12 Apr 2021 - 3:00 a. m.

La incomodidad de un posible poder político femenino

En una de las películas nominadas al Oscar, Promising Young Woman, una mujer busca solventar la devastación que sufrió su mejor amiga en una noche de juerga universitaria. Al percibirla ebria, varios compañeros la violan mientras uno de ellos filma. Todos ríen. Ambas se retiran de la escuela de medicina, nadie da crédito a la denuncia, una de ellas renuncia a todos los índices de éxito habituales, u la otra cesa de existir. Lo que pretendo rescatar aquí es que la trama de la película mostrará que esos mismos varones, desfachatados y amparados por lo que ha sido normalizado en noches etílicas, terminan por convertirse luego en graduados con honores, médicos encumbrados, pediatras estimables, esposos adorados. Si inicio estas líneas con esta referencia es porque en ella se hacen visibles algunas formas que son frecuentes en las construcciones de lo masculino. Una en particular.

No sentir culpa o sentido de responsabilidad sobre un acto. Asumir estados irreflexivos donde no cabe la consideración de la propia agencia en las circunstancias. (En este caso, para una chica implicó una devastación vital, para ellos el brumoso recuerdo de una fiesta acumulada entre muchas más, el ejercicio de una violencia que no se examina a sí misma). La película muestra que, al verse interpelados por acciones de este tipo, es común la negación o la imposibilidad de asumir su propia actividad. Al verse incomodados, muchos varones recurran a mecanismos que se presentan recurrentes: negar, anular, desoír o desestimar la voz, la experiencia, la subjetividad, la capacidad femenina.

En Colombia, en los últimos días, si se ha hecho evidente una incomodidad es aquella que parece despertar el prospecto de un poder político femenino. La incapacidad de reflexionar o de asumir un acto destructivo (como sucede en la película) está conectada con las expresiones masculinas y patriarcales (porque no se limitan a los varones únicamente) que hemos visto también en estos días. Se trata, sobre todo, de formas irreflexivas, que brincan, ansiosas a ningunear a las voces femeninas, que deslegitiman las expresiones y voluntades de las mujeres cuando hacen determinadas movidas, emprenden decisiones autónomas o escogen, como está sucediendo de manera histórica, pavimentar una senda política que reconfigure un establecimiento gastado.

Cualquier persona que habite este país y que haya hecho una mirada a las discusiones mediáticas, sabe bien que son tiempos que se definen altamente como femeninos y feministas. Hace unos días, unas sinergias específicas convocaron un evento significativo, una Convención Nacional Feminista, donde dos mujeres, dos faros políticos, proclamaron sus intenciones de participar en una elección presidencial.

Como las estructuras del poder político, del habla pública, del ejercicio de gobierno, se codificaron desde hace siglos como masculinas, todavía existe un reflejo casi automático que ante la presencia de las mujeres en esas esferas las percibe como “usurpadoras”, como “intrusas”, como presencias extranjeras. Por eso, cuando muchos argumentan que el feminismo es una “histeria” sin fundamento, que los derechos han sido conquistados, que ya las mujeres pueden hacerlo todo por acceso a ellos, lo que pierden de vista es que las estructuras de aversión hacia las mujeres tienen miles de siglos y que persisten entre nosotros formas de leer lo femenino en ciertos espacios, en ciertas acciones.

Les incomoda, les descoloca que las mujeres quieran ejercer poder político. Y la fuente de esa incomodidad no, como quieren muchos argumentar, ideología política, ni convicciones partidistas, es misoginia. Vale la pena preguntarse por las formas en que se leen ciertas cosas cuando vienen de varones en la política. La ira proletaria, la incandescencia de la protesta activa, la fuerza como vector revolucionario, fueron percibidas muchas veces como hazañas heroicas, noblezas políticas. Cuando la ira es femenina y es feminista, las lecturas son bastante distintas. La narrativa se parece en todas las ocasiones. Un varón puede ser principiante en política, mostrar fisuras, falta de experticia, pero se le permite más, se le trata con más bondad, no se condena de la misma manera en que sí se condena una mujer que muestra algo parecido.

El caudillismo, la idolatría actual, esa lógica de mesianismo que también atraviesa nuestra política, al cruzarse con la misoginia, exacerba a niveles alarmantes esa incomodidad. Hay muchos sesgos y reticencia a verlos de frente. Es sorprendente la forma en que se pretende narrar la autodeterminación de las mujeres, sus competencias. Si dos mujeres, aclamadas por miles, enuncian su voluntad política para gobernar se señala de “torpeza”, se denuncia que están gestando “una guerra de géneros”. Aun cuando esas dos mujeres materialicen, en sus conocimientos y trabajos, los tipos de proyectos que este país desesperadamente reclama y necesita. El territorio, la lucha popular, el cuidado de la vida, una política que geste humanización, solidaridad. Aparentemente, sin embargo, lo que ansían, de fondo, es que ganen ciertas personas para así cumplir los deseos de una febril idolatría. No añoran la victoria de proyectos políticos.

La “ley del embudo” es insignia del hábito machista. Lo ancho para lo patriarcal, lo angosto para lo femenino. El asunto es que no estamos “por encima de los géneros”. Es curioso cómo se proyectan en lo femenino. Esa acusación de imposición que insisten en otorgarle a la voluntad política de las mujeres, ¿no será más bien una proyección que brota justamente desde la ansiedad que genera la posibilidad? Qué cómodo resulta afirmar eso al ser hombre, cuando han visto, toda la vida, que la representación y la estructura del poder político ha sido masculina. Es una forma muy curiosa de inconsciencia o de cinismo. Ni siquiera parecen permitir un margen para la autocrítica, una disposición a interpelar por qué la idea de un poder femenino les resulta tan hiriente, tan arisca.

El poder ha sido masculino durante siglos. ¿No es “guerra de géneros” más bien cuando insisten en que se mantenga así? ¿No es “guerra de géneros” lo mucho que les descoloca que las mujeres ejerzan poder, tengan sitio en los terrenos donde ustedes siempre sí los han tenido? Sería un gesto de altura al menos reconocer, admitir que les incomoda, que les sacude, que les disgusta, que les descoloca que las mujeres quieran existir y ejercer poder político por fuera de facciones tradicionales, más allá de figuras viriles. Sería un acto de cortesía asumirlo, sin maquillajes que pretenden justificarlo como “ideología” o el fervor de derrotar a la derecha conversadora en las urnas.

Estos argumentos no vienen sólo de la ansiedad varonil. Por eso es justo afirmar que es un asunto de misoginia, de lectura patriarcal; las mujeres no están exentas de mostrar ambas por igual. En estas narrativas es “guerra de géneros” que dos mujeres —aclamadas por una marejada ubicua y feminista— quieran gobernar, pero no es “guerra de géneros” cuando los varones insisten en su gloria y su vanidad personal, cuando se rehúsan a reconocer el potencial político que hay en esos proyectos femeninos. Aquello no es más que idolatría. Pues al caudillo se le perdonan fisuras, incongruencias, deslices. A las mujeres que llevan años construyendo sus orillas se les castiga por “atreverse” a tanto, por decir, por nombrar su voluntad por ejercer poder.

Si el caudillo insiste en gobernar, no es vanidad personal, es fuerza salvífica. Es tenacidad. Si las mujeres osan algo similar, son “torpes”, le “hacen juego a la derecha”, desatinan. ¿No es evidente que la lectura es consecuencia de una incomodidad muy precisa? El supuesto progresismo izquierdista no les despoja de sentidos de enquistada misoginia. Así como ser mujer y llegar a ciertos sitios, como líder, no garantiza una representación feminista, así también proclamarse de izquierda, llenarse la boca de retóricas progresistas no exime de actitudes y de violencia misógina. Lo estamos viendo en la cacofonía de voces masculinas. Pero también en las mujeres que han asimilado lo patriarcal.

La tergiversación es de las fórmulas más comunes para la desestabilización de lo feminista. ¿De verdad es tan escasa la capacidad reflexiva? Un titular periodístico, cuya función es el anuncio, la condensación, ¿es lo que usan para definir “la gran conclusión” de un encuentro histórico como la Convención Nacional Feminista? ¿Reducir es la única manera que encuentran para interpretar?

Esa forma selectiva refleja con gran claridad que lo que se celebra en los varones se desprecia en las mujeres. La interpelación crítica en un varón es vista casi como heroica, en una mujer se lee como “imposición”. Un varón que es asertivo y contundente, es grande, tiene valor, una mujer que se enuncia así se “queja”, es “violenta”. Parece ficticia toda esta ansiedad ante la paridad femenina. Insólito que suscite tanta zozobra en tantos la mera idea de un poder político femenino. Es revolución. ¿Qué es lo que realmente les despierta tanta incomodidad? Valdría la pena preguntarse con sinceridad.

vanessarosales.a@gmail.com, @vanessarosales_

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