesenta, es la fusión espléndida del continente en el sur y ese perímetro de inmigrantes en el barrio latino. Es el encuentro monumental de esos varones, vestidos de años setenta, con las solapas anchas, las camisas excéntricas, guapeando, hábiles en tomar turnos con la voz, todos sobre una tarima, respondiendo con eco, haciendo un llamado con la voz, dejando el registro para todos, para toda la vida. Bendita forma que es son y guaguancó.
Y tal vez, de la salsa, lo perfecta que es su metáfora para leer lo latino, el Caribe. El crisol, la dislocación, el desbordamiento, la sinuosidad, la inestabilidad que entraña todo sincretismo. Cuando la oigo, cuando la vida se me hincha, absorbiéndola a solas, bailándola en la soledad viva, todo ese acervo de músicos y nombres y ritmos me hace sentir identificada con algo más grande que mi estancia específica. El barrio popular en el Caribe, la Harlem de los 70, la casa yoruba de protección, la Colombia que en tantas cosas no coincide pero que en la salsa parece confluir, es Cali, es La Troja en Barranquilla, es Quiebrancanto en Cartagena de Indias, es la esquina anónima donde estalla el picó; la adolescente que fui, el símbolo de eso que es latino, de ser mestiza, mixta, híbrida, una constelación, un paisaje de sinuosidades, la melancolía gozosa, la dicha adolorida. Para la salsa, una ínfima declaración, un amor de toda la vida, una fiebre que no marchita, una gratitud por permitir siempre, en la más turbia desolación, la gracia de su regocijo.
@vanessarosales_
