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La inteligencia, ¿qué aspecto debe tener? Si evocamos, brevemente, la idea de seres históricamente brillantes, ¿quiénes surgen rápidamente? Lo probable es que en ciertas asociaciones inmediatas lo que brote sean nombres varoniles que -tácitamente- poco o nada tienen que ver con la apariencia o la imagen. En los 90, la escritora estadounidense Naomi Wolf señalaba lo curiosa que era la convergencia entre intelectualidad y belleza cuando se trata de hombres y mujeres.
Si sucede, por ejemplo, que un profesor o un académico reputado resulta bien parecido, aquel atributo parece simplemente enriquecer un repertorio integral. Un varón que cultiva la autoridad del conocimiento y que además es buenmozo, ¡qué sexy aquello! Como si la sexualidad masculina resultase realzada justamente por su sentido de seriedad. “Ser al mismo tiempo una persona seria y un sujeto sexual es ser completamente humano”, escribe Wolf. Es el derecho a vivir y habitarse en la complejidad. Y sin embargo, ¿funciona de la misma manera con las mujeres? Una mujer atractiva o estéticamente compuesta, enunciándose de manera intelectual, ¡sospechoso eso!
Para muchas mujeres, desde pequeñas, surge para la formación de sus identidades una falsa dicotomía. ¿Seria o sexual? De las mujeres se espera en muchos contextos que sean bellas, sexualmente deseables, pero no que sean, bajo ninguna circunstancia, sujetos sexuales, eróticos, perseguidoras de placer. Ser objeto de deseo, no ser sujeto sexual. Esa trampa sin salida es una interesante capa en la dicotomía que se ha gestado, además, entre apariencia e intelecto.
A pesar de que la humanidad ha sido durante siglos una civilización hacedora de imágenes, a pesar de la naturaleza rotundamente visual que nos hace, - desde mucho antes de que nuestro mundo se “estetizara” en este vórtice imparable de visiones digitales en pantallas- la imagen nunca ha sido necesariamente cómoda en la tradición social. Este escozor se expresa en las formas más diversas. El desdén estructural hacia las apariencias que han compartido tradiciones religiosas como la judía y la cristiana; el desprecio que ha articulado la intelectualidad tradicional; el rechazo que ha suscitado el ornamento en las izquierdas; la sorna que ha despertado entre filósofos el acto de aparentar, todas conducen a una construcción que confluye en su sospecha ante lo visual.
Lo curioso es que, como en el caso de las intelectualidades o de las izquierdas, cuyas esferas, se supone, buscan progreso y libertad, las concepciones hacia la imagen y la apariencia bordeen con un tipo de puritanismo moral que es muy fácil de encontrar en ciertos pregones religiosos o reaccionarios. En 1990, la historiadora cultural Elizabeth Wilson observaba que, pese a todos los cambios visibles, aún entonces persistía entre radicales una alta hostilidad hacia la moda. Más de treinta años después, podemos encontrar similitudes con las circunstancias. Y vale la pena revisar el origen de percepciones semejantes.
La izquierda tradicional y puritana, por ejemplo, tiene en las fibras de su historia una conexión potente con la tradición utilitaria y Fabiana, corriente que tiene lazos, además, con los socialismos del siglo XIX. A finales del siglo XIX también, el moralismo hacia las formas del vestir se expresó hasta tal punto que se consagró en un movimiento político que buscaba justamente una reforma vestimentaria. Dicho movimiento, escribía Wilson, buscaba nada más ni nada menos que erradicar la moda. Y buscaba, en cambio, asentar un vestir racional, confortable.
Hay un subtexto allí que vale la pena desglosar. Ya entonces el vestir ornamental se asociaba a las mujeres y a lo femenino. Ese vestir ornamentado era, además, según ciertas miradas, la prueba más alta del cautiverio femenino, la forma en que las mujeres reflejaban su condición de propiedad. La noción de instalar un ideal racional en el vestir que “liberara” a las mujeres de sus hábitos irracionales de fondo señalaba dos cosas. Por un lado, que lo ideal era lo masculino, “utilitario”, “funcional”, aquello “despojado” de fruslerías innecesarias. Por otro parte, revela la soberbia infinita de los entendimientos masculinos sobre el mundo; esa tosca manía de creer en las ideas de manera pura, como si no fuesen construcciones situadas. Como si el concepto de racional y funcional no fuesen también fabricaciones culturalmente y socialmente creadas.
Los filósofos occidentales mostraron también esa hostilidad hacia las apariencias. Convencidos de que el acto de pensar los excluía de ser sujetos visuales, no ha sido infrecuente que históricamente sus figuras importantes mostraran gustos por el arte, las comidas fastuosas, las decoraciones opulentas, pero casi siempre un rechazo hacia una apariencia llamativa o cultivada. Esa idea, de que los pensadores serios no se desperdician en los asuntos de la apariencia penetra las mentalidades de muchas personas que fuimos socializadas en las ciencias sociales.
Wilson también indicaba que la tradición occidental y cristiana ha creado una división entre las apariencias y la verdad interna, espiritual. “Las apariencias, el impacto sensual inmediato de la vida, son denigradas, sólo lo espiritual es real”. Y, sin embargo, hay verdad en las superficies también. Las imágenes también contienen verdades. Nos persuaden. Nos tocan. Nos cambian. Incluso políticamente. El binario ante ellas es una estructura que nos atraviesa, no obstante.
Cuando la imagen, además, aterriza en las mujeres, las complicaciones se ensanchan. Se espera que las mujeres sean objetos especulares y plácidos, pero se les resiente sí exhiben vanidad, se les acusa de “frívolas” y de “narcisas”. En esas estructuras perceptivas, además, permanecen activas las nociones donde el ornamento es “inmoral”, “engaño”, y cuando ambas cosas se asocian a lo femenino, o a las mujeres, las connotaciones llegan a puntos que no suelen tocar a los hombres. No hay putos, ¿no es cierto? Un vestir bello no disminuye o compromete la gravedad intelectual de un hombre público, ¿verdad?
Por supuesto, la relación con la imagen ha cambiado. Por supuesto, los binarios tan sujetantes se han modificado. Por supuesto, defender la imagen en aras de pura imagen también es problemático. Pero lo interesante es la forma en que sobrevive justamente la dicotomía. Una mujer que se estima bella, o que se cultiva estéticamente, una mujer que acude a cierta forma de glamour para presentarse, no puede ser, - según estos sesgos -simultáneamente, un sujeto intelectual. En el poder político, por ejemplo, ¿cómo podemos leer estas disyuntivas? ¿Se le concede seriedad a una mujer que aparece en un estrado público y luce determinados objetos estéticos?
También, indudablemente y comprensiblemente, los condicionamientos históricos de la belleza como identidad única para las mujeres crearon, entre segmentos feministas de ciertos momentos, marejadas de rencor y problematización contra la apariencia. Comprensible. También el feminismo, con buenas razones, ha repudiado la apariencia y todo aquello que se fabricó justamente como “feminidad”. Pero hay que problematizar precisamente si no se repudia la imagen o la apariencia porque se ha asimilado una manera moralista para verla. Desdeñar la imagen desde lo patriarcal implica reproducir una misoginia inconsciente, una aversión hacia lo que se asoció a las mujeres. Se necesita más complejidad.
Es una construcción política en lo femenino habitarse de manera que el binario se convierta en un híbrido. No cabe la simplificación en estas construcciones. La imagen no es, por supuesto, una urgencia cuando sí lo es la violencia, la opresión o la injusticia. Pero también es un vehículo. También tiene potencial. En el caso de quien esto escribe, desafiar ese binario, con todas las lecturas difíciles y tergiversadas que pueda causar, ha sido un lugar político también. La incómoda noción de ser imagen y también sujeto que existe en el mundo desde el pensamiento y la palabra. Subvertir la disyuntiva entre apariencia e intelecto como una posible construcción política también.
