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La educación sentimental de los varones

Vanessa Rosales A.

19 de noviembre de 2020 - 10:00 p. m.

Escribo estas líneas para la comunidad masculina heterosexual. Como no son hábitos propios de esta orilla, no se pretende colapsar la categoría a una generalidad, ni mucho menos someterla a una mirada simplista. Las líneas, sin embargo, sí se remiten a lo que puede percibirse como un segmento específico que, aún en su diversidad, da cuenta de recurrencias en comportamientos, patrones, conductas que reinciden. Actitudes que observamos y discutimos las mujeres que amamos a los hombres. Los gestos y las formas que suman lo que son vértebras de unas estructuras. El campo, so pena de parecer desprovisto de gravedad, es el sentimental.

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Tendrán que disculparme por el asunto tan específico, pues me dirijo aquí desde las identidades que me corresponden, como mujer heterosexual que interactúa con varones semejantes en el campo de las afecciones. En el relato humano se fraguan versiones imperfectas y parciales. Una segunda especificidad ante la que pido también indulgente bondad. Aquí está el pecho de la vivencia, la propia biografía, las fantasmagorías y preguntas que nos atraviesan, en nuestra isla individual, el caudal de la propia peculiaridad. No es un relato abarcador ni mucho menos exhaustivo. El lema atemporal y siempre preciso dicta que lo personal político —aquí el péndulo entre lo individual y lo estructural.

Quisiera iniciar con una serie de esclarecimientos.

Que una mujer se enuncie públicamente desde la perspectiva feminista no significa que sea como un varón en lo afectivo. Que sea un individuo duro o insensible. Que en su fuerza libertaria se excluya la habilidad para existir con blanda sensibilidad. No significa que perciba o viva las relaciones eróticas y afectivas de la manera en que se han codificado largamente en cierta educación sentimental masculina. No significa que no pueda ser convencional en el amor. La feminista, caballeros, es un espectro, no un estereotipo.

Si bien es cierto que los feminismos permiten, entre otras cosas, exploraciones más amplias de lo afectivo, eso no significa que una mujer que lucha por una feminidad libre deba personificar, por default, una caricatura de “libertinaje” —por así decirlo— que se han inventado por décadas para describir, o más bien para simplificar, a las feministas. Es más complejo. No alcanzan los arquetipos facilistas. La vivencia del feminismo es un gran espectro. También puede ser feminista aspirar a un amor heterosexual que fulgure por su paridad, que esté cimentado en una conexión significante, que reformule los aprendizajes que prescriben tanto en lo femenino como en lo masculino. Que sea una subversión de los conceptos del amor romántico forjados desde la asimetría. También puede ser feminista aspirar a una interlocución consonante, equitativa. La autonomía y la individualidad no implican, necesariamente, desprendimiento o apatía.

Que una mujer se enuncie públicamente desde la mirada feminista no significa que quiera ser tu querida. (Como en aquella canción de los Hermanos Lebrón, incisivamente machista, “Esposa y querida”, donde se traza esa distinción). No significa que la no convencionalidad la trace como una caricatura de mujer que, para “liberarse”, tenga la sexualidad como única campo de acción. Es tremendamente soso y simplista inferir que la feminista debe, necesariamente, cumplir con imaginarios que la despojan de toda complejidad. Que debe ser “varonil” en su manera de entender la independencia y la autonomía.

La sexualidad femenina es uno de los temas históricamente más incómodos para la experiencia masculina —toda una ideología religiosa está sustentada en la noción de que una mujer puede parir siendo virgen— y tal vez por eso y de allí se desprenda esa noción, burda y simplificadora, que concibe que una mujer libre, feminista, par, deba ser precisamente de cierto modo precisamente allí, en el campo que más zozobra social suscita. Como si las conquistas solitarias o las ganancias intelectuales no fuesen otro campo posible de liberación. La sexualidad femenina sigue siendo condenada y repudiada dentro de un esquema de milenios de misoginia, pero no es el único sitio donde se excava y se busca existir en libertad.

Que una mujer se enuncie públicamente desde la postura feminista puede implicar que se le perciba como alguien amparado en su propia autonomía, sí, pero eso tampoco significa que no merezca la cortesía de la honestidad y la consideración que muchos varones sí brindan, por ejemplo, con soltura y facilidad a sus amigos. Hay una brecha allí, una falta de identificación, como le llamaba Vivian Gornick, y por ende, una falta de empatía. Cuando los varones no se identifican con las mujeres, cuando las perciben como otro —de manera inconsciente o no— se explaya una brecha que explica que con frecuencia las traten, miren y estimen como mujeres y no como personas. Que no las traten con ese sentido de hermandad que pueden ofrendar a los amigos.

El asunto pone la vista en los estereotipos, los imaginarios, las distorsiones. Sería un momento óptimo para hacerse preguntas. Para indagar un poco más allá, donde los contenidos no se agotan en las superficies. Históricamente, la virilidad se ha jactado de sus grandes aptitudes “racionales”. Guiarse por y sostener premisas simplificadoras, chatos arquetipos, no parecería coherente con esa codificación de la que alardean tantos varones que claman el razonamiento como su gran prisma y habilidad. Ya no son épocas para permanecer impávidos ante sus propios adoctrinamientos en lo masculino. Es hora de hacerse preguntas, caballeros. La masculinidad también es un espectro. Qué reductores que son los estereotipos.

La brecha es una tensión atractiva también. No sé cómo soslayarla. La habito. Tantas mujeres haciéndose preguntas, cuestionando los adoctrinamientos que recibieron sobre lo femenino, observando sus propias trampas o cárceles. Sería hora de que los varones heterosexuales las acompañaran en esas expediciones difíciles, que requieren salir de ese estado de thoughtlessness ―desconsideración, irreflexividad— en que parecen reincidir quienes se han jactado de ser los grandes ejecutores del raciocinio.

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Hace unas décadas, Simone de Beauvoir escribió: “una mujer libre es lo contrario de una mujer ligera”. En algunas traducciones la palabra “ligera” es sustituida por fácil. No, una vez más, la sexualidad no es el único marco posible de la emancipación femenina. Fácil, en tanto contrario a compleja. No nos acomodamos todavía a la complejidad en lo femenino. Nos adoctrinaron al binario rampante. La esposa y la querida. La madre de los hijos y la amante exquisita. La puta y la santa. La virgen madre y la pecadora empedernida. La que se desea y la que se ama, como marcaba Marvel Moreno en una demoledora pero par muchas reconocible disyuntiva. El binario deshumaniza porque despoja de capas y contradicciones.

Nuestro adoctrinamiento católico, además, jugó para designar e incentivar como deseables unos rótulos de feminidad por lo demás simples: mujeres complacientes, que se acomodan, que soportan, que toleran, que esperan ser elegidas, que no se expresan, que no se muestran. El arte del disimulo. La práctica de la subordinación. Mujeres que muchas ya no son. Porque la feminidad es un espectro también. Porque no se trata de ser una cosa específica —se trata del acervo de lo que es posible.

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En esa trama de afectos y de patrones recurrentes, la brecha entre los varones y las mujeres persiste, por ejemplo, en dinámicas de evasión y de falsificación. (Hay muchas otras). Desvanecer y no encarar; ocultar en vez de expresar. La honestidad es una de las formas más sencillas y mayores de honrar a alguien. La honestidad dice: eres mi igual. Por contraste, la deshonestidad, podría decirse, nace también de ver a una mujer y no a un ser humano, un interlocutor, un ser que merece fraternidad, identificación. Todo llega allí, a ese punto nítido: si los varones no se identifican con las mujeres, si las ven como otros, la brecha sostiene los encuentros, no hay intercambio donde no se miran dos iguales de frente. No hay encuentro donde hay asimetría. Soslayar esa brecha, una ilusión.

vanessarosales.a@gmail.com, @vanessarosales_

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